Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 18: Cambios inesperados
Gastón
El silbato marcó el final de la práctica, y sentí cómo el cansancio me pesaba en los brazos y en las piernas. Había sido un entrenamiento intenso, como siempre, pero esa vez mi cabeza estaba en otro lado.
Mientras me duchaba en los vestuarios, pensé en todo lo que había cambiado en tan poco tiempo. Hace apenas unas semanas, cuando me dijeron que Keily iba a mudarse conmigo, lo único que sentí fue fastidio. Una nerd en mi departamento, pensé entonces. Una tortura. Imaginaba discusiones, incomodidad, silencios eternos.
Y sí, al principio fue horrible. Ella me miraba como si fuera su peor enemigo, y yo no hacía demasiado para mejorar esa impresión. Me molestaba su forma de quedarse callada, de caminar con cuidado como si no quisiera molestar, de encerrarse en su habitación para evitarme.
Pero poco a poco… las cosas empezaron a ser diferentes.
Ahora me resultaba normal verla en la cocina cada mañana, con el cabello aún desordenado por el sueño. Normal escuchar el sonido de su taza contra la mesa, o el murmullo de su “buenos días”. Ya no me incomodaba. Al contrario, lo extrañaba si por algún motivo no coincidíamos.
Convivir con ella estaba resultando ser mucho más bueno de lo que jamás hubiera imaginado.
Saqué el teléfono de mi bolso y le escribí un mensaje mientras me acomodaba la mochila al hombro:
“¿Ya estás en la universidad? Acabo de salir de entrenar.”
No tardó en llegar la respuesta.
“Sí, estoy aquí.”
Una sonrisa se me escapó sin que pudiera evitarlo. Guardé el teléfono y caminé hacia el patio central.
El campus estaba lleno de estudiantes, algunos apurados, otros charlando en grupos. La vi sentada en una de las bancas, con un libro abierto sobre las piernas. El sol de la tarde iluminaba su rostro, y por un momento me quedé quieto, observándola desde lejos.
Era curioso: antes, la hubiera pasado de largo sin detenerme, convencido de que no teníamos nada en común. Pero ahora… ahora era diferente. Ella era parte de mis días, de mis rutinas, de mis pensamientos.
Me acerqué despacio, con esa extraña mezcla de calma y nerviosismo que solo ella conseguía provocarme.
—¿Esperaste mucho? —pregunté al llegar.
Levantó la vista de su libro y negó con la cabeza, esbozando una sonrisa tranquila.
—No, apenas llegué.
Me senté a su lado, dejando la mochila en el suelo. Y mientras ella volvía a mirar sus apuntes, yo me descubrí pensando, una vez más, en lo irónico que resultaba todo.
La situación que al inicio parecía una condena, ahora se estaba convirtiendo en algo que… me gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Keily era mucho más de lo que alguna vez imaginé. Su manera de ser, su sonrisa y hasta la ironía en sus palabras me atraían de una forma que no podía ignorar. Todo en ella me gustaba, aunque todavía no me sentía preparado para admitirlo en voz alta.
Sí, estábamos comprometidos, aunque no de la manera tradicional. Sin embargo, seguía siendo mi prometida y la mujer con la que compartiría mi vida durante un largo tiempo. Y, casi sin darme cuenta, también se estaba convirtiendo en la mujer que más me había gustado en toda mi vida.