Elara volvió a Silverpine para recuperar su hogar, no para convertirse en la esposa de un hombre que la desprecia.
Pero, en plena boda de su hermanastra, el destino revela que Damon Ashford —el próximo Alfa— es su pareja predestinada. Un matrimonio impuesto la salva de Ronan Black, el hombre que una vez la encerró... y al mismo tiempo la deja atada a Damon, que sigue creyendo que eligió a la mujer equivocada.
Sin marca de apareamiento, con su loba herida y toda la manada juzgándola, Elara tendrá que reclamar mucho más que un título. Tendrá que decidir si puede confiar en un vínculo que él no quiso y luchar por la vida que siempre le negaron.
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Capítulo 12: La orden de mi padre
DAMON
—¿Quieres que me acueste con ella porque tú lo ordenas?
Mi padre se recostó en la silla. Acababa de ordenarme que embarazara a mi esposa y parecía esperar una discusión sobre los lugares en la mesa durante la cena.
Planté ambas manos sobre su escritorio.
—¿Has perdido la maldita cabeza?
—Baja la voz.
—¡Entonces deja de hablar de nuestra cama delante de Nora!
Elara se estremeció. Lo vi y odié haberlo visto. Estaba sentada junto a la sanadora, con aquella manta amarilla sobre el regazo, escuchando a su marido gritar que no se acostaría con ella.
No era eso lo que me enfurecía. Por Dios, apenas había dormido la noche anterior de tanto pensar en ella. Cada vez que crujía una tabla del suelo de su habitación, miraba la puerta comunicante.
Pero mi padre también me había arrebatado eso. Si iba con ella ahora, pensaría que él me había enviado.
—La manada cree que hay un bebé —dijo—. Tu esposa vino porque ya es imposible mantener la mentira. ¿Qué propones?
—Diles la verdad. ¿No es eso lo que ella te pidió?
—¿Y dejar que afronte sola lo que venga después?
—Amenazaste con quitarme la herencia para obligarme a casarme con ella. No finjas que de pronto te has quedado sin autoridad.
Su silla rechinó al apartarse. La presión de su Alfa me golpeó con tanta fuerza que Rook enseñó los dientes dentro de mí. Me enderecé. Las garras me habían perforado las palmas; agradecí el escozor. Al menos podía guardarme aquello para mí.
—Recuerda con quién estás hablando.
—Con mi padre. Al parecer, alguien tiene que explicarle que no puede votar sobre si tengo un hijo o no.
—¡Llevas tres días evitando a tu esposa mientras Celeste prácticamente vive en esta casa!
—¡Me obligaste a abandonar a Celeste en el altar! ¿Creíste que dejaría de importarme solo porque me entregaste a otra novia?
Junto al escritorio, Elara dobló la manta una vez. Después otra, demasiado pequeña, hasta que el lobito bordado desapareció entre los pliegues.
Debería haberme detenido. Estaba demasiado furioso para hacerlo.
—Ya tuviste tu boda. Ahora quieres un bebé para que todos olviden que el primero nunca existió. Y si hacemos eso, ¿qué vendrá después? ¿Qué más te deberemos?
—Nada.
La voz de Elara fue lo bastante cortante para detenerme.
Se puso de pie con esfuerzo. Nora se acercó, pero Elara mantuvo una mano sobre la silla y encaró a mi padre.
—No te debemos un bebé. Vine a pedirte ayuda para decirle a la manada que mentí. No vine a pedirte que ordenaras a tu hijo meterse en mi cama.
—Elara, intento proteger...
—¡Entonces detente! —La voz se le quebró—. Estoy sentada aquí mismo. Puedo oírlos a los dos.
Se volvió hacia mí antes de que pudiera hablar.
—Y tú puedes dejar de explicar cuánto desearías haberte casado con mi hermana. Yo estaba en la boda, Damon. Lo recuerdo.
Sus ojos brillaron. Parpadeó con fuerza, desafiándonos a cualquiera de los dos a comentarlo.
Una hora antes habría recibido con gusto la oportunidad de herirla con Celeste. Ahora parecía a punto de llorar delante de Nora, y yo solo podía pensar en sacarla de aquella habitación antes de que mi padre dijera una palabra más.
—Elara...
—Por favor, no. —Tragó saliva—. No puedo escuchar nada más.
Nora le puso una mano en el codo.
—Ya te ha dado su respuesta, Gareth. No habrá ninguna recomendación médica que respalde esta orden. Ese no es mi papel aquí.
Mi padre la miró fijamente. Había esperado que yo me resistiera. Se notaba lo poco que había previsto que alguna de ellas lo hiciera.
Por fin volvió a sentarse.
—Le diré a Victor que no habrá bendición.
Elara no se movió.
—¿Y esta noche?
Mi padre nos miró a ambos.
—Eso deberán decidirlo ustedes dos.
Mis hombros se relajaron. Los de Elara no.
—Pero asistirás a la sucesión con tu esposa —me dijo—. Recibirán juntos a las familias. Celeste puede continuar con su trabajo; no ocupará el lugar de Elara a tu lado.
Elara recogió la manta. Sus dedos se engancharon en las puntadas.
La noche de bodas, antes de que Nora nos diera el resultado, había mirado el vientre de Elara e imaginado a alguien lo bastante pequeño para acomodarse contra mi pecho. Me había asustado la rapidez con la que deseé ver a ese niño.
Después resultó que no había ningún bebé. Solo la mentira de Elara y todos esperando que yo controlara mi temperamento.
La observé forcejear con un hilo suelto y quise quitarle la manta de las manos.
—Todavía tenemos que decírselo —dijo—. Marion ya hace preguntas. Tessa me felicitó. No puedo seguir así.
—Hablaremos de cómo hacer el anuncio —respondió mi padre.
—Pronto. Por favor.
Ahora parecía cansada. La prefería gritando.
Al llegar a la puerta me miró y, durante un segundo absurdo, creí que me pediría que la acompañara.
—No tienes que evitar tu habitación esta noche. No llamaré a tu puerta.
Entonces Nora se la llevó.
Vi cerrarse la puerta. Había intentado tranquilizarme. Esa era la peor parte. Creía que librarme de ella sería un alivio.
Mi padre empezó:
—Damon...
—Déjalo.
Me fui antes de que volviéramos a empezar.
Celeste llamó mientras yo estaba en la terraza.
Había salido después de sorprenderme mirando las escaleras. Elara no había bajado a cenar. Una criada le había llevado una bandeja y yo casi le había preguntado qué contenía, como si la comida de su plato pudiera revelarme si había estado llorando.
—¿Todavía vendrás? —preguntó Celeste.
—Esta noche no.
—Ah. —Hubo una pausa—. ¿Hice algo?
—Discutí con mi padre. No tengo ganas de ir a ninguna parte.
—Entonces ven aquí. No tendrás que soportarlo.
Era una buena oferta. Tendría una copa preparada. Me preguntaría qué había dicho él, escucharía mis insultos y me aseguraría que tenía todo el derecho a estar enfadado.
Y Elara oiría mi auto marcharse.
Levanté la vista hacia la ventana iluminada sobre la terraza.
—Me quedaré en casa.
—¿Ella quiere que estés ahí?
Apreté el teléfono.
—Celeste.
—Estás distinto desde esta tarde. Él dijo algo sobre ella, ¿verdad?
Solté el aire.
—No hablaremos de esto por teléfono.
—Entonces deja que vaya.
—Nos veremos por la mañana. Todavía tenemos las cuentas de ayuda.
—Las cuentas. —La voz le tembló—. ¿Eso soy ahora?
Cerré los ojos. La había dejado sentarse a mi lado durante tres días, la había buscado cada vez que quería castigar a Elara mostrándome feliz con otra persona. Por supuesto que creía que podía hacerme salir de casa esa noche. Yo le había enseñado que podía.
—¿Te estás acostando con ella? —preguntó.
—No.
—Prométeme que no lo harás.
La respuesta salió antes de que pudiera suavizarla.
—No puedo prometerte eso.
Celeste tomó aire bruscamente.
Volví a mirar la ventana de Elara. Ya había perdido el derecho a atravesar esa puerta esperando que me recibiera. No iba a prometerle a otra mujer que nunca lo intentaría.
—Estuviste aquí hace dos días —susurró Celeste—. Me tomaste de la mano. Dijiste que no te habías ido a ninguna parte.
—Sé lo que dije.
—Entonces, ¿cómo puedes hacer esto?
Me froté los ojos. Quería decirle que era complicado, que mi padre nos había obligado, que nada de aquello era culpa mía. Cualquier cosa con tal de no oírla llorar porque yo quería subir las escaleras.
—No debí hacerte creer que podíamos seguir como antes.
Silencio.
Esperé que me gritara. Habría tenido motivos.
—No vuelvas a llamarme esta noche —dije por fin—. Hablaremos mañana.
Terminé la llamada antes de ofrecerle algo más de lo que luego me arrepintiera.
Permanecí varios minutos afuera mientras el frío atravesaba mi camisa. Entonces se apagó la luz de Elara.
Joder.
Crucé las puertas de la terraza antes de decidir qué iba a decir.
Todavía salía luz por debajo de su puerta. Solo había apagado la lámpara del techo.
Llamé.
Elara abrió con la pulsera de su madre en la mano. Llevaba el cabello suelto y tenía en la mejilla la marca de la almohada. Había estado acostada.
La imagen me golpeó con más fuerza de la que debería. Había estado a mi alcance toda la noche, cálida y sola, mientras yo permanecía abajo preocupándome por quién se alegraría si iba a verla.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Nada. Quería verte.
Miró el pasillo detrás de mí.
—¿Vienes solo?
—Sí.
Permaneció en la puerta. Me lo había ganado. Aun así, me irritó que me dejara afuera cuando recordaba la rapidez con la que antes se volvía hacia el sonido de mi voz.
—Oí lo que dijiste antes de salir del estudio de mi padre —le dije—. No me he mantenido alejado porque no soporte tocarte.
Bajó la mirada hacia la pulsera.
—Has hecho un trabajo bastante convincente.
—Estaba enfadado.
—Todavía lo estás.
No podía negarlo con sinceridad. La boda seguía allí. También las cosas que yo creía que le había hecho a Celeste. Quería una explicación que borrara todo aquello y le guardaba rencor porque no me había dado ninguna que pudiera creer.
Pero estaba tan cerca que percibía su aroma, y yo contemplaba su boca como un imbécil.
Ella se dio cuenta. Entreabrió los labios y luego volvió a cerrarlos.
—¿Viniste a acostarte conmigo, Damon?