La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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XXIV- cenizas en el despacho
Narrador:
La mansión Veraldi no era un hogar esa noche; era una olla a presión a punto de estallar. El rugido del motor del SUV blindado aún resonaba en el patio cuando Alessio cruzó el umbral, ignorando a los guardias que se apartaban como si vieran pasar a la mismísima muerte. No fue a buscar a Soraya. No fue a ver a su padre. Se encerró en su oficina, y el primer sonido que escapó de esas paredes fue el de una silla de roble estrellándose contra el ventanal reforzado.
—¡Maldita sea! ¡Malditos todos! —el grito de Alessio fue un desgarro de garganta, un sonido animal que no pertenecía a un hombre de negocios, sino a una bestia acorralada.
Con una ferocidad ciega, barrió todo lo que había sobre su escritorio de caoba. Lámparas de cristal, documentos sellados, su computadora de última generación... todo voló por los aires, impactando contra las paredes. No era suficiente. Nunca era suficiente para apagar el incendio que Clara había provocado con sus mentiras de seda.
—¡Mentirosa! ¡Hija de puta! —rugía, mientras lanzaba un puñetazo tras otro contra la estantería de libros antiguos. Sus nudillos ya estaban abiertos, dejando rastros de carmín sobre los lomos de cuero—. ¡Me mira a la cara y me dice que no me ama! ¡Puedo oler su miedo, puedo sentir su deseo, y tiene la audacia de negármelo!
Se giró, con los ojos inyectados en sangre, buscando algo más que destruir. Sus manos temblaban, bañadas en una mezcla de sudor y sangre roja y espesa.
—¡Y ese... ese infeliz de Rocco! ¡Un civil de mierda! ¡Un tipo que vende flores y juega a ser héroe con un bate de madera! —Alessio soltó una carcajada histérica, pateando los restos de un jarrón de la dinastía Ming—. ¡Odio que me haya ganado esa partida! ¡Odio que ella lo elija a él para protegerse de mí! ¡Soy Alessio Veraldi, maldita sea! ¡El mundo se arrodilla ante mi apellido y ella me trata como si fuera una plaga!
En ese momento, la pesada puerta de doble hoja se abrió sin previo aviso. María Veraldi entró con la calma de quien camina por un jardín de rosas, aunque el aire dentro de la habitación fuera puro azufre. Su silueta esbelta, vestida con un conjunto de seda color esmeralda que resaltaba sus ojos olivo, era el único punto de orden en medio del caos absoluto.
Se detuvo a un metro de los escombros, observando las hebras de plata en sus sienes brillar bajo la luz mortecina. Miró las manos ensangrentadas de su hijo y luego su rostro desencajado.
—Alessio, basta —dijo ella. Su voz era suave, pero tenía el peso de una cordillera.
—¡No me digas que pare, mamá! ¡No te atrevas! —Alessio se dio la vuelta, señalándola con un dedo tembloroso y manchado de sangre—. ¡Todos en esta casa son unos buitres! ¡Tú, papá, Bianca... todos esperando que sea el soldado perfecto! ¡Y yo solo quiero quemar esta ciudad hasta que no quede nada! ¡Odio este imperio, odio este apellido y me odio a mí mismo por no poder arrancar su recuerdo de mi pecho!
María se acercó con cautela, extendiendo una mano para tocar su mejilla, pero Alessio retrocedió bruscamente, golpeando una vitrina que terminó por hacerse añicos.
—¡No me toques! —gruñó, con un sonido gutural que nacía del estómago—. No necesito consuelo. Necesito que el mundo deje de girar. ¡Ese maldito "ratoncito" me ha desarmado! ¡Me ha dejado desnudo frente a un don nadie! ¿Sabes lo que es eso? ¡Sentir que tu poder no vale una mierda porque una mujer decidió que no eres suficiente!
—La amas, Alessio. Y eso es lo que te da miedo —sentenció María, cruzándose de brazos, manteniendo su mirada analítica fija en él.
—¡No la amo! ¡La detesto! —gritó él, golpeando la pared con la palma de la mano abierta, dejando una huella de sangre—. ¡Odio que respire el mismo aire que yo! ¡Odio que ese imbécil de Rocco ponga sus manos sobre lo que es mío por derecho de sangre y de historia! ¡Yo fui el primero! ¡Yo la hice mujer! ¡Y ahora ella actúa como si yo fuera el villano de una historia en la que ella es la mártir! ¡Malditos sean todos! ¡Maldita sea esta vida de mierda donde no puedo tener lo único que realmente deseo!
Alessio se dejó caer de rodillas en medio del desastre, rodeado de astillas de madera y cristales rotos. Sus hombros subían y bajando frenéticamente.
—Me estoy volviendo loco, mamá... —susurró, y esta vez su voz no fue un grito, sino un lamento ronco—. Cada vez que cierro los ojos veo su cara llena de lágrimas diciéndome que no me ama. Y sé que es mentira, pero duele como si fuera verdad. ¡La odio! ¡La odio por hacerme sentir este vacío!
María se arrodilló frente a él, ignorando que la seda de su vestido se manchaba con el polvo y la sangre del suelo. No lo abrazó, sabiendo que él la rechazaría, pero se mantuvo allí, siendo el ancla en medio de su tormenta animal. Alessio hundió la cabeza entre las manos, manchándose el cabello de rojo, mientras el eco de sus propios insultos y gritos seguía vibrando en las paredes de la oficina destruida.
Clara:
El olor del cloro era tan fuerte que me quemaba las fosas nasales, pero lo agradecía. Necesitaba que ese aroma aséptico y punzante borrara el rastro de hierro y pólvora que se había quedado impregnado en las paredes de mi tienda. Estaba de rodillas sobre el suelo de mármol travertino, frotando con una rabia ciega una mancha carmesí que se negaba a desaparecer de las vetas claras de la piedra.
Valentina, mi mejor amiga y el único ancla de cordura que me quedaba, estaba a mi lado con un cubo de agua jabonosa y el rostro pálido. Ella no hacía preguntas, solo trapeaba con movimientos mecánicos, respetando el silencio sepulcral que se había instalado después de que los hombres de Alessio se llevaran aquel cuerpo.
—Clara, para un segundo... ya salió. Ya no hay nada ahí —murmuró Valentina, poniendo una mano sobre mi hombro.
Pero yo no podía parar. Seguía frotando el mármol con el cepillo, sintiendo cómo el agua con cloro me irritaba la piel de las manos.
—No, Val. Todavía está ahí. Puedo verla. Sigue manchado. Todo está manchado —mi voz salió ronca, extraña, como si no me perteneciera.
De repente, el cepillo resbaló de mis dedos y se deslizó por el suelo mojado. Me quedé mirando mis manos rojas, temblorosas, y la imagen de Alessio acorralándome contra el mostrador volvió a golpearme con la fuerza de un huracán. Sentí el fantasma de sus labios contra los míos, escuché su confesión desesperada retumbando en mis oídos: "Yo sí te amo".
Y entonces, el dique se rompió.
Me desplomé sobre mis propios talones, tapándome la cara con las manos mojadas de desinfectante. Empecé a llorar a mares, con unos sollozos tan violentos que me doblaban el cuerpo a la mitad. Eran gritos mudos, una agonía que nacía desde lo más profundo de mi vientre y se instalaba en mi garganta.
—¡Le mentí, Valentina! —grité entre espasmos, sin importarme si Rocco me escuchaba desde la trastienda—. ¡Le dije que no lo amaba! ¡Se lo dije a la cara mientras él se rompía frente a mí!
Valentina dejó caer el trapeador y me envolvió en un abrazo apretado, dejando que mis lágrimas empaparan su camiseta. Yo no podía parar de temblar. El peso de esa mentira era una losa de cemento sobre mi pecho que me impedía respirar.
—Fue lo correcto, Clara... tenías que hacerlo para protegerte, para proteger a Rocco —susurró ella, tratando de consolarme.
—¡Pero es mentira! —chillé, apartándome un poco para mirarla con los ojos hinchados y rojos—. Lo amo tanto que me duele la existencia. Lo amo con un odio que me consume. Le mentí y vi cómo se le apagaba la mirada... vi al monstruo volverse un niño herido por mi culpa. ¡Soy un asco de persona! ¡Lo amo y lo odio por hacerme sentir que sin él no soy más que una cáscara vacía!
Me abracé a mis propias piernas, balanceándome sobre el suelo de mármol mojado. Me sentía sucia, no por la sangre que acabábamos de limpiar, sino por la traición a mis propios sentimientos. Había elegido la seguridad de Rocco, la paz de una vida normal, pero a cambio había asesinado la única verdad que me hacía sentir viva.
El olor a cloro seguía allí, pero por mucho que restregara, sabía que la mancha que Alessio había dejado en mi alma no se iría nunca.
Alessio:
Al día siguiente, la oficina ya no olía a sangre ni a desesperación. El servicio de limpieza de la familia —esos fantasmas que borran pecados con la misma eficacia con la que yo borro enemigos— había trabajado toda la noche. El mármol brillaba, el escritorio de caoba era nuevo y el aire estaba cargado del aroma a café cargado y al almizcle salvaje de Belial.
Mi león estaba tumbado a mi derecha, una montaña de músculos y melena negra azabache que ocupaba la mitad de la alfombra persa. Su respiración era un motor sordo que hacía vibrar el suelo. De vez en cuando, Belial soltaba un gruñido bajo, moviendo la cola con una pereza peligrosa, mientras sus ojos ambarinos seguían cada movimiento de mi padre.
—Estás distraído, Alessio —sentenció Maximiliano, sentado frente a mí. Sus ojos grises, fríos como lápidas de cemento, me diseccionaban—. La crisis del puerto de Génova no se va a solucionar mirando al vacío. Los Scalia están moviendo fichas y tú pareces estar contando moscas.
—No estoy contando moscas, papá. Estoy evaluando qué tan profunda será la fosa que cavaré para ellos —respondí, mi voz saliendo más áspera de lo que pretendía.
Me pasé una mano por la cara, sintiendo el escozor de mis nudillos vendados. A mi izquierda, Bianca soltó una risita seca mientras revisaba unos documentos en su tableta. Sus ojos, del mismo gris gélido que los de mi padre, brillaron con una burla que me daban ganas de asfixiarla.
—Lo que está evaluando es si el "ratoncito" se tragó sus mentiras ayer —atacó Bianca, cruzando sus piernas largas con elegancia—. Tiene los ojos verdes de mamá, pero el orgullo herido de un Veraldi pura cepa. Alessio, querido, tu cara de funeral está asustando a los inversores. Tienes que decidir si vas a ser un capo o un poeta romántico de pacotilla.
—Cierra la boca, Bianca —gruñí, y Belial, sintiendo mi irritación, se incorporó sobre sus patas delanteras, soltando un rugido corto que hizo que los papeles sobre la mesa volaran—. No me hagas recordarte quién de los dos tiene la cicatriz de guerra en el costado y quién solo sabe mover números en una pantalla.
—¡Basta los dos! —Maximiliano golpeó el escritorio con la palma de la mano. El silencio que siguió fue absoluto—. Alessio, me importa una mierda lo que sientas por esa jardinera. Pero si Lilith Moretti está en la ciudad y ha decidido que tu debilidad es el blanco perfecto, tenemos un problema de seguridad, no de faldas.
—Lilith no es un problema —mentí, acariciando la melena de Belial para calmarlo—. Es una molestia que voy a eliminar.
—Es una psicópata que conoce nuestros puntos ciegos —corrigió Bianca, clavando sus ojos grises en los míos—. Y ayer te dejó en evidencia frente a un tipo con un bate de madera. ¡Un bate, Alessio! Si eso llega a oídos de los clanes del sur, pensarán que el heredero de los Veraldi es vulnerable.
Me puse de pie bruscamente. Belial se tensó a mi lado, mostrando los colmillos, una imagen de ferocidad pura que contrastaba con mi traje de tres piezas. Me acerqué al ventanal, mirando hacia el jardín donde los patos de Luis se paseaban ignorantes de la guerra que se gestaba.
—Los negocios siguen en pie —dije, dándoles la espalda—. Génova estará bajo control para el lunes. Pero quiero a Lilith muerta. No en una celda, no exiliada. Quiero que Belial desayune con sus restos. Y respecto a Clara... ella no es una debilidad. Es mi propiedad. Y nadie, ni Lilith ni ese infeliz de Rocco, toca lo que es mío sin pagar el precio más alto.
—Eso espero, hijo —la voz de mi padre sonó como el cierre de una celda—. Porque el amor es una enfermedad que los hombres como nosotros no pueden permitirse. Asegúrate de estar curado antes de la reunión con los rusos, o yo mismo me encargaré de extirpar el tumor.
Apreté los puños bajo la mirada analítica de mi hermana. Mis ojos verde olivo ardían. Sabía que me vigilaban, que cada paso que daba era juzgado. Pero mientras Belial bufaba a mi lado, solo podía pensar en una cosa: el sabor de las lágrimas de Clara y el "no te amo" que me había gritado, una mentira tan grande que me estaba desgarrando el pecho desde adentro.
Bianca: (horas despues)
El sol de la tarde caía pesado sobre las calles, pero dentro de L’Anima dei Fiori el ambiente era un hervidero de polen, cintas de raso y señoras ansiosas. Me bajé del coche blindado a una manzana de distancia; no necesitaba que los hombres de mi padre le informaran a Alessio que su hermana gemela estaba invadiendo el territorio del "ratoncito".
Entré y la campanilla sonó como un grito de auxilio. El lugar estaba a reventar. Clara corría de un lado a otro con el cabello desordenado y manchas de tierra en el delantal, intentando atender a tres clientes a la vez mientras Valentina peleaba con una registradora que parecía odiarla.
Me quité las gafas de sol y apoyé mis manos, con la manicura perfecta, sobre el mostrador.
—Parece que el negocio de las flores es más estresante que el de la heroína, Clara —solté con una sonrisa afilada.
Ella se tensó al verme. Sus ojos, todavía un poco hinchados por el llanto de ayer, se abrieron de par en par. Pero no tuvo tiempo de echarme; una mujer mayor la asaltó exigiendo un centro de mesa para un bautizo. Suspiré. No me quedé mirando. Me quité mi chaqueta de diseñador, la colgué con cuidado y me puse a su lado.
—Dame esas tijeras. Yo me encargo de las rosas, tú atiende a la clientela —le ordené.
—Bianca, ¿qué haces aquí? No puedes... —empezó ella, pero yo ya estaba cortando tallos con una torpeza elegante.
—Soy una Veraldi, Clara. Puedo hacer lo que me dé la gana, incluso ser una empleada doméstica por una hora. Mueve el trasero y atiende a esa mujer.
Pasamos los siguientes cuarenta minutos en un caos extraño. Yo era un desastre, admitámoslo. Casi destruyo un ramo de lirios y me pinché tres veces con las espinas, soltando maldiciones en italiano que hicieron que un cliente se persignara. Pero ver a Clara tan superada me dio una satisfacción perversa. Cuando finalmente la tienda se vació y pusimos el cartel de "Cerrado", nos quedamos solas entre restos de hojas y pétalos marchitos.
—¿A qué has venido realmente? —preguntó Clara, limpiándose el sudor de la frente. Su voz era cautelosa.
Me senté en un taburete alto, mirándola con mis ojos grises, los mismos que mi padre usa para sentenciar a muerte.
—Vine a decirte que casi haces que mi hermano se vuele la tapa de los sesos ayer —solté sin anestesia—. Después de que te dejó, regresó a la mansión hecho un animal. Nunca, en toda nuestra vida juntos, lo había visto perder el control así. Ni siquiera cuando Belial casi muere por salvar a mamá.
Clara se quedó pálida, agarrando un trapo con fuerza.
—Él... ¿está bien?
—¿Bien? —solté una carcajada seca—. Destruyó su oficina entera. Voló su escritorio de caoba, hizo añicos una vitrina Ming y se abrió los puños contra la pared hasta que el mármol quedó pintado de rojo. Gritaba tu nombre como si fuera un insulto y una plegaria al mismo tiempo. Estaba de rodillas en medio de los cristales, Clara, llorando de rabia porque le dijiste que no lo amabas.
Me acerqué a ella, bajando el tono.
—Mi madre tuvo que arrodillarse con él para que no se matara a sí mismo del puro odio que se tiene por quererte. Alessio es un monstruo, sí, pero es un monstruo que tú has desarmado. Y eso, querida, es lo más peligroso que podrías haber hecho. Lilith sabe que eres su talón de Aquiles, y mi padre... mi padre no tolera la debilidad en su heredero.
Me puse mi chaqueta, recuperando mi máscara de acero.
—Te lo digo como mujer, no como una Veraldi: huye. O dile la verdad. Porque ese punto medio donde estás, intentando ser feliz con tu pastelero mientras Alessio se desangra en silencio por ti, va a terminar con esta florería en cenizas y con todos nosotros bajo tierra. Alessio no va a detenerse hasta que seas suya o hasta que no quede nada de ti para que nadie más te toque.
Me di la vuelta, dejando a Clara temblando en medio de su santuario de flores. La campanilla sonó una última vez.