VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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el precio del linaje
(a continuacion)
El trayecto de vuelta a la mansión de los Veraldi fue un ejercicio de sadismo silencioso. María iba sentada a mi lado, intentando recomponerse, alisando ese vestido que ahora era poco más que un trapo arrugado sobre su piel. Yo, en cambio, encendí un cigarrillo, dejando que el humo llenara el espacio donde aún flotaba el olor de nuestro encuentro. Mi mal humor había mutado en una satisfacción gélida y posesiva.
Cuando el coche se detuvo frente a la imponente entrada, me giré hacia ella. Le agarré la mandíbula con fuerza, obligándola a mirarme. Sus labios estaban rojos, mordidos, y sus ojos tenían esa neblina de quien acaba de ser reclamada.
—Escúchame bien —le susurré, mi voz cortante como el hielo—. Vas a bajar, vas a entrar en ese salón y vas a mirar a tu padre a los ojos sin que te tiemble una sola pestaña. Si alguien nota el rastro de mis manos en ti, no seré yo quien pague las consecuencias. ¿Entendido?
Ella asintió, aunque vi el destello de desafío que todavía brillaba en su mirada. Era una pequeña guerrera, incluso cuando sus piernas aún flaqueaban.
Entramos en el gran salón. La escena era de una normalidad repugnante. Mi padre, José, y el suyo, Marcos, compartían un brandy frente a la chimenea, rodeados de ese lujo que huele a sangre vieja. Mi madre, Alessia, estaba de pie junto al ventanal, observando la noche.
—Vaya, ya están de vuelta —dijo Marcos, levantando su copa con una sonrisa que me dio ganas de escupirle—. ¿Disfrutaron del paseo?
—Instructivo —respondí yo con mi tono habitual, seco y cargado de irritación—. María tenía algunas preguntas sobre la familia que necesitaban respuestas claras.
Me acerqué a la mesa y me serví un trago, sintiendo la mirada de Alessia clavada en mi espalda. Ella no era estúpida; podía oler el sexo en el aire a kilómetros de distancia. María se quedó un paso por detrás de mí, manteniendo la compostura con una valentía que casi me hizo sonreír. Tenía el cuerpo ardiendo por lo que acabábamos de hacer; podía sentir su calor irradiando hacia mí, el rastro de mi humedad todavía enfriándose entre sus muslos mientras trataba de responder a su padre con voz firme.
—Maximiliano tiene una forma muy... particular de explicar las cosas, papá —dijo ella, y por un momento, nuestros ojos se cruzaron en el reflejo de una licorera de cristal.
Alessia se acercó a nosotros con esa elegancia letal suya. Se detuvo frente a María y le acomodó un mechón de pelo, sus dedos rozando apenas la marca que yo le había dejado en el cuello, ocultándola bajo el cuello del vestido.
—Pareces cansada, pequeña —dijo mi madre, su voz suave pero cargada de una advertencia implícita—. Este mundo de hombres puede ser agotador si no sabes cómo moverte en él.
—Ella está aprendiendo rápido, madre —intervine, dando un paso hacia María, marcando mi territorio frente a todos sin decir una sola palabra comprometedora.
El juego de máscaras era asfixiante. Allí estábamos, en medio de una reunión familiar de la mafia, fingiendo que ella seguía siendo la hija inocente de un aliado y yo el heredero frío y distante, mientras ambos sabíamos que, bajo ese satén destrozado, ella llevaba mi marca y yo llevaba su olor impregnado en los poros.
Marcos:
Observé a mi hija a través del humo de mi cigarro. Estaba sentada en el borde del sofá, demasiado rígida, demasiado... alerta. Había algo en ella desde que regresó de ese "paseo" con Maximiliano que no terminaba de encajar. Una chispa en su mirada que antes no estaba, una madurez forzada que me hacía removerme en el asiento.
—María —dije, rompiendo el pesado silencio del salón—, he estado hablando con José. Tienes diecisiete años, casi dieciocho. Es hora de que dejes de ser solo una figura en los eventos sociales de la familia. Necesitas entender cómo se mueve el dinero, cómo se gana el respeto.
Vi cómo Maximiliano, que estaba apoyado contra la pared con esa curiosidad fría que siempre dedica a mi hija, tensaba la mandíbula.
—Quiero que trabajes, María —continué—. Aunque sea una vez, para que sientas el peso de nuestra responsabilidad. Maximiliano necesita una asistente personal en la sede central para la gestión de los muelles este mes. Es un trabajo sucio, burocrático y agotador. Pero es la mejor escuela que podrías tener.
El silencio que siguió fue cortante. Miré a Maximiliano, esperando alguna queja de su parte por tener que "cuidar" de mi hija, pero él no dijo nada. Solo la miraba, esperando su reacción.
—Acepto —respondió María. Su voz sonó más firme de lo que esperaba. Me miró fijamente, desafiante—. Si Maximiliano cree que puede enseñarme algo que no sepa ya, estaré allí mañana a primera hora.
Maximiliano:
Casi rompo la copa de cristal que tenía en la mano. ¿Trabajar para mí? La idea era tan peligrosa como excitante. Marcos creía que le estaba dando una lección de negocios a su hija, pero lo que estaba haciendo era entregarla directamente en la boca del lobo.
—Espero que seas puntual, María —dije, dejando que mi voz recuperara ese tono gélido y autoritario—. En mis oficinas no hay espacio para caprichos de niña rica. Si vas a ser mi asistente, serás mi sombra. Harás lo que yo diga, cuando yo lo diga, y no habrá excusas.
Ella me sostuvo la mirada. Por debajo de la mesa, sabía que aún sentía el rastro de nuestro encuentro en el coche, pero frente a su padre, era toda una profesional de la mentira.
—No te preocupes, Veraldi —respondió ella con una sonrisa gélida—. Estoy segura de que sabré adaptarme a tus... exigencias.
(Al día siguiente: La Oficina de Maximiliano)
El sol apenas empezaba a calentar los cristales de mi despacho en el último piso del edificio Veraldi. Yo estaba sentado tras mi escritorio de roble, sumido en mi habitual mal humor, revisando rutas de contrabando, cuando la puerta se abrió sin llamar.
Era ella.
No traía el vestido de satén de anoche, pero lo que llevaba era peor para mi cordura: un traje de falda de tubo gris marengo, extremadamente ajustado, y una camisa blanca de seda que se ceñía a sus curvas con una precisión criminal. Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante y unas gafas de ver que le daban un aire intelectual y prohibido.
—Señor Veraldi —dijo, cerrando la puerta con llave tras de sí con un clic metálico que resonó en toda la habitación—. Vengo por mi primera lección.
Me levanté lentamente, rodeando el escritorio mientras mis ojos la devoraban. La confianza que mostraba era un imán para mi violencia contenida.
—Regla número uno, María —susurré, acorralándola contra la puerta de madera—: en esta oficina, el asistente no habla hasta que el jefe se lo ordena. Y ahora mismo... —deslicé mi mano por su cadera, sintiendo la tela cara del traje— tengo una tarea muy específica que requiere que guardes mucho silencio.
Mi mano estaba enterrada bajo su falda de tubo, mis dedos reclamando lo que ya era mío. El sonido del pomo girando fue como el martillo de un arma amartillándose. No hubo tiempo para esconderse, y en un segundo de lucidez manchada de adrenalina, supe que el escondite solo nos haría parecer culpables.
—Mantén la compostura —le siseé, alejándome de ella lo justo para que el espacio entre nuestros cuerpos pareciera profesional, aunque el aire a nuestro alrededor todavía vibraba con el calor de lo que estábamos a punto de hacer.
La puerta se abrió de golpe. Mi padre, José, entró con la autoridad de un rey que no necesita llamar. Se detuvo en seco al vernos. María estaba de pie junto a mi escritorio, con una carpeta abierta en las manos, aunque sus dedos temblaban levemente y sus labios aún conservaban ese rojo intenso que yo les había provocado.
—Veo que ya han empezado —dijo José, entornando los ojos mientras escudriñaba la habitación. El olor a mi tabaco y al perfume de María era una mezcla peligrosa que flotaba en el aire.
—Le estaba explicando a María la jerarquía de los muelles, padre —respondí, mi voz recuperando esa frialdad de acero que utilizo para los negocios. Me acerqué a ella y puse una mano sobre el escritorio, rodeándola sutilmente, marcando el mapa de las rutas de contrabando—. Es lenta para entender los números, pero tiene buen ojo para los detalles.
María inhaló profundamente, recomponiéndose. Se acomodó las gafas y miró a mi padre con una máscara de seriedad que casi me hizo sonreír.
—Es un sistema complejo, señor Veraldi —dijo ella, su voz firme pero con ese matiz de seda que yo conocía bien—. Maximiliano me estaba enseñando cómo "asegurar" que la mercancía no se pierda en la aduana.
José se acercó, rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella. Yo sentía la tensión en los hombros de María. Mi padre es un hombre que huele el miedo, pero también huele la mentira.
—La aduana es lo de menos, niña —gruñó José, señalando un punto en el mapa—. Lo importante es saber quién es el dueño de cada hombre en ese puerto. Maximiliano, enséñale lo que pasa con los que rompen la lealtad. No le des solo cifras, dale la realidad.
—Descuida, padre. Estaba a punto de mostrarle los informes de "pérdidas" del último trimestre —dije, deslizando mi mano por la mesa hasta que rozó el costado de su mano. Un contacto invisible para José, pero eléctrico para nosotros—. María va a entender perfectamente qué significa trabajar para los Veraldi.
José asintió, aparentemente satisfecho por la "frialdad" profesional con la que la estaba tratando. —Bien. No le des tregua. Si Marcos quiere que trabaje, que aprenda lo que es el sudor y la sangre. Los espero en el club a las diez para el informe.
En cuanto la puerta se cerró tras él, el silencio del despacho se volvió ensordecedor. María soltó el aire que estaba reteniendo y se apoyó en la mesa, cerrando los ojos.
—Eso ha estado... demasiado cerca —susurró, pero cuando abrió los ojos, no vi miedo. Vi fuego.
Me acerqué a ella por la espalda, pegando mi pecho a su columna, y le susurré al oído mientras mis manos volvían a encontrar el camino hacia su cintura.
—La lección de negocios ha terminado, María. Ahora vamos a retomar la lección de lealtad donde la dejamos. Y esta vez, no pienso dejar que te interrumpan.
El clic de la cerradura resonó en las paredes de mármol como una sentencia. Me giré hacia ella, mi mal humor transformado en una necesidad física que me hacía doler los huesos. María seguía apoyada en el escritorio, con el traje de falda de tubo perfectamente ajustado, pero su respiración la delataba: estaba tan hambrienta como yo.
—¿Te gustó el juego, pequeña zorra? —gruñí, acercándome con pasos lentos—. Tentando a la suerte con mi padre delante, provocándome bajo la mesa mientras él hablaba de negocios...
La agarré por el cuello de la camisa de seda y la atraje hacia mí con una violencia que la hizo jadear. No hubo espacio para la delicadeza. Mis manos se enterraron en sus muslos, subiendo la tela de la falda hasta que escuché el crujido de las costuras cediendo.
—En esta oficina no se trabaja, María. En esta oficina se obedece —le siseé al oído, mi lengua lamiendo el lóbulo de su oreja mientras ella soltaba un gemido sucio—. Ábrete de piernas. Ahora.
La subí al escritorio de roble, apartando de un manotazo las carpetas y los informes que mi padre acababa de dejar. María se echó hacia atrás, con la espalda sobre la madera fría y las piernas abiertas de par en par, revelando ese encaje negro que me estaba volviendo loco desde la mañana. Sus dedos se clavaron en el borde del escritorio, sus nudillos blancos por la tensión.
—Mírame mientras te destruyo el orgullo —ordené, deshaciéndome de mi cinturón con una mano mientras la otra exploraba su centro, encontrándola empapada, ardiendo, lista para ser reclamada—. Llevas mi olor encima desde anoche, y hoy te voy a llenar tanto de mí que vas a olvidar hasta tu propio maldito apellido.
Me enterré en ella de un solo golpe, brutal y profundo. El escritorio gimió bajo nuestro peso, y María soltó un grito que ahogué con un beso cargado de sabor a poder y deseo prohibido. La penetraba con una furia rítmica, cada embestida marcada por el odio que me producía amarla tanto y la necesidad de recordarle que era mi esclava, mi ancla, mi perdición.
—Dime de quién eres, María. ¡Dilo! —le exigí, golpeando su cuerpo contra la madera con una fuerza animal.
—Tuya... soy tuya, Max... —sollozó ella, con los ojos en blanco y el cuerpo sacudido por espasmos de placer puro—. ¡Hazme lo que quieras, pero no pares!
El despacho se llenó del sonido de la carne chocando, de insultos susurrados y de promesas de una condena eterna. En el clímax, mientras la sentía apretarse a mi alrededor como si quisiera fundirse conmigo, supe que no había marcha atrás. Había convertido la oficina de los Veraldi en nuestro altar de depravación.
El silencio que siguió al estallido de placer fue pesado, cargado del olor a sexo, sudor y el aroma del tabaco rancio que siempre me seguía. María estaba tendida sobre el escritorio, con la camisa de seda desabotonada y el pecho subiendo y bajando en espasmos erráticos. Yo me estaba ajustando el pantalón, recuperando mi máscara de frialdad, cuando un destello metálico bajo el borde de la madera llamó mi atención.
Me quedé helado. Mi mano se deslizó por debajo del pesado tablón de roble, justo donde los dedos de María se habían clavado con desesperación segundos antes. Mis dedos tropezaron con un pequeño objeto circular, liso y frío.
Lo arranqué de un tirón.
—Maldita sea... —mascullé, sintiendo cómo la sangre se me congelaba en las venas.
Era un micrófono de alta sensibilidad. Un modelo profesional, de los que usamos para espionaje industrial.
María se incorporó lentamente, limpiándose el rostro con el dorso de la mano, todavía aturdida. Al ver el pequeño aparato entre mis dedos, su rostro palideció hasta quedar de un blanco fantasmal. El fuego que acababa de consumirnos fue reemplazado instantáneamente por un terror gélido.
—¿Eso es... lo que creo que es? —susurró ella, su voz apenas un hilo quebrado.
—Es un transmisor activo —respondí, mi voz vibrando con una furia asesina—. Alguien ha escuchado cada gemido, cada insulto, cada vez que gritaste mi nombre mientras te poseía en este despacho.
Caminé hacia el detector de frecuencias que guardaba en un cajón y lo encendí. El pitido fue inmediato y frenético. No era solo uno; la habitación estaba sembrada. Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, descartando enemigos. Esto no era obra de una familia rival; esto era demasiado interno, demasiado preciso.
—¿Quién? —preguntó María, intentando cerrarse la camisa con manos que no dejaban de temblar—. Max, si mi padre escuchó eso... si tu padre...
—Hay que descartar mi padre porque si lo escuchó, ya estaríamos muertos o bajo llave —la corté, agarrándola del brazo y obligándola a levantarse—. Esto es algo más. Alguien está recolectando mierda sobre nosotros para usarla como palanca.
En ese momento, la pantalla de mi ordenador se iluminó. No era una notificación de correo, sino un archivo de audio que se estaba reproduciendo automáticamente. El sonido inundó la oficina: eran los jadeos de María de hace apenas cinco minutos, mezclados con mi voz llamándola "pequeña zorra".
Bajo el archivo, apareció un mensaje de texto corto:
"Una joya se talla con cuidado, pero una joya manchada pierde todo su valor. Mañana en el club, a solas. O este audio será el hilo musical de la próxima cena familiar."
La caligrafía digital era impecable. El tono era de una elegancia letal que conocía demasiado bien.
—Es Alessia —susurró María, dejándose caer en la silla, con los ojos llenos de lágrimas de pura impotencia—. Tu madre lo sabe todo.
El aire en el despacho se volvió irrespirable. La mención del nombre de Alessia actuó como un detonante en mi cerebro, liberando una furia que no conocía límites. No era solo el chantaje. No era solo que nos hubiera escuchado. Era que esa mujer, esa intrusa que se sentaba en el trono que pertenecía a mi madre, se atrevía a poner sus garras sobre lo único que yo consideraba sagrado en mi retorcida existencia.
—Madrastra... —escupí la palabra como si fuera ácido.
Perdí el control. De un manotazo, barrí todo lo que quedaba sobre el escritorio de roble. Lámparas, carpetas y el monitor donde aún parpadeaba ese mensaje maldito volaron por los aires, estrellándose contra la pared. María soltó un grito y se encogió en la silla, aterrorizada por la bestia que acababa de despertar.
—¡Esa maldita víbora no va a jugar conmigo! —rugí, mi voz retumbando como un trueno en la oficina—. Se cree la reina de este imperio porque mató a la verdadera dueña, pero hoy se le acaba el cuento.
Agarré mi arma de la funda sobaquera y comprobé el cargador con un movimiento mecánico y violento. La sangre me golpeaba las sienes. El recuerdo de mi verdadera madre, Mérida, volvió a mí como un relámpago: su sonrisa suave, su elegancia genuina... y el "accidente" que la borró del mapa justo cuando Alessia apareció en la vida de mi padre con su ambición de hiena. Siempre lo supe. En este mundo de sombras, las casualidades no existen. Alessia la eliminó para heredar una corona de sangre.
—Max, por favor, vas a hacer que nos maten a todos... —sollozó María, agarrándome del brazo.
La aparté de un empellón, no por odio hacia ella, sino porque mi cuerpo ya no me pertenecía; le pertenecía a la venganza.
—Quédate aquí. Cierra la puerta por dentro y no salgas aunque escuches que el edificio se cae a pedazos —le ordené, mi mirada clavada en la suya con una intensidad que la dejó muda.
Salí del despacho como un proyectil. Mis hombres se apartaron en los pasillos al ver mi rostro; sabían que cuando Maximiliano Veraldi tenía esa expresión, alguien estaba a punto de dejar de respirar.
Llegué a la mansión en tiempo récord. No llamé. No esperé. Pateé la puerta doble del salón principal y allí estaba ella. Alessia. Sentada en su sillón de terciopelo, con una copa de vino tinto que parecía sangre fresca y esa sonrisa gélida que ocultaba el alma de una asesina.
—Maximiliano, querido. Llegas antes de lo previsto —dijo ella con una calma insultante—. ¿Te gustó la banda sonora de tu tarde de oficina?
Caminé hacia ella y, antes de que pudiera reaccionar, le puse la boca del cañón de mi Beretta justo debajo de la barbilla, obligándola a echar la cabeza hacia atrás. Su vino se derramó sobre su vestido de seda, manchándolo de un rojo violáceo.
—¿Te divierte escuchar a mi mujer, Alessia? —siseé, mis dedos apretando el arma con una fuerza que me hacía temblar—. ¿Te divierte jugar a la espía con el hijo del hombre que te sacó de la basura?
—No me hagas reír, Max. María no es tu mujer, es una debilidad —respondió ella, aunque sus ojos destellaron de miedo al sentir el frío del metal—. Y tu padre no me sacó de la basura. Yo me gané este lugar.
—Te ganaste este lugar matando a Mérida —rugí, pegando mi rostro al suyo—. Creíste que el niño de ocho años no recordaría el olor de los frenos cortados, el olor del miedo de mi madre antes de subir a ese coche. Creíste que podías ocupar su cama y su nombre, y que yo te llamaría "madre" algún día.
El rostro de Alessia se transformó. La máscara de elegancia se cayó, revelando la fealdad de su alma.
—Tu madre era débil, Maximiliano. Y tú eres igual a ella si crees que esa niña te salvará —escupió ella—. Mátame. Hazlo. Y el audio se enviará automáticamente a Marcos y a tu padre. Veremos cuánto dura tu "obsesión" cuando tengas que elegir entre su vida y la tuya.
Mi dedo acarició el gatillo. El mal humor que me definía se había convertido en un deseo puro de ejecución….