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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:252
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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Los nuevos caballeros del reino

Las semanas transcurrieron entre el bullicio de la montaña y la calidez de la posada de la matriarca. Mi relación con Ania se había afianzado de una forma mucho más profunda e inquebrantable; el haber compartido aquella noche de Luna Roja y habernos convertido en hombre y mujer nos unió no solo en lo físico, sino también en lo espiritual y en lo emocional. Yo velaba por su bienestar con una devoción sincera y ella cuidaba de mí con un orgullo salvaje e incondicional.

Armia, por su parte, continuaba siendo la misma elfa arrogante e insoportable de siempre. Aprovechando el inmenso respeto que los enanos le profesaban tras la purificación del santuario, no dudaba en exigir lujos, frutas exóticas y tratos preferenciales cada vez que pisaba el mercado central.

Una mañana, tras preparar nuestro equipo y ajustar las cinchas de viaje, nos dirigimos a la ciudadela real para presentar nuestros respetos y despedirnos oficialmente del monarca.

—¡Oh! ¿De verdad es estrictamente necesario que partan tan pronto, jóvenes héroes? —lamentó el Rey Gurkas IV, levantándose de su trono de piedra tallada y extendiendo los brazos con pesar.

—Así es, Su Gran Majestad —respondí, realizando una reverencia formal con la mano sobre el pomo de la Espada de las Cinco Voluntades—. Hemos abusado demasiado de su inmensa generosidad y de la calidez de su pueblo. Nuestro contrato aquí ha concluido y debemos continuar nuestro camino.

—Es una verdadera tragedia, muchacho... aunque para mí no ha sido molestia alguna —aseguró el rey con voz emotiva—. Al contrario, les estaré eternamente agradecido. Gracias a su valor, finalmente pude colocar las estatuas conmemorativas de mi padre, de mi abuelo y la mía en el Valle del Dios Enano. Ahora vuelve a ser un lugar sagrado donde mi gente puede orar en paz al Gran Creador. Mi pueblo y mis descendientes estamos en deuda con ustedes... ¿Qué me dices tú, mujer bestia? ¿Y tú, refinada elfa?

Ania sonrió con orgullo, erguida a mi lado y entrelazando sus dedos con los míos.

—Lo siento, nya. Mi lugar está al lado de mi esposo. A donde él marche, yo iré.

Armia soltó un ligero suspiro, cruzándose de brazos y mirando al techo con fingido aburrimiento.

—Sinceramente, Su Majestad, yo estaría sumamente cómoda quedándome a vivir en este lugar. Tener una casa propia en la zona alta y un jardín enorme sería formidable... Sin embargo, si dejo que este par de tontos se vayan solos por el mundo, terminaremos encontrando sus cadáveres en cuestión de días. No quiero cargar con la culpa de su torpeza en mi conciencia, así que no puedo dejarlos ir sin supervisión. Agradezco enormemente su hospitalidad.

El rey soltó una carcajada profunda que hizo resonar los candelabros del salón.

—¡Jajaja! Es una lástima. Me habría encantado integrarlos de forma permanente a mi corte... Pero no permitiré que crucen mis fronteras con las manos vacías. Antes de que se marchen, les otorgaré los títulos correspondientes que los acreditarán oficialmente como Caballeros del Reino Enano. Eso no solo los certificará ante la Corona y los gremios extranjeros, sino que los vinculará con honor a mi imperio.

Se organizó una ceremonia solemne en la gran plaza central de Scutdepiatră, bajo el aliento helado de las montañas y ante la mirada de miles de habitantes que abarrotaban las avenidas de mármol.

—¡Y así, ante el Gran Creador y mi pueblo, otorgo el título de Caballeros a estos tres valientes guerreros! —proclamó el Rey Gurkas IV, posando el plano de su hacha ceremonial sobre nuestros hombros—. Desde hoy, forman parte de mi Corona y de la historia de mi gente.

El clamor de la muchedumbre fue abrumador. Entre los vítores, las cornetas de bronce y los aplausos del ejército enano, me mantuve firme con el pecho erguido. Sentí un orgullo ardiente en el corazón. En momentos como este, no podía evitar preguntarme qué pensaría mi padre si pudiera verme. Había obtenido un título de nobleza y un renombre legendario a una edad mucho más joven que la suya. Solo esperaba que, desde dondequiera que estuviera, se sintiera profundamente orgulloso de mí.

Y también mi madre... Sé perfectamente que ella habría preferido que yo optara por el camino de la erudición, los libros y la diplomacia en lugar de la sangrienta vía del acero. Pero esta era la vida que yo había elegido construir. Solo deseaba que su alma descansara en paz, sabiendo que el hijo que dejó atrás caminaba con la frente en alto.

Tras concluir los festejos, nos dirigimos a la gran puerta norte de la ciudadela para emprender la marcha.

—De verdad es una lástima que no puedan quedarse más tiempo —dijo la anciana Louirna, entregándonos unas alforjas pesadas con alimentos—. Ya los consideraba a los tres como parte de mis propios hijos. Les he preparado bastantes provisiones y carne curada para el camino.

—Le estamos infinitamente agradecidos por todo, Sra. Louirna —le aseguré con sincero respeto—. Por mi honor le juro que jamás olvidaré su amabilidad ni la calidez de su hogar.

—¡Hasta luego, nya! —se despidió Ania, inclinándose con entusiasmo—. Para mí fue un verdadero honor alojarme en su casa. Siento mucho haber usado su habitación para mi ritual de iniciación en la noche de celo...

—¡Jojo! Sigues diciendo ese tipo de cosas tan íntimas al aire como si nada, pequeña —se rio la matriarca, dándole una cariñosa palmadita en la mejilla—. No te preocupes. Para una anciana como yo, ver a dos jóvenes amarse con esa intensidad es algo maravilloso. ¡Felicidades a ambos!

—Ugh... ¡Qué asco, gata! Guarda algo de pudor —murmuró Armia, rodando los ojos, aunque luego miró a la anciana con una sonrisa suave—. En fin... le agradezco todo, abuela. Aunque su cocina carnívora no siempre fue de mi agrado, debo admitir que agradezco las ensaladas que se tomó el trabajo de prepararme.

Con un último gesto de despedida hacia nuestros amigos, cruzamos los arcos de piedra de Scutdepiatră y nos adentramos en el camino de la montaña. Mi viaje debía continuar, ahora respaldado por la fuerza de mi mujer y la magia de mi compañera elfa.

El viento del norte soplaba con fuerza, haciendo ondear nuestras capas mientras descendíamos por las laderas rocosas.

—Y bien, mocoso... —rompió el silencio Armia, ajustándose el arco rúnico a la espalda—. ¿Hacia dónde nos dirigiremos esta vez?

—Iremos a casa —respondí sin vacilar, manteniendo la mirada fija en el horizonte lejano.

—¿Ah? ¿A casa? —intervino Armia, arqueando una ceja con sorpresa.

—Sí. Ha llegado el momento de pisar las tierras natales de mi madre —afirmé con voz firme—. Iremos al Reino Elfo.

Ania se detuvo un segundo a mi lado, frotándose la barbilla con gesto reflexivo.

—Vaya... La verdad es que jamás he estado en esas tierras, nya. ¿Está demasiado lejos? No me gustaría hacer un viaje demasiado agotador... ya sabes, por si de casualidad ya estoy esperando a tus cachorros.

—¡Aguarda un momento! —exclamó Armia, poniéndose frente a nosotros y alzando los brazos con dramatismo—. En primer lugar, gata, no creo que esta sea la época más sensata para estar pensando en tener hijos. Y en segundo lugar... ¡Adamas, estás completamente loco! ¿Acaso no tienes idea del desprecio que te espera allá? Para la corte real y para tu abuelo, tú no eres más que un aborrecible sangre bastarda. Recuérdalo bien. No te digo esto por molestarte; simplemente consideralo con cabeza fría: no creo que el Rey Elfo te reciba precisamente con los brazos abiertos. Me detuve en seco sobre el camino de piedra, sosteniéndole la mirada a la maga con una frialdad absoluta.

—Me da exactamente igual cómo me reciba. No me importa si me odia, si me desprecia o si repudmi existencia. Es hora de que sepa mi nombre. Es hora de que sepa que existo, y que sepa que la sangre de su casta y la espada legendaria de su pueblo están siendo blandidas por un descendiente digno, le parezca o no.

Apreté el agarre sobre la empuñadura de la Espada de las Cinco Voluntades, sintiendo el peso de mi linaje.

—Con que sepa que existo y que tuve el valor de pararme frente a su trono, será más que suficiente. Además, los gremios de aventureros en el Reino Elfo son famosos por ser sumamente estrictos y elitistas: no aceptan a cualquiera. Solo la élite logra operar allá, y nosotros ya somos de Rango Diamante.

Armia me observó durante unos segundos en silencio, notando la determinación inquebrantable en mis ojos. Soltó un largo y pesado suspiro de resignación, acomodándose la túnica y reanudando la marcha.

—Haz lo que quieras, mocoso... Pero te advierto de una vez que esto no va a salir nada bien.

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