Descubrió que todo en su vida era mentira y que su marido era un usurpador que, instruido por sus padres, se había apoderado de toda su herencia.
Decidió averiguar la verdad, y era peor de lo que había oído de ellos.
Ella no era quien creía ser, su matrimonio era una farsa y los planes que tenían para ella eran de destrucción.
— Espérenme… esto no quedará así…
Por desgracia, no sería tan fácil deshacerse de ellos, pero no contaba con recibir una ayuda inesperada y tener la oportunidad de formar una familia solo para ella.
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Capítulo 10
El desayuno ya había llegado y ella se sentó a comer, hartándose, y pronto Charlie estaba allí para llevarla al spa. Colocó un pastelito con una vela para cantarle el cumpleaños. Cuando él volvió a buscarla, encendió la vela y cantó cumpleaños feliz junto con el camarero que vino a recoger la mesa y la camarera que llegó a arreglar la habitación.
Ella se sintió tan feliz, porque aquellas personas que no la conocían, la estaban tratando mejor que las que se decían su familia. Agradeció y fue para el SPA, previendo que tendría un día maravilloso. La sesión de masaje con aceites especiales, hizo milagros en sus músculos y piel.
Su estima subió y al salir para el almuerzo, se sintió plena, linda y llena de satisfacción. Entró en el restaurante e identificó a Alonso terminando su almuerzo, pero con el ojo en la puerta y cuando la vio llegando, le hizo señas para que lo viera. Pero ella fue para el otro lado, fingió no verlo o lo hizo a propósito, él no lo supo.
Furioso, él fue hasta el conserje y habló tan alto que todos los que estaban en el restaurante, oyeron:
—Ella es mi esposa, Lucinda Ferreira.
Lucinda continuó hablando con el camarero, sin darle la mínima atención. Ernesto entraba en el restaurante, cuando oyó a Alonso hablando y apuntando para Lucinda. La reconoció en el mismo instante y paró, atónito, al descubrir con quién pasó la noche.
Aún sentía el toque de ella en su cuerpo y quería mantener el contacto e incluso repetir aquella noche de placer. La mujer en sus brazos era caliente, pero inocente, con poca o ninguna experiencia y el marido, un idiota por no aprovechar.
Admiró la belleza de los trazos femeninos, la delicadeza al hablar y los labios rojos que lo llamaban para un beso. Linda y quería que fuese solo suya. Necesitaba encontrar una manera de quitar a Alonso del camino.
—Roger, vigila a aquella mujer y descubre todo sobre ella.
—Ella está en la habitación al lado de la nuestra, sola. Hoy es su cumpleaños y el marido es un imbécil.
Ernesto miró a Roger que paró a su lado y pensó que nunca dejaría de sorprenderse con su capacidad de saber de todo, antes que él. Sonrió al oír la descripción que él dio sobre Alonso y concordó.
—¿Cómo sabes de todo eso solo mirándola?
—Almorzamos juntos, ayer.
Ellos quedaron allí, observando a Alonso ir hasta la mesa de la mujer, acompañado de Charlie, y cuestionar a Lucinda:
—Lucinda, ¿qué piensas que estás haciendo?
Solo al oír la voz irritada del marido, que subió un tono y parecía una gallina cacareando, miró para él con frialdad en la mirada. Charlie acababa de informarle que fue él el responsable de la droga en su champán.
—Nosotros vinimos para acá para conmemorar mi cumpleaños y desde que llegamos, tú solo has hecho maltratarme. —cobró ella, hablando bajo y con educación.
—Tú eres mi esposa, me debes satisfacción y obediencia. ¿Por qué te estás escondiendo de mí? —preguntó él, aún irritado, pero bajando el tono.
Ella se controló para no tirar en la cara de él toda la farsa del casamiento, estaba en el límite de su tolerancia y loca para librarse del hombre arrogante. Resolvió combatir con un ataque directo.
—¿Por qué me drogaste?
La expresión de él cambió conforme su mente procesaba la información. Sorpresa, rabia, miedo y preocupación. Él miró para el conserje que, parado a su lado, prestaba atención en todo lo que hablaban.
—¿Puede darnos licencia, por favor?
—¿Señora? —preguntó Charlie, no queriendo dejar a Lucinda sola con el canalla.
Ernesto se aproximó y se instaló en la mesa más próxima, pareciendo un chismoso, loco por información. Roger sonrió, siempre se espantaba con las reacciones diversas de su patrón y esa vez, se estaba divirtiendo.
—¿Su interés por esa mujer no está yendo lejos demás? —preguntó curioso, pues aún no sabía quién pasó la noche con el patrón, pero comenzaba a desconfiar.
—No, él está haciendo juego duro con la empresa y todo lo que yo pueda descubrir que me dé ventaja, es válido —miró para el camarero y pidió un vino.
—Entonces, ¿su interés no es en la mujer? ¿Acaso sería ella su acompañante de esta noche?
Ernesto miró para Lucinda y la mirada de ella estaba sobre él. Los dos suavizaron la expresión, casi sonriendo, pero la palabrería de Alonso, la obligó a desviar la mirada.
—Sin comentarios, Roger, sin comentarios. —respondió Ernesto.
Roger se quedó callado, pero ya había entendido todo.
La vieron dispensar al conserje y permitir que el marido se sentase.
—¿Tú por acaso eres VIP? —preguntó Alonso.
—Por acaso, no, por querer. Tú no me respondiste, ¿por qué me drogaste? ¿Acaso querías tener una noche de sexo sin tener trabajo?
Ernesto sonrió, achando óptimo el desconcierto de él con las preguntas de ella. Quedó claro que ellos no practicaban la vida de pareja y él no quería ni darse al trabajo de conquistar a la mujer. Fue bueno, sobró para él y la noche fue óptima.
—¡Mira cómo hablas con tu marido, Lucinda! ¿Qué te pasó para actuar como una descerebrada?
—¿Qué te pasó a ti para drogarme?
—No me respondas con otra pregunta…
—Entonces responde lo que pregunté. —Ella no dejaría que él tuviese la última palabra.
Ella comía su refección con delicadeza, degustando cada bocado de su pato con naranja. No permitiría que él le quitase el placer de comer aquella refección tan bien hecha y que costaba un mes de trabajo de un sirviente.
Notando que ella no le daría satisfacción, resolvió ablandar. Era cumpleaños de ella y necesitaba agradar a su madre. Tenía que embarazar a Lucinda de cualquier manera y si drogarla no dio cierto, haría de otro modo.
Según su madre, ella debía estar en su período fértil y no podía dejar pasar la oportunidad.
—Yo coloqué un calmante leve en tu bebida para que pudiésemos tener nuestra noche de bodas. —mintió en la mayor simplicidad.
—Ah, entonces fue por eso que dormí como una piedra. Gracias, desperté muy bien y ya tuve mi mañana en el spa y ahora tendré mi tarde paseando en la playa.
—Podemos ir juntos, entonces. Hoy es tu cumpleaños y estoy a tu disposición.
—No necesito más gasto, tú puedes…
Una sombra cubrió a los dos y la voz ronca del CEO, sonó encima de la suya.