Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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capítulo 16
La mansión Evans amaneció sumida en un silencio sepulcral tras el caos de la noche anterior. Gerson no había regresado; se había quedado en el hospital velando el cuerpo inconsciente de su madre. La suegra, la gran matriarca que había gobernado esta familia con puño de hierro, se había desmoronado ante mis pies por el puro peso de su propia humillación.
Mientras tomaba mi café matutino, sentí la calidez helada de esa presencia mística en mi pecho, sonriendo ante mi primera gran victoria en este tablero de ajedrez.
A las nueve de la mañana, crucé el vestíbulo de la fábrica de chocolates Evans. El ambiente en las oficinas era vibrante; los rumores del éxito del lote premium ya se habían corrido entre los empleados. Pero la verdadera sorpresa me esperaba justo en la recepción de mi despacho.
Christian Dumont estaba allí.
Vestía un traje gris que gritaba opulencia y, en sus manos, sostenía un monumental arreglo de orquídeas blancas y ramas de canela, una obra de arte floral que inundó el pasillo con un aroma fresco. Al verme, sus ojos se encendieron con una admiración genuina.
—Señora Hellen
dijo, dando un paso al frente y entregándome las flores con una reverencia caballerosa
—Es un pequeño detalle en agradecimiento por el pedido. Todo llegó en perfectas condiciones al puerto. Su gestión fue... impecable.
Acepté el arreglo, rozando sus dedos deliberadamente con una cortesía ensayada. Sabía perfectamente que el pedido era solo una excusa. Christian Dumont no cruzaba la ciudad a primera hora solo por cortesía empresarial; estaba fascinado por la mujer que había plantado cara a la vieja guardia.
—Es usted muy amable, señor Dumont. En la fábrica Evans nos tomamos muy en serio la excelencia
Respondí, sosteniéndole la mirada con esa seguridad felina que ahora poseía.
Antes de que Christian pudiera articular otra de sus insinuaciones coquetas, el eco de unos pasos pesados interrumpió el momento. El padre de Gerson, el gran patriarca ausente de la familia, apareció en el pasillo acompañado por dos secretarios. Su rostro era una máscara indescifrable, pero sus ojos denotaban una astucia peligrosa. Miró el arreglo de Christian, luego a mí, y carraspeó con severidad.
—Dumont, agradezco su presencia, pero debo pedirle que nos retiremo
sentenció el hombre con voz de trueno
—Hellen, deja esas flores. Tu suegro ha convocado una junta de emergencia con los socios ahora mismo en la sala de consejo. Muévete.
Christian me dedicó una última mirada cargada de intriga antes de retirarse, intuyendo que el drama familiar estaba lejos de terminar. Yo caminé hacia la sala de juntas, sintiendo que el espíritu del rey en mi interior se ponía en guardia. El viejo Evans no hacía apariciones sorpresa sin una agenda oculta.
La mesa de la sala de consejo estaba llena. Los cinco directivos de la noche anterior, los mismos que me habían visto destruir sus argumentos con brillantez, me miraron entrar con un respeto casi religioso. Me senté en mi lugar, manteniendo la espalda recta y el mentón en alto.
El padre de Gerson se paró en la cabecera, apoyando las manos sobre la madera noble.
—Señores
comenzó el patriarca, paseando su mirada por los socios
—Tras los eventos de anoche, mi esposa se encuentra delicada de salud. Pero los negocios no se detienen. He revisado minuciosamente las proyecciones que la señora Hellen presentó ayer y el rescate del lote premium. Por lo tanto, he tomado una decisión ejecutiva para asegurar el futuro de la fábrica de chocolates Evans. Quiero proponer formalmente ante esta mesa que pongamos a Hellen como la nueva presidenta de la compañía.
El salón estalló en murmullos de aprobación. Los directivos, maravillados por mi sabiduría del día anterior, se pusieron alegres de inmediato.
—¡Es la mejor decisión que ha tomado en años, señor Evans!
exclamó el doctor Vance, aplaudiendo
— Esa mente estratégica es lo que esta empresa necesita para globalizarse.
—¡Totalmente de acuerdo! ¡Tiene nuestro voto unánime!
secundó el señor Burke, el mismo que en la otra reunión había intentado humillarme y que ahora me miraba como a una deidad corporativa.
Todos en la mesa sonreían, felicitando al patriarca por su "visión". Sin embargo, detrás de mi rostro imperturbable, mi mente analítica vibraba con desconfianza. Esto no es limpio, pensé, sintiendo una punzada de advertencia en la base de la nuca. El padre de Gerson jamás entregaría el trono de su imperio por mera generosidad, menos a la mujer que su esposa odiaba.
Esto era un plan con maña. Sentarme en esa silla significaba convertirme en el blanco directo de todos los enemigos de la familia, ponerme una corona de espinas antes de tiempo y, peor aún, desatar una guerra civil interna.
¿Y qué dirá Gerson?, la pregunta cruzó mi mente como un relámpago. Gerson, que se estaba desgastando en el hospital, despertando de una noche de obsesión y celos, regresaría para encontrar que su propio padre le había entregado su puesto a la esposa que apenas estaba empezando a conocer. Si aceptaba ahora, destruiría el hilo de devoción que había comenzado a tejer en él y lo convertiría en un animal acorralado por el orgullo. Un verdadero monarca sabe cuándo rechazar un regalo envenenado.
Me puse de pie, atrayendo el silencio absoluto de la sala. Miré a mi suegro directamente a los ojos, desmantelando su juego con mi tranquilidad.
—Agradezco profundamente la confianza del señor Evans y de cada uno de los socios aquí presentes
declaró mi voz, resonando con una autoridad que los hizo enderezarse
—La propuesta es un honor supremo. Sin embargo... tengo que pensarlo. Un cambio de esta magnitud requiere analizar cada variable y, por supuesto, discutirlo con mi esposo, el actual director. No tomaré una decisión a la ligera.
La sorpresa pintó el rostro de mi suegro; no esperaba que una mujer "insignificante" tuviera la audacia de frenar su jugada maestra. Los directivos murmuraron, aún más maravillados por mi prudencia y respeto a la cadena de mando.
Salí de la sala de juntas con el corazón latiendo con fuerza. Sabía que había evitado dar el paso en falso que mi suegro quería, pero también sabía que en cuanto Gerson se enterara de que su cabeza estuvo a punto de ser cortada en la junta, la tensión entre nosotros estallaría en un fuego incontrolable. La corona estaba suspendida sobre mi cabeza, y el juego se volvía cada vez más letal.