Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 17
La decisión de ocultar la amenaza se convirtió en una losa invisible que Alexia cargaba sobre sus hombros con una mezcla de terror y una temeraria desesperación por aferrarse al presente. Sabía que cada segundo junto a Milton era un préstamo de tiempo arrebatado al destino, una tregua frágil antes de que la tormenta familiar estallara sobre ellos. En lugar de ceder al pánico, su corazón endureció una resolución silenciosa: amaría a Milton con cada fibra de su ser, sin reservas ni cálculos, incluso si el precio de esa devoción era la ruina de su propia existencia.
La semana de los exámenes finales culminó con una tensión asfixiante que amenazaba con quebrarla. Para celebrar el fin de las pruebas y la aparente tregua en los pasillos de la escuela, Milton la sorprendió al atardecer con una invitación inesperada.
—Necesitamos respirar, Alexia. Lejos de los libros, lejos de las miradas y lejos de cualquier sombra —le había dicho con esa voz grave y persuasiva que derrumbaba todas sus defensas, mientras la conducía hacia un pequeño bar nocturno de luces tenues y música de jazz difusa.
El local estaba bañado en una penumbra cálida, con paredes de ladrillo visto y mesas de caoba donde las copas tintineaban al compás de risas ajenas. Siendo jóvenes y sintiéndose de pronto dueños de una libertad efímera, el alcohol comenzó a circular en la mesa más de la cuenta. Alexia, desacostumbrada por completo al sabor fuerte del licor y con las defensas físicas diezmadas por el insomnio y la angustia acumulada, sintió que el mundo perdía su contorno habitual con apenas un par de tragos. El calor se le instaló de golpe en las mejillas, el pulso se le aceleró y una risa nerviosa, ligera y ajena a su control habitual, brotó de sus labios.
Milton, aunque también había bebido, mantuvo una lucidez férrea, impulsado por su instinto protector. Al notar cómo la cabeza de Alexia comenzaba a gravitar pesadamente hacia su hombro y cómo sus ojos verdes parpadeaban con torpeza, pagó la cuenta de inmediato. La levantó con sumo cuidado, rodeándola por la cintura para sostenerla mientras el cuerpo de ella se desvanecía en una dulzura lánguida. Con un gesto firme, paró un taxi bajo la lluvia fina que había empezado a repiquetear en el asfalto. Durante el trayecto, Alexia se refugió en el hueco de su cuello, murmurando frases inconexas de afecto mientras las manos grandes de Milton acariciaban su cabello ondulado con una devoción infinita, protegiéndola del bullicio y del frío de la ciudad.
Al llegar al modesto edificio de apartamentos donde vivía Alexia, la atmósfera cambió de cariz. La madre de Alexia se encontraba en su turno nocturno de guardia en el área de urgencias del hospital general, lo que dejaba el departamento sumido en un silencio absoluto, apenas roto por el goteo lejano de una llave de agua. Milton la cargó en brazos desde la entrada, sosteniéndola con una facilidad pasmosa debido a su imponente estatura, y la depositó con extrema delicadeza sobre el colchón de su pequeña y humilde habitación.
Alexia abrió los ojos lentamente, con la mirada empañada por el alcohol y una abrumadora marea de emociones a flor de piel. La vulnerabilidad del momento, el contraste entre la brutalidad del mundo exterior y la seguridad de los brazos de Milton, desató una necesidad desesperada de unidad.
—No te vayas, Milton... por favor, quédate conmigo esta noche —suplicó ella en un susurro apenas audible, mientras estiraba los dedos para aferrarse a la solapa de su chamarra—. No quiero estar sola.
Milton la miró fijamente, con la respiración suspendida y los ojos negros ardiendo de una pasión contenida y un respeto reverente. Se quitó la chaqueta y los zapatos, y se deslizó bajo las sábanas junto a ella. Lo que siguió fue una noche de intimidad profundamente tierna e inexperta, donde las dudas y los temores se disolvieron en susurros temblorosos y caricias torpes pero cargadas de una verdad absoluta. Sellaron su unión en cuerpo y alma, un pacto silencioso de entrega total que ignoraba las leyes de los hombres y los abismos de sus diferencias sociales.
Al despertar el sol con una luz pálida y fría que se filtraba por las rendijas de la ventana, ambos se hallaban abrazados bajo las sábanas, sintiéndose por unas horas las personas más afortunadas y completas sobre la faz de la tierra. Pero la realidad exterior no tardó en reclamar su tributo.
Milton besó la frente de Alexia con infinita ternura, prometiéndole volver antes del mediodía, y cruzó las calles de la ciudad de regreso a la mansión familiar, decidido a poner fin a la hipocresía de una vez por todas. Al traspasar los pesados portones de hierro forjado, el aire de la propiedad se sintió inmediatamente opresivo, cargado de un frío aristocrático que presagiaba la catástrofe.
En el enorme salón de recibidor, flanqueados por la chimenea apagada y retratos de antepasados severos, lo esperaban sus padres. Sus rostros eran máscaras de desprecio gélido.
—¿Dónde diablos has pasado la noche, Milton? —espetó su padre con voz seca, un trueno sordo que resonó en el mármol—. ¿Vagando con esa cualquiera? ¿Perdiendo la dignidad de nuestro apellido por un capricho de arrabal?
Milton se plantó frente a ellos con una rectitud implacable, erguido en su metro noventa de rebeldía y convicción. Su mirada negra no titubeó ni un instante ante la furia contenida de sus progenitores.
—No voy a permitir que hablen así de ella —respondió Milton con voz firme y retadora—. Y ya basta de juegos y expectativas absurdas. Amo a Alexia Mendoza con toda mi vida. No me importa el dinero, ni el apellido, ni sus malditos títulos nobiliarios. Voy a pasar el resto de mi vida con ella, les guste o no. Mi futuro lo decido yo.
El silencio que siguió al estallido de Milton fue el preludio de un horror calculado. Sus padres no gritaron; la furia de la élite no recurría al escándalo vulgar, sino a la tortura metódica. Ante la insubordinación inaceptable y el deshonor intolerable que representaba su negativa, desataron una crueldad despiadada. Lo sometieron con la ayuda de los guardias de seguridad de la mansión, despojándolo de su orgullo y de sus ropas en la fría y oscura estancia de servicio del piso inferior. Allí, bajo la mirada impasible y helada de su propio padre, le propinaron treinta latigazos en la espalda con una fusta de cuero endurecido, un castigo bárbaro destinado a doblegar su voluntad a golpe de dolor físico. Cada impacto desgarraba su piel, pero Milton apretaba los dientes con fiereza, negándose a emitir un solo grito de clemencia que pudiera satisfacer a sus verdugos.
Con la espalda convertida en un mapa de carne viva y sangre coagulada, fue arrastrado hasta el sótano de la mansión. Lo encerraron en una celda de aislamiento subterránea, húmeda y desprovista de luz natural, con apenas un poco de agua estancada y un mendrugo de pan al día, sumido en una oscuridad impenetrable donde el tiempo perdió todo significado.