Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Prólogo
A mí siempre me dijeron que el barro era sucio.
Que no se pisaba, que manchaba, que había que sacárselo de las zapatillas antes de entrar. Mi mamá me retaba cuando llegaba con las rodillas café después de jugar en la acequia detrás de la casa de mi abuela. "Noah, pareces un chancho", me decía.
Mi abuela Rosa nunca me retó. Ella decía que el barro era tierra con agua, y que de ahí salía todo. "Todo lo que come, hijito, primero se ensucia", me decía mientras me lavaba los pies en una palangana verde con agua tibia.
Yo crecí queriendo irme de ahí. Del barro, de Traiguén, de la casa chueca de zinc donde el invierno se metía por las rendijas. Quería un departamento blanco, una pasarela donde nadie tuviera barro en las zapatillas. Y me fui. Y lo logré.
Me fui a los diecisiete con una maleta prestada y un book hecho con el celular de mi primo. Pasé hambre, cosí hasta sangrarme los dedos, dormí en sofás ajenos. Pero entré. A una escuela, a una agencia chica, después a una más grande, después a Milán. Y cuando iba a cerrar un desfile en Armani, con mi nombre en luces y un abrigo que yo había teñido con barro, se murió mi hermana.
Lila tenía diecinueve. Era la que me defendía cuando me retaban por el barro. La que me decía "cuando seas famoso me haces un vestido de barro de verdad". La que me mandaba audios de dos segundos solo para decir "te quiero, feo".
Yo no estuve. Estaba en Milán, en calcetines, preocupado por si el color había quedado parejo.
Me dijeron que fue un paro. Que no sufrió. Que fue rápido. Nadie me dijo que yo iba a sentir que me arrancaban algo del pecho y que no sabría volver a respirar.
Recaí esa noche. No fue bonito como en las películas. Fue patético. En un baño de hotel barato, con la luz parpadeando y el abrigo colgado como si me mirara otra persona.
Al otro día me echaron. Y después me echaron de todo lo demás.
Volví a Santiago con lo puesto. Me encerré. No contestaba. Hasta que encontré la carta de mi abuela Rosa. Ella ya se había muerto, pero me había dejado una carta. Decía: "Aquí hay tierra para pisar descalzo. Tres meses. Nada más."
No entendí por qué tres meses. Ahora entiendo que tres meses es lo que necesita una semilla para brotar. Y que uno también necesita ese tiempo para volver a estar vivo.
Tomé un bus al sur. Llegué con una maleta plateada que no servía para el barro. Con zapatillas blancas. Con miedo.
Y conocí a Tomás.
No fue amor a primera vista. Fue rabia. Me cayó pésimo. Me pareció brusco, cerrado, de esos que creen que todo se arregla trabajando más. Y yo le caí peor. Para él yo era el niño de ciudad que venía a quejarse del frío con ropa cara.
Pero el barro nos obligó a mirarnos. Porque cuando vives en el barro no puedes fingir. Te resbalas. Te ensucias. Te caes. Y alguien tiene que darte la mano.
Esta no es una historia sobre un diseñador que se va al campo y se enamora y todo se arregla. Es sobre dos hombres rotos en lugares distintos que aprenden a florecer en el mismo barro.
Si alguna vez te sentiste demasiado sucio para que te quieran, demasiado roto para empezar de nuevo, esta historia es para ti.
Bienvenido a donde florece el barro.