Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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La primera amiga de verdad Cap 13
Después de lo de Valentina, juré que no necesitaba amigos en la universidad. Los amigos eran un lujo que no podía permitirme. Los amigos se toman café en el campus, se prestan apuntes, se juntan a estudiar en casas con computadoras nuevas y heladera llena. Los amigos, pensaba, no eran para mí.
Pero Lucía llegó sin pedir permiso.
Era una chica de segundo año, delgada, con el pelo siempre recogido en un moño desprolijo. La conocí en la biblioteca, un jueves a la tarde. Yo estaba en un rincón, con mi cuaderno espiral y mi lapicera azul, tratando de entender a Roland Barthes. Ella se sentó enfrente, sacó una computadora enorme, gastada, con stickers de bandas que no conocía, y me sonrió.
—¿Tu eres de teoría literaria, verdad? Te vi en la clase de Ricardo.
—Sí —respondí, cortante.
—Yo también. Pero recursé el año pasado. Barthes me mató.
Me reí sin querer. Ella también.
—¿Te puedo prestar unos apuntes? —ofreció—. Los míos están en castellano, no en idioma académico imposible.
Acepté. Esos apuntes eran un caos: dibujos en los márgenes, frases tachadas, chistes malos. Pero entendí a Barthes por primera vez. Esa noche, cuando volví a mi casa, le mandé un mensaje de texto: "Gracias. Me salvaste."
Ella respondió: "¿Tomamos un café mañana? En el kiosco de la esquina, no es caro."
Fui. Era la primera vez que alguien me invitaba a algo fuera de clase. El kiosco era una mesa de plástico bajo un árbol. El café era instantáneo y costaba doscientos pesos. Pagué con las monedas de las tortas.
Lucía no tenía una mochila cara. No tenía computadora última generación. Su teléfono era más viejo que el mío. Su madre vendía cosas en la feria. Su padre había fallecido.
—Somos como primas —dijo, riéndose—. Dos pobres estudiando letras.
Me dolió un poco que dijera "pobres". Pero era verdad. Y por primera vez, no me sentí sola.
Lucía se convirtió en mi compañera de estudios. Nos sentábamos juntas en clase. Me prestaba sus libros cuando los míos eran fotocopias ilegibles. Una vez, cuando mi computadora se apagó justo antes de entregar un trabajo, ella me dejó usar la suya. No me preguntó por qué la mía no funcionaba. No me miró con lástima. Solo dijo: "Usala, yo espero".
Aprendí que la amistad no era un lujo. Era un salvavidas.
Una tarde, mientras caminábamos a la parada del colectivo, Lucía me confesó algo.
—Yo también quería rendirme el año pasado. Después de recursar, pensé que no daba más. Pero mi mamá me dijo algo que me quedó: "El mundo no está hecho para los nuestros, pero nosotros podemos hacer un mundo aparte".
—Tu mamá es sabia —dije.
—Es vendedora ambulante. Como la tuya. Las sabias son ellas.
Ese día entendí que no estaba sola. Había otras como yo. Otras que caminaban bajo el sol con teléfonos que se apagaban. Otras que vendían cosas para pagar el pasaje. Otras que estudiaban con computadoras ruidosas y pantallas parpadeantes. Estábamos escondidas, pero estábamos.
Con Lucía aprendí a reírme de las Valentinas. A hacer chistes sobre nuestras mochilas rotas. A celebrar los pequeños triunfos: una nota alta, una torta vendida, una computadora que prendía a la primera.
—¿Viste? —me dijo una vez, mientras comíamos un pan duro en el pasto del campus—. No necesitamos nada de lo que ellos tienen. Nosotras tenemos esto.
Señaló el sol. El mismo sol que me había quemado la espalda tantas veces.
—¿El sol? —pregunté, extrañada.
—Sí. El sol es gratis. Y los sueños también.
Esa noche le conté a mi madre sobre Lucía. Sobre cómo nos habíamos conocido, sobre el café en el kiosco, sobre las charlas en la biblioteca.
—Me alegra, hija. Necesitabas una amiga.
—Creo que sí.
—¿Es buena persona?
—Es como nosotras, mamá.
Mi madre asintió. No preguntó más.
Al día siguiente, llevé a Lucía una porción de torta de vainilla. La envolví con papel film, bien prolija, como si fuera para vender. Se la di en el recreo.
—¿Qué es esto?
—Un regalo. Mi mamá la hizo.
Lucía la probó y cerró los ojos.
—Es la mejor torta que comí en mi vida.
—Es la receta de mi abuela.
—Tu abuela también es sabia.
Me reí. Y supe que, pase lo que pase, ya no iba a estar sola.