Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
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Capítulo 8: Cuando ya no se podía negar
Leonardo no fue ese día, ni el siguiente, pero la idea de ir empezó a quedarse más tiempo en su cabeza. Ya no era solo un pensamiento pasajero que podía empujar hacia un costado con facilidad, sino algo que volvía, una y otra vez, en momentos en los que no lo esperaba. Mientras caminaba, mientras estaba en silencio, incluso mientras se reía con otros, aparecía esa imagen de su abuela sentada, quieta, con esa forma de mirar que parecía quedarse esperando algo que nunca terminaba de llegar. No sabía exactamente por qué, pero esta vez le costaba más ignorarlo.
Terminó yendo casi por inercia, como si no fuera del todo una decisión. No avisó, no pensó demasiado, simplemente caminó hasta la casa y golpeó la puerta. El sonido retumbó más de lo normal en el silencio de la tarde. Esperó. No hubo respuesta inmediata. Golpeó otra vez, un poco más fuerte, y recién entonces escuchó pasos del otro lado. Eran lentos, arrastrados, muy distintos a los que recordaba.
Cuando la puerta se abrió, Leonardo sintió algo que no supo nombrar en el momento, pero que le hizo tensar el cuerpo. Livia estaba ahí, como siempre, pero no era la misma. Su postura estaba más encorvada, sus movimientos eran más torpes, y su rostro tenía un cansancio que ya no podía disimular con una sonrisa.
—Leo… —dijo ella, y su voz sonó más débil de lo que esperaba.
—Sí… —respondió él, sin saber muy bien qué agregar.
Se quedó mirándola unos segundos más de lo normal. No fue una mirada superficial como otras veces. Esta vez se detuvo en los detalles: en lo lento de sus gestos, en lo apagado de sus ojos, en esa forma de sostener la puerta como si necesitara apoyo. Todo eso estaba ahí antes, probablemente, pero él no lo había querido ver.
—Pasá —dijo Livia, haciéndose a un lado.
Leonardo entró sin decir nada. La casa se sentía distinta, más pesada, más quieta. No era solo el desorden leve que ya había notado antes, sino algo más profundo, como si el lugar hubiera perdido energía. Caminó unos pasos y dejó la mochila sin prestar mucha atención, pero su mirada seguía volviendo a ella.
—¿Estás bien? —preguntó al final, esta vez sin poder hacerlo sonar del todo vacío.
Livia asintió casi de inmediato.
—Sí… estoy bien.
Pero no era creíble. Ya no. Y por primera vez, Leonardo no pudo convencerse de que lo era.
Se quedaron en silencio unos segundos que se sintieron más largos de lo normal. Antes, ese tipo de silencios no le molestaban, pero ahora tenían un peso distinto, como si estuvieran llenos de cosas que ninguno decía.
—Te hice algo para comer —agregó ella, girando con lentitud hacia la cocina.
Leonardo la siguió con la mirada. Notó cómo se apoyaba apenas en la pared al caminar, cómo cada paso parecía medido. Sintió ese mismo nudo en el pecho que ya había sentido otras veces, pero esta vez no se fue tan rápido.
—No hacía falta —dijo, casi por reflejo.
—Igual lo hice.
Había algo automático en su forma de decirlo, como si siguiera cumpliendo un rol que ya le costaba sostener.
Leonardo dudó un segundo antes de sentarse. Miró alrededor otra vez. Todo estaba demasiado callado. Incluso la radio, que antes siempre estaba encendida, permanecía apagada.
—¿Y… él? —preguntó, sin mencionar el nombre.
—No está.
La respuesta fue corta, pero esta vez no sonó como alivio. Sonó más bien a costumbre.
Comieron casi en silencio. Leonardo intentó concentrarse en otra cosa, en cualquier cosa, pero su atención volvía una y otra vez a los pequeños detalles: la forma en que Livia apenas probaba la comida, cómo dejaba el tenedor después de un par de bocados, cómo parecía perderse en pensamientos mientras estaba sentada frente a él.
—No estás comiendo —dijo sin pensar demasiado.
Livia levantó la vista, como si la hubiera sorprendido la observación.
—No tengo mucha hambre.
Leonardo asintió, pero no dijo nada más. Sabía que eso tampoco era normal.
El tiempo pasó lento. Mucho más lento que en otras visitas. No había distracciones suficientes para evitar lo evidente. Ya no podía mirar el celular sin sentirse incómodo. Ya no podía fingir que todo estaba igual.
En un momento, Livia apoyó las manos sobre la mesa y se quedó quieta, mirando hacia la nada. Leonardo la observó, esta vez sin apartar la mirada. Había algo en esa quietud que le resultaba difícil de ignorar.
—Abuela…
Ella reaccionó despacio.
—¿Sí?
Leonardo dudó. Por un segundo, estuvo a punto de preguntar algo más directo. Algo real. Pero no lo hizo.
—Nada.
La palabra cayó pesada entre los dos.
Livia asintió, como si entendiera más de lo que él decía.
El resto de la tarde se sintió largo, pero al mismo tiempo insuficiente. Cuando Leonardo finalmente se levantó para irse, no sintió ese alivio inmediato de otras veces. Se quedó parado unos segundos, sin saber muy bien por qué.
—Me voy —dijo.
—Bueno.
Livia no se levantó enseguida. Eso también era nuevo. Antes siempre lo acompañaba hasta la puerta.
Después de un momento, hizo el esfuerzo y se puso de pie.
Caminaron juntos en silencio.
Antes de salir, Leonardo la miró otra vez. De verdad. Sin excusas, sin distracciones.
Y ahí estuvo.
La certeza.
Algo estaba mal.
No era una exageración.
No era una idea.
Era real.
Había estado pasando todo este tiempo… y él había decidido no verlo.
—Cuidate —dijo ella.
—Vos también —respondió él.
Pero la frase le sonó distinta esta vez.
Vacía.
Insuficiente.
Salió y cerró la puerta detrás de él. Se quedó quieto unos segundos afuera, mirando hacia adelante sin moverse. Podría haber vuelto a golpear. Podría haber dicho algo más. Podría haber hecho algo distinto.
Pero no lo hizo.
Y mientras empezaba a caminar, esa sensación no se fue.
Se quedó.
Porque ahora ya no podía decir que no sabía.
Ahora el problema no era no ver.
Era haber visto… y seguir sin hacer nada.