Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 6: El Sonido de la Lluvia
La lluvia de Tokio caía con una fuerza implacable, golpeando los ventanales del edificio en Minato con un ritmo hipnótico. Para Haru, el sonido del agua era un recordatorio de las noches en que Ren lo obligaba a dormir en el balcón de la mansión cuando "su aroma a omega barato" le molestaba. Se estremeció, envolviéndose en una manta vieja, mientras intentaba usar el caballete de madera de cerezo que Kaito le había dejado.
Era una pieza de ingeniería perfecta. Estable, robusta, con un ligero aroma a barniz caro. Haru acarició la madera con las yemas de los dedos. ¿Por qué un alfa como Kaito Kuroda le daría algo así? En su experiencia, los alfas solo daban regalos para marcar territorio o para exigir un pago posterior, usualmente en forma de sumisión o carne.
Un estruendo de truenos hizo que la luz del pasillo parpadeara. De repente, un sonido metálico llegó desde el exterior de su puerta. Clac. Clac.
Haru se congeló. Su primer instinto fue esconderse debajo de la mesa de la cocina. El corazón le golpeaba la garganta. ¿Era Ren? ¿Había conseguido una copia de la llave? El pánico, ese viejo amigo ácido, inundó su sistema. Se acercó a la puerta, conteniendo la respiración, y miró por la mirilla.
No era Ren. Era un hombre con uniforme de mensajería, empapado por la lluvia, que dejaba tres cajas grandes frente a la puerta del 12-A. El mensajero, con prisa por salir de la tormenta, simplemente dejó los paquetes y se fue. El problema era que una de las cajas, mal apilada, se deslizó y bloqueó parcialmente la puerta de Haru.
Haru suspiró, aliviado de que no fuera su exesposo, pero ahora tenía un dilema. Si quería salir a tirar la basura o simplemente sentirse libre de abrir su puerta, tenía que mover el obstáculo del vecino.
Abrió la puerta con cautela, apenas unos centímetros. La caja era pesada. Al intentar empujarla, sus costillas protestaron con un pinchazo de dolor agudo que le hizo soltar un gemido.
—¿Otra vez peleando con el cartón, Mizushima?
La puerta del 12-A se abrió. Kaito estaba allí, vistiendo unos pantalones de traje negros y una camiseta de algodón gris que se pegaba a su pecho, revelando la silueta de unos hombros anchos y una postura que gritaba control absoluto. Sus ojos ámbar recorrieron la escena: Haru pálido, sosteniéndose el costado, y sus paquetes estorbando.
—Lo siento... el mensajero los dejó así... yo solo intentaba moverlos para no molestar —dijo Haru, retrocediendo hacia la oscuridad de su apartamento como una sombra que teme a la luz.
Kaito no dijo nada. Se agachó y, con una facilidad insultante, levantó las dos cajas más pesadas con una sola mano cada una, metiéndolas en su casa. Luego se giró hacia Haru.
—Estás pálido. Y no es por el peso de la caja. Estás aguantando la respiración cada vez que me muevo.
Haru bajó la vista, apretando los puños.
—Es mi forma de ser. No me gusta... el espacio compartido.
—O no te gusta que un alfa respire el mismo aire que tú —concluyó Kaito, cruzándose de brazos. No había burla en su voz, solo una observación clínica—. Mi hermana Hana envió esas cajas. Contienen suministros de oficina y algunas cosas de la casa de campo. También hay una caja de té que mi madre insiste en que es "sanador".
Kaito entró un momento en su apartamento y salió con una caja de madera lacada. Se la extendió a Haru.
—Tómalo. Se supone que ayuda con la ansiedad y el dolor físico. No tiene veneno, si es lo que te preocupa.
Haru miró la caja como si fuera una granada activa. La desconfianza le gritaba que no aceptara nada, que cada "favor" de Kaito era un eslabón de una cadena que terminaría asfixiándolo.
—¿Por qué hace esto? —preguntó Haru, su voz ganando una pizca de fuerza por la desesperación—. Usted no me conoce. Soy un omega divorciado, un fracasado que vive en un apartamento que su familia usa para los empleados. Usted es... usted es alguien importante. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que espera que le de a cambio?
Kaito guardó silencio. La lluvia seguía rugiendo afuera. Observó el rostro de Haru: la mandíbula tensa, los ojos brillantes por las lágrimas contenidas y ese rastro de dignidad herida que se negaba a morir. Kaito dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Haru. El omega se pegó al marco de la puerta, pero no la cerró.
—No espero nada, Mizushima —dijo Kaito, su voz bajando a un susurro que vibró en el pecho de Haru—. En mi mundo, la gente se acerca a mí por dinero, por poder o por miedo. Tú eres el único que me mira como si fuera un monstruo, y extrañamente, eso es refrescante. No quiero tu sumisión. Solo quiero que dejes de temblar cada vez que mi sombra toca tu puerta. Me resulta... irritante.
Kaito le puso la caja de té en las manos. El contacto de sus dedos, cálidos y firmes, contra los de Haru, helados y temblorosos, fue como una descarga eléctrica. Haru sintió el aroma de Kaito —cedro, lluvia y una fuerza protectora que no era opresiva— inundar sus sentidos. Por un segundo, solo un segundo, su instinto de omega no gritó "peligro", sino "refugio".
Se soltó del contacto de inmediato, cerrando la puerta con un golpe seco.
Kaito se quedó en el pasillo, mirando la madera de la puerta del 12-B. Sus propios instintos de alfa estaban en alerta máxima. Había sentido el pulso acelerado de Haru bajo su piel. No era el pulso de un enemigo, era el de una criatura herida que necesitaba un lugar donde lamerse las heridas.
—Yuki tenía razón —susurró Kaito para sí mismo mientras entraba a su apartamento—. Los Ichijō rompieron algo hermoso. Pero no saben que lo que se rompe y se vuelve a unir, suele ser mucho más fuerte que el original.
Dentro de su apartamento, Haru se sentó en el suelo, abrazando la caja de té. El calor de la madera todavía guardaba el rastro de Kaito. No preparó el té. Se quedó allí, escuchando la lluvia, preguntándose si era posible que existiera un alfa que no quisiera romperlo, o si Kaito Kuroda era simplemente el tipo de cazador que prefería esperar a que su presa confiara antes de morder.