In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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ecos de una ausencia
El corazón me latía con una violencia inusitada mientras el auto se aproximaba. Mis dedos se clavaron en las asas de las maletas, preparándome para un enfrentamiento que no me sentía capaz de sostener. Sin embargo, al bajar el vidrio, el aire salió de mis pulmones en un suspiro de sorpresa y, extrañamente, de alivio.
No era Seo-Jun quien estaba al volante. Era Kuron-Kei, un compañero de trabajo de Seo-Jun y alguien a quien yo consideraba un buen amigo.
—¡In-Oh! —saludó él con una sonrisa amable, aunque su expresión delataba un cansancio evidente—. Qué bueno que te encontré. Tus amigas de la oficina me comentaron la hora de tu llegada, así que me ofrecí para venir por ti.
—¿Kuron-Kei? —balbuceé, dejando que la tensión en mis hombros bajara un poco—. Me tomó por sorpresa ver este auto.
—Seo-Jun me lo prestó —explicó mientras me ayudaba a cargar el equipaje en el maletero—. Tenía algunos asuntos pendientes y no pudo venir, pero insistió en que alguien debía asegurarse de que llegaras a casa segura.
Me subí al asiento del copiloto. Una parte de mí, egoísta y dolida, se sintió profundamente decepcionada al notar que Seo-Jun no estaba ahí; quería confrontarlo, quería gritarle y exigirle respuestas. Pero, al mismo tiempo, una inmensa gratitud hacia Kuron-Kei me invadió. Él no tenía por qué estar allí a estas horas de la noche.
Durante el trayecto, las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas. El silencio se volvió inevitable hasta que me atreví a preguntar.
—¿Cómo está él? —mi voz sonó más frágil de lo que pretendía—. ¿Cómo estuvo su viaje?
Kuron-Kei apretó el volante, frunciendo el ceño.
—Llegó muy raro de las vacaciones, In-Oh. Ha estado cabizbajo, casi no habla y se encierra en su oficina. Pensé que, siendo tú su mejor amiga, quizás sabrías qué es lo que le pasa.
Me quedé en silencio, apretando mis manos sobre mi regazo. Me di cuenta entonces de que Seo-Jun no le había contado absolutamente nada a nadie sobre nuestra pelea. Ni una palabra. Guardaba su dolor bajo una armadura de indiferencia que, de alguna manera, me hacía sentir aún más culpable.
Al llegar frente a mi edificio, el motor se apagó. Respiré el aire nocturno, preparándome para volver a mi solitaria rutina. Pero antes de que pudiera abrir la puerta para bajar, Kuron-Kei me llamó.
—Espera, In-Oh —dijo, estirándose hacia el asiento trasero—. Seo-Jun me pidió que te entregara esto. Sus palabras exactas fueron: "Dáselo, no preguntes por qué".
Me tendió un paquete envuelto con cuidado. Kuron-Kei se despidió con un gesto amable, dejándome sola frente a mi portal. Con las manos temblorosas, abrí el envoltorio. Dentro había un jugo de mi marca favorita y un pote con los rollos rellenos de vegetales al vapor que siempre pedíamos juntos.
El impacto fue como un golpe físico. Ese gesto —esa forma de decirme que me conocía mejor que nadie, que todavía sabía qué necesitaba para reconfortarme— me dolió en lo más profundo, pero a la vez, inundó mi corazón con una calidez que me costaba admitir. Era su manera de pedir perdón sin pronunciar una sola palabra.
Subí a mi apartamento, sintiéndome dividida. Antes de hacer nada, llamé a Min-Woo.
In-Oh: Ya llegué a casa, Min-Woo. Fue un viaje largo.
Min-Woo: Gracias por avisar. Me tenías preocupado. ¿Cómo estás?
In-Oh: Estoy bien... solo agotada. Mañana te cuento más.
Hablamos por un rato, su voz al otro lado del teléfono siendo el ancla que me impedía naufragar en la confusión. Después de colgar, me metí en la ducha, dejando que el agua caliente intentara arrastrar el cansancio y las dudas. Me acosté sintiéndome drenada, cerrando los ojos con la esperanza de un sueño reparador. Pero, mientras el silencio del apartamento me envolvía, una inquietud extraña comenzó a crecer en mi pecho. Algo en el ambiente se sentía pesado, como si esa noche, a pesar de mis esfuerzos, estuviera lejos de ser tranquila.