Ella reencarna en un mundo mágico. Una familia militar, pero ella solo quiere verse linda y leer.. y sobre todo ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Libros y maquillaje 1
Si había algo que una mujer podía considerar una inversión absolutamente necesaria, era su propia felicidad.
Y para ella, la felicidad tenía tres formas muy concretas.. un buen libro, un maquillaje precioso y una tarjeta bancaria que todavía no hubiera sido rechazada.
Lamentablemente, la tercera no siempre cooperaba.
Aquella joven era una mujer coqueta, vanidosa y extraordinariamente trabajadora. Le gustaba verse bonita incluso para ir a comprar pan, se arreglaba el cabello antes de salir de casa y jamás, bajo ninguna circunstancia, permitiría que alguien la sorprendiera con los labios resecos o las cejas sin arreglar.
No era que necesitara impresionar a los demás.
¡Por supuesto que no!
[Simplemente, el mundo era un lugar difícil y ella consideraba que enfrentarlo con un buen delineado era una decisión inteligente].
Además, era una lectora empedernida.
Y cuando decía empedernida, no se refería a esas personas que compraban un libro cada dos meses y luego se tomaban fotografías sosteniéndolo mientras bebían café.
No.
Ella compraba libros como si estuviera preparándose para sobrevivir al fin del mundo.
Novelas románticas, fantasía, historias de villanas incomprendidas, duques misteriosos, matrimonios por conveniencia, protagonistas que despertaban dentro de novelas y hombres terriblemente atractivos que necesitaban urgentemente una lección de humildad.
Tenía libros en su habitación, libros en la sala, libros apilados sobre su escritorio y libros que había comprado con la firme intención de leerlos durante el fin de semana.
El problema era que cada vez que terminaba uno, descubría otros cinco que necesitaba desesperadamente.
—Este es el último
se prometió una tarde, observando la pantalla de su teléfono.
En ella aparecía una edición preciosa de una novela romántica que llevaba semanas esperando.
La portada tenía detalles dorados, una pareja vestida con ropa de época y un título que parecía gritarle directamente al alma.
—No necesito comprar más libros. Tengo como treinta pendientes.
Permaneció en silencio durante tres segundos.
Luego abrió las reseñas.
Después leyó la sinopsis.
Finalmente, comprobó el precio.
—¡Está en oferta!
Y con esa sencilla justificación, su tarjeta volvió a sufrir las consecuencias de sus decisiones.
[En realidad, no estaba ahorrando dinero. Estaba gastando dinero con descuento. Era completamente diferente].
Lo mismo ocurría con el maquillaje.
Tenía una colección de labiales que podía sobrevivir a tres generaciones, paletas de sombras para ocasiones que todavía no existían y suficientes productos para preparar un rostro digno de una alfombra roja.
Sin embargo, cada vez que entraba a una tienda de cosméticos, sentía que le faltaba algo.
Un rubor más rosado.
Una base con un acabado más luminoso.
Un delineador que prometía durar veinticuatro horas.
¿Y cómo iba a rechazar un producto que prometía veinticuatro horas de duración? ¡Era prácticamente una inversión en productividad!
—Cuando tenga un sueldo mejor, podré comprar todo lo que quiera sin preocuparme
murmuraba mientras ordenaba sus compras.
Era una frase que repetía con frecuencia.
El detalle era que, cuando tenía un sueldo mejor, encontraba cosas más caras que quería comprar.
Y así, mes tras mes, sus ingresos desaparecían entre páginas impresas, envases elegantes y pequeños caprichos que, según ella, eran completamente indispensables.
Por fortuna, también tenía una cualidad que compensaba parcialmente sus desastrosas habilidades financieras.. era trabajadora.
Mucho.
No le daba miedo hacer horas extras, cubrir turnos ajenos o aceptar trabajos que otras personas rechazaban por considerarlos demasiado agotadores.
Si necesitaba dinero, trabajaba.
Si necesitaba más dinero, trabajaba más.
Y si encontraba una nueva saga de doce tomos que deseaba comprar, de repente descubría que tenía una capacidad de resistencia física digna de una protagonista de novela de aventuras.
Por eso, cuando su supervisor le ofreció cubrir un turno nocturno adicional en la pequeña tienda donde trabajaba, no necesitó pensarlo demasiado.
—¿Esta noche?
preguntó, mientras guardaba su teléfono en el bolsillo.
—Sí. La persona que debía cubrirlo tuvo un inconveniente. Serán unas horas adicionales y, por supuesto, se te pagarán.
Ella levantó la mirada inmediatamente.
¿Horas adicionales?
¿Pago extra?
¿Dinero que podía convertirse en libros?
Su mente realizó una operación matemática extraordinariamente rápida.
[Con esto podría comprar la novela que vi ayer. Y quizá la paleta de sombras. Aunque, si compro ambas cosas, me quedaría un poco justa. Bueno, siempre puedo aceptar otro turno].
—¡Claro! No hay ningún problema. Yo puedo cubrirlo.
Respondió con una sonrisa tan encantadora que su supervisor pareció sentirse aliviado.
—Te lo agradezco mucho. De verdad.
—No se preocupe. Para eso estamos.
Por dentro, sin embargo, ya estaba calculando cuánto dinero recibiría y en qué lo gastaría.
[Definitivamente, esta noche vale la pena].
Y así, sin imaginar que aquella decisión cambiaría su vida para siempre, aceptó el turno.
Es un hombre maduro, sabe lo que quiere y desea hacer feliz a la mujer que el destino puso en su camino.
Tratarla con igualdad de derechos, porque en esa época la mujer era simplemente ama de casa y procreadora, no podía opinar.
Que excelente la madurez de Antony Parisi 👏👏🥰♥️