Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Confrontación bajo la lluvia
El descenso en el ascensor privado hasta el tercer subsuelo de la torre fue un ejercicio de contención al borde del colapso.
Encerrados en la caja de acero y espejos, ninguno de los dos pronunció una sola palabra. El zumbido constante de los cables de tracción y el indicador digital marcando los pisos en descenso eran el único sonido en aquel espacio asfixiante. A través del reflejo, Martina observaba la postura rígida de Dereck: los puños apretados a los costados, la mandíbula tensa hasta el límite y una mirada gris que parecía perforar el cristal. Por su parte, la sangre de Martina hervía a una temperatura peligrosa. Sabía que su custodio había cruzado una línea; no sabía con certeza cuánto había descubierto, pero la mención a su lealtad en el despacho era una acusación que no pensaba dejar impune.
Las puertas de aluminio se abrieron con un siseo neumático sobre la penumbra del estacionamiento subterráneo.
El aire en el nivel -3 olía a hormigón húmedo, gasolina quemada y al viento gélido que se filtraba a través de las rejillas de ventilación que conectaban con la rampa de salida. La lluvia exterior arreciaba con tanta fuerza en la superficie que el agua comenzaba a descender en pequeños arroyos por el asfalto inclinado, reflejando las luces parpadeantes de los fluorescentes del techo.
El estacionamiento estaba completamente desierto.
Martina caminó a paso vivo hacia el Audi A8 blindado, pero al llegar a la aleta trasera, el chasquido del cierre centralizado no se escuchó. Se giró sobre sus talones con brusquedad.
Dereck no había sacado las llaves. Se había detenido a dos metros de ella, en medio de la calle de rodaje, recortado contra las columnas de hormigón como una mole impenetrable.
—Abre el auto, Dereck —ordenó ella, con una calma gélida que vibraba con una advertencia letal.
—No hasta que me respondas una pregunta, signorina Moretti —la voz del hombre fue un trueno bajo que retumbó en la bóveda subterránea. Dio dos zancadas lentas hacia ella, acortando el espacio hasta invadir su radio de acción—. ¿Quién es Liam?
El nombre cayó entre los dos como una detonación controlada.
Una sacudida eléctrica recorrió la columna de Martina. Por una fracción de segundo, sus pupilas se dilataron al comprender la dimensión de la invasión: no había sido una deducción inteligente; el bastardo había interceptado su llamada. Había escuchado su conversación más íntima, la herida que ella misma se había encargado de cauterizar con fuego antes de volver a Europa.
El estupor se transformó de inmediato en una llamarada de furia incandescente.
—Pinchaste mi frecuencia satelital —susurró Martina, y el veneno en su voz cortó el aire húmedo—. Te atreviste a intervenir mis comunicaciones privadas en mi propio despacho.
—Intervine una línea no registrada que emitía datos encriptados hacia los Estados Unidos —escupió Dereck, plantándose a escasos centímetros de ella, con los ojos inyectados en una ira posesiva y descontrolada—. Mi trabajo es proteger los intereses de Don Lorenzo. Y resulta que la hija prodigio, la que da lecciones de moral financiera en las juntas directivas, recibe llamadas de un futuro agente del FBI que le ofrece refugio en América.
Dereck bajó el torso, inclinándose hacia el rostro de ella con una ferocidad que buscaba intimidarla.
—Dime una cosa, Moretti: ¿cuánto te costó comprar su silencio en Cambridge? ¿O el precio de tu seguridad se pagó en su cama antes de que te subieras al avión?
El insulto fue la chispa que detonó el polvorín.
Martina no vaciló. Con una velocidad cegadora nacida de miles de horas en los tatamis, su mano derecha se disparó en una bofetada con la palma abierta dirigida a la mandíbula de él para desorientarlo, encadenando de inmediato un golpe recto con la izquierda hacia su plexo solar.
Dereck, curtido en años de combate real, leyó la trayectoria en el último instante. Alzó el antebrazo para desviar la bofetada con un choque de piel que resonó como un látigo, pero la izquierda de Martina entró limpia contra sus costillas, sacándole el aire de los pulmones con la contundencia de un martillo de acero.
Un gruñido sordo se le escapó de la garganta.
—¡Insolente! —rugió Dereck.
Avanzó con todo su peso para neutralizarla, buscando atraparla por los hombros para proyectarla contra el capó del vehículo, pero Martina no se dejó atrapar. Pivoteó sobre el pie derecho, esquivó la embestida como una sombra y lanzó una patada baja al hueco poplíteo de la rodilla de Dereck para desestabilizar su base.
El impacto obligó al gigante a flexionar una pierna sobre el asfalto mojado, pero su envergadura era descomunal. Antes de que ella pudiera encadenar un codazo ascendente, Dereck estiró el brazo, le aferró la solapa de la chaqueta de lana y tiró de ella hacia su cuerpo con una fuerza devastadora.
El choque de sus torsos fue brutal.
Martina resbaló ligeramente por el agua que entraba desde la rampa, y en un segundo de forcejeo caótico, Dereck giró sobre el suelo, barrió los tobillos de ella con su pierna y la empujó contra la columna de hormigón más cercana.
Plaf.
La espalda de Martina golpeó contra la piedra fría. El impacto le arrancó una bocanada de aire, pero antes de que pudiera levantar la rodilla para estrellársela en la entrepierna, Dereck bloqueó su cadera con el peso de su propio muslo, atrapó ambas muñecas de Martina con una sola mano de hierro y las inmovilizó por encima de la cabeza de ella, clavándolas contra el hormigón.
Con el brazo libre, Dereck le sujetó la mandíbula con una presión firme pero controlada, obligándola a mirarlo de frente.
Ambos estaban empapados por la bruma de aguanieve que el viento arrastraba hacia el sótano. Sus pechos subían y bajaban con una violencia desbocada, chocando el uno contra el otro a cada respiración entrecortada.
—Suéltame, maldito animal —siseó Martina entre dientes, arqueando la espalda para buscar una palanca que le permitiera liberarse, pero la ventaja física de él, unida a la precisión con la que anulaba sus puntos de apoyo, la mantenía atrapada sin escapatoria.
—No hasta que me mires a los ojos y me digas la verdad —respondió Dereck con una voz rota, jadeante y ronca, con las pupilas encendidas en un fuego oscuro que jamás había mostrado—. ¿Para quién trabajas, Martina? ¿Vendiste a tu familia para salvar tu pellejo con los federales?
Martina clavó sus ojos oscuros en los de él. No había miedo en su mirada; había un orgullo salvaje, indestructible, que se burlaba de la fuerza bruta que la sometía.
—Eres un imbécil ciego, Dereck —soltó ella con desprecio, escupiendo cada palabra a escasos milímetros de sus labios—. Pasé tres años estudiando dieciocho horas al día para no depender de hombres como mi padre... ni de idiotas arrogantes como tú. Cuando Liam me dijo lo que pensaba hacer con su vida, le corté la garganta a esa historia en el acto. No me acosté con él, no le pedí favores y no volví a mirarlo a la cara. ¿Sabes por qué?
Martina tironeó de sus muñecas atrapadas, clavando sus uñas en la carne de Dereck a través del guante, acercando su rostro hasta que sus frentes casi se tocaron.
—Porque soy una Moretti. Porque esta sangre pesa más que cualquier fantasía romántica de mierda. Y preferí enterrar mi corazón en Boston antes que traer una sola sombra de traición a esta familia.
Las palabras de Martina cayeron sobre Dereck con la fuerza de un rayo en mitad de la noche.
La miró fijamente en la penumbra del estacionamiento. Tenía la piel pálida perlada de sudor y gotas de lluvia; los mechones oscuros se le pegaban a las mejillas encendidas y sus labios carnosos temblaban ligeramente por la furia y el esfuerzo. No había engaño en su mirada. No había la frialdad de un topo gubernamental ni la ligereza de una libertina que cambia de lealtades según el viento.
Había una devoción brutal a su apellido. Una pureza de hierro que la había llevado a arrancarse a sí misma cualquier atisbo de debilidad para estar a la altura de una guerra que ella no había elegido.
Y en ese instante exacto, la última justificación de Dereck se deshizo en cenizas.
No era una traidora. No era una consentida. Era el ser más fascinante, indomable y letal que había pisado su mundo.
El silencio entre los dos se volvió insoportable. La tensión física de la pelea mutó en una corriente eléctrica, densa y sofocante, que les quemó la piel a través de las telas empapadas.
Dereck aflojó imperceptiblemente la presión sobre las muñecas de ella, pero no la soltó. Su mano libre, que aún sostenía la mandíbula de Martina, deslizó el pulgar despacio por el pómulo de ella hasta rozar la comisura de sus labios entreabiertos. Sus ojos grises bajaron hacia esa boca que lo desafiaba a morir, y un hambre primitiva, antigua y desesperada se apoderó de su cuerpo.
Martina sintió el cambio en el aire antes de que él se moviera.
El calor que emanaba del pecho de Dereck contra el suyo ya no era el de un adversario en la lona; era el peso abrasador de un hombre consumido por el deseo. Por un segundo aterrador, sintió que el control que tanto le había costado forjar durante seis años se resquebrajaba bajo la mirada devoradora de su custodio. El corazón le martilleaba la garganta y una corriente líquida le encendió el bajo vientre, dejándola sin aire.
Dereck inclinó la cabeza despacio, reduciendo los últimos centímetros que los separaban, hasta que su aliento cálido rozó los labios de Martina.
Estuvieron a un milímetro de cruzar el abismo.
Un parpadeo en las luces fluorescentes del techo y el eco metálico de un portón cerrándose en el nivel superior quebraron el trance como un disparo al aire.
Martina reaccionó: aprovechó el descuido de Dereck, tiró de sus brazos con un giro seco hacia el interior de las muñecas de él para zafarse del agarre y le propinó un empujón en el pecho con ambas palmas que lo obligó a retroceder dos pasos sobre el asfalto mojado.
Se acomodó la chaqueta del traje con manos temblorosas que se apresuró a ocultar en los bolsillos, respirando hondo para enfriar el fuego que le quemaba las mejillas.
—Vuelve a ponerte una mano encima —dijo ella, con una voz que intentó sonar de hielo aunque el filo se le quebraba en los bordes— y te juro por Dios que la próxima bala que escuches no vendrá de los Balcanes.
Dereck permaneció de pie bajo la lluvia que goteaba desde las vigas, con los brazos caídos a los costados y el pecho agitado. Clavó sus ojos en ella, con una media sonrisa oscura, desarmada y peligrosa curvando sus labios.
—Tira las balas que quieras, Moretti —susurró él, con una lentitud que le heló la sangre a Martina—. Pero ya los dos sabemos que ninguna va a ser suficiente para mantenernos lejos.
Sacó las llaves del bolsillo, desbloqueó el Audi con un pitido seco y abrió la puerta trasera sin apartar la mirada de ella.
Martina apretó los dientes, tragándose el torbellino que amenazaba con despedazarla por dentro, y subió al vehículo con la cabeza en alto, sabiendo que la verdadera batalla contra el hombre que cuidaba su espalda apenas acababa de comenzar.