Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
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CAPÍTULO 10 - El costo de los sueños
Hay momentos que cambian una vida.
No porque sean espectaculares.
No porque ocurra algo increíble.
Sino porque obligan a una persona a elegir.
Y toda elección tiene un precio.
La semana comenzó mal.
Muy mal.
El refrigerador se averió.
La reparación costaba más de lo que Axel esperaba.
Su madre intentó restarle importancia.
Como siempre.
—Ya veremos cómo resolverlo.
Pero Axel ya conocía esa frase.
Significaba:
"No tenemos dinero suficiente."
Aquella noche observó la caja donde guardaba sus ahorros.
Quinientos pesos.
Luego seiscientos.
Luego setecientos.
Había tardado semanas en reunirlos.
No era mucho.
Pero para él significaban algo importante.
Representaban progreso.
Representaban disciplina.
Representaban esperanza.
Y ahora tal vez tendría que gastarlos.
Se quedó mirando la caja durante varios minutos.
Hasta que finalmente la cerró.
No tomó el dinero.
Todavía.
Al día siguiente recibió otra mala noticia.
El curso que había estado investigando tenía fecha límite de inscripción.
Y el costo era mayor de lo que imaginaba.
Mucho mayor.
Cuando vio la cantidad sintió que el estómago se le hundía.
—Imposible...
Se dejó caer sobre la silla.
No tenía suficiente.
Ni siquiera cerca.
Durante varios minutos permaneció inmóvil.
Mirando la pantalla.
Pensando.
Calculando.
Volviendo a calcular.
La respuesta siempre era la misma.
No alcanzaba.
Y aquello dolía.
Porque por primera vez tenía una dirección.
Por primera vez quería avanzar.
Y justamente cuando empezaba a moverse aparecía un obstáculo nuevo.
Esa tarde fue al parque con la cabeza llena de preocupaciones.
Sofía lo notó apenas lo vio.
—Problemas.
—Muchos.
—Cuéntame.
Axel explicó todo.
El refrigerador.
El dinero.
El curso.
Las cuentas.
La frustración.
Cuando terminó, Sofía permaneció pensativa.
—¿Quieres saber algo?
—¿Qué?
—Nunca escuché una historia de éxito que empezara con: "Todo fue fácil."
—No ayudas.
—Todavía no terminé.
Axel cruzó los brazos.
Ella continuó.
—Los obstáculos no significan que vas por el camino equivocado.
—A veces sí.
—A veces sí.
Pero otras veces significan que realmente estás avanzando.
—Eso suena como una frase de libro.
—Porque probablemente lo sea.
Axel soltó una risa.
—Lo sabía.
—Pero sigue siendo verdad.
Ambos caminaron unos minutos en silencio.
Finalmente Sofía habló otra vez.
—¿Cuál es el verdadero problema?
—¿Cómo que cuál?
—Sí.
Porque no creo que sea el dinero.
Axel la miró.
—¿Entonces?
—Creo que tienes miedo de quedarte donde estás.
La respuesta lo golpeó de inmediato.
Porque era exactamente eso.
No era solo el curso.
No era solo el dinero.
Era el miedo.
El miedo a intentarlo y fracasar.
El miedo a descubrir que incluso esforzándose no sería suficiente.
El miedo a que todo aquel cambio terminara en nada.
Aquella noche no pudo dormir.
Dio vueltas en la cama.
Miró el techo.
Miró la ventana.
Miró el reloj.
Las horas pasaban lentamente.
Hasta que finalmente se levantó.
Abrió la libreta.
Y escribió una pregunta.
¿Qué pasará si fracaso?
Se quedó observándola.
Luego comenzó a responder.
"Perderé dinero."
"Perderé tiempo."
"Me sentiré mal."
"Tendré que volver a empezar."
Se detuvo.
Leyó todo.
Y de repente se dio cuenta de algo.
Ninguna respuesta era el fin del mundo.
Ninguna.
Dolorosas.
Sí.
Incómodas.
Sí.
Pero sobrevivibles.
Entonces escribió otra pregunta.
¿Qué pasará si no lo intento?
La respuesta llegó inmediatamente.
"Nada cambiará."
Y esa posibilidad le dio más miedo que el fracaso.
Mucho más miedo.
Dos días después llegó su salario.
No era una gran cantidad.
Ni cerca.
Pero mientras sostenía el sobre sintió algo diferente.
Antes el dinero desaparecía.
Ahora tenía una misión.
Una dirección.
Un propósito.
Cuando llegó a casa abrió la caja de ahorros.
Contó todo.
Luego añadió el nuevo dinero.
Mil ciento cuarenta pesos.
Observó la cifra.
Y sonrió.
Todavía estaba lejos.
Pero ya no estaba en cero.
Y eso importaba.
Porque el antiguo Axel siempre pensaba en lo que faltaba.
El nuevo Axel empezaba a valorar lo que ya había conseguido.
Aquella tarde regresó al parque.
Sofía estaba leyendo.
Como siempre.
—Tengo noticias.
Ella cerró el libro.
—¿Buenas o malas?
—No lo sé.
—Eso suena interesante.
Axel tomó asiento.
—Decidí que voy a intentarlo.
—¿El curso?
—Sí.
—Aunque sea difícil.
—Sí.
—Aunque puedas fracasar.
—Sí.
—Aunque tengas miedo.
—Mucho miedo.
Sofía sonrió.
Una sonrisa genuina.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Por qué todos tus consejos terminan con "bien"?
—Porque la mayoría de las personas pasan la vida esperando sentirse listas.
—¿Y?
—Nunca ocurre.
Axel se quedó callado.
Porque tenía razón.
Otra vez.
Nadie despertaba un día completamente preparado.
Nadie eliminaba todas sus dudas.
Nadie vencía todos sus miedos antes de actuar.
La mayoría avanzaba con miedo.
Y aprendía mientras caminaba.
Cuando regresó a casa esa noche, encontró a su madre dormida en el sofá.
El cansancio era evidente.
Las manos marcadas por años de trabajo.
Las ojeras.
La respiración pesada.
Axel tomó una manta y la cubrió cuidadosamente.
Luego permaneció observándola unos segundos.
Recordó aquella madrugada.
Las lágrimas.
Las facturas.
La impotencia.
Y comprendió algo.
Todo aquello ya no era solo por él.
Ya no se trataba únicamente de mejorar su propia vida.
También se trataba de ella.
De darle un descanso algún día.
De devolver una parte de todo lo que había recibido.
De demostrar que sus sacrificios habían valido la pena.
Miró la libreta una vez más antes de dormir.
Y escribió una nueva frase.
No era una meta.
No era un plan.
No era una estrategia.
Era una promesa.
"Voy a encontrar la manera."
Y por primera vez desde que comenzó este camino...
Lo creyó de verdad.
Fin del Capítulo 10