Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 1: El Eco de las Profundidades
El abismo no era silencioso; era una sinfonía de vibraciones que solo los nacidos de la sal y la corriente podían descifrar. Para Selene, sin embargo, el sonido de Mirthalia había comenzado a sentirse como una jaula de cristal. A cientos de metros bajo la superficie, donde la luz del sol era apenas un recuerdo de color índigo, las estructuras de coral de la ciudad brillaban con una bioluminiscencia hipnótica. Edificios tallados en nácar y obsidiana se alzaban como agujas hacia un techo de agua que nunca terminaba.
Selene nadó lejos de las plazas centrales, donde las otras sirenas se reunían para intercambiar perlas y chismes sobre las mareas. Sus escamas, de un tono tornasolado que oscilaba entre el plata y el violeta, captaban la tenue luz de las anémonas eléctricas. Se sentía pesada, y no era por la presión del agua, sino por ese eco que resonaba en sus huesos cada vez que se acercaba a las Fosas del Olvido.
—Otra vez aquí, Selene. Sabes que la Guardia de Coral no permite que los jóvenes ronden los límites del abismo —una voz suave pero firme la sacó de sus pensamientos.
Era Lyra, su mejor amiga, cuyas aletas de un naranja intenso vibraban con nerviosismo.
Selene se giró, suspendida en el vacío líquido.
—¿No lo sientes, Lyra? No es solo el sonido de las corrientes. Es como si el agua tuviera memoria y estuviera tratando de decirme algo que mi mente ha olvidado.
Lyra se acercó, rodeándola con un gesto protector.
—Lo que sientes es la curiosidad, y la curiosidad en Mirthalia es una enfermedad peligrosa. El Pacto Sombrío existe por una razón. Los humanos trajeron la muerte a nuestras costas, y el aislamiento es nuestra única medicina. No busques lo que ha sido enterrado a propósito.
—Mi madre no fue "enterrada" por accidente, Lyra —replicó Selene, y el dolor en su voz hizo que una burbuja de aire escapara de sus labios—. Ella desapareció protegiendo estos muros, y nadie me dice de qué. Me dicen que el mar es paz, pero siento que estamos viviendo sobre una herida abierta.
Selene se alejó de su amiga, descendiendo hacia una grieta donde las algas rojas bailaban con un ritmo frenético. Allí, en la oscuridad, el eco se hizo más fuerte. Era un latido. Un ritmo constante que parecía sincronizarse con su propio corazón. Cerró los ojos y apoyó la palma de la mano contra la roca fría.
—Vuelve conmigo —insistió Lyra, extendiendo una mano—. El festival de la Luna Nueva está por comenzar. Si el Rey descubre que faltaste de nuevo para "escuchar a las piedras", no podré protegerte.
—Ve tú, Lyra. Necesito un momento de silencio. El verdadero silencio, no este murmullo constante de reglas y prohibiciones.
Lyra suspiró, sus aletas agitándose en una señal de resignación antes de alejarse hacia las luces de la ciudad. Selene se quedó sola. El frío de las profundidades la envolvía como una manta. Fue entonces cuando lo vio: un destello de color que no pertenecía a la penumbra de las fosas.
Un pequeño pez de escamas doradas y aletas que parecían hechas de fuego líquido emergió de la grieta. No era una especie que Selene hubiera visto antes en los catálogos de los sabios de Mirthalia. El pez no huía; al contrario, nadó en círculos alrededor de su cabeza, emitiendo un sonido agudo, casi como un silvido de advertencia.
—¿Qué eres tú? —susurró Selene, extendiendo un dedo con cautela.
El pececillo rozó su piel y, al hacerlo, una visión la golpeó con la fuerza de una marejada. Vio fuego sobre la superficie del agua, vio redes de hierro que desgarraban la carne y escuchó un grito que reconoció en lo más profundo de su ser. Era la voz de su madre, pero no gritaba de dolor, sino de advertencia.
El pez se detuvo frente a sus ojos. Su boca se movió, y aunque no hubo palabras humanas, Selene entendió el mensaje que vibraba en el agua.
—*El pacto se desmorona, hija de la sal. Lo que fue dado en sacrificio exige ser devuelto. La superficie ya no es el límite; es el inicio de tu fin.*
Selene retrocedió, su corazón martilleando contra sus costillas. El pez dorado se desvaneció en un destello, dejando tras de sí un rastro de ceniza marina que se disolvió al instante. El eco de las fosas se transformó en un rugido sordo.
Ya no había duda. La paz de Mirthalia era una mentira sostenida por hilos invisibles, y ella acababa de tirar del primero de ellos. El destino, ese monstruo del que su abuela siempre hablaba, la había encontrado finalmente en la oscuridad.