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Una Corona Para Mi Enemigo

Una Corona Para Mi Enemigo

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Matrimonio arreglado / Fantasía épica
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.

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El consejo de las sombras

Isolde despertó antes del amanecer.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo de su habitación. Las cortinas verdes seguían siendo las mismas, los muebles conservaban las pequeñas marcas que ella recordaba de su infancia y, junto a la ventana, todavía descansaba el sillón donde su padre solía sentarse a leerle cartas cuando ella era niña.

Todo estaba en su lugar.

Todo, excepto las personas que habían convertido aquel lugar en su hogar.

Se incorporó despacio y llevó una mano al pecho. El colgante de plata seguía allí, descansando contra su piel.

Lo sostuvo entre los dedos y cerró los ojos.

—Hoy no voy a fallarles —susurró.

No sabía si se lo prometía a su padre, a sus hermanos o a sí misma.

Tal vez a todos.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

Mara entró con un vestido verde oscuro sobre los brazos y una expresión que Isolde conocía demasiado bien.

—Antes de que digas que no necesitas ayuda, quiero recordarte que llevas despierta desde antes de que saliera el sol y que todavía no has desayunado.

—Buenos días para ti también.

—No pienso permitir que te desmayes frente al consejo. Sería una manera bastante lamentable de comenzar tu regreso.

Isolde soltó una pequeña risa.

—¿Y yo que pensaba que eras mi amiga?

—Lo soy. Precisamente por eso voy a obligarte a comer.

Mara dejó el vestido sobre la cama y comenzó a preparar las prendas que Isolde utilizaría durante la mañana.

La princesa se levantó y se acercó al espejo.

—¿Sabes quiénes asistirán a la reunión?

—Los consejeros principales, algunos representantes de las casas nobles y lord Lucien.

Isolde se quedó quieta.

—¿Lucien ya está en el castillo?

—Llegó anoche. Preguntó por ti, pero el mayordomo le informó que estabas descansando.

La princesa bajó la mirada hacia el colgante.

Su primo había sido quien le había pedido regresar cuanto antes. Ahora que ella estaba allí, tendría que explicar qué había encontrado y por qué parecía tan preocupado.

—¿Dijo algo más?

—No. Aunque parecía nervioso.

Isolde levantó la cabeza.

—¿Nervioso?

—Eso me pareció.

La princesa guardó silencio.

Podía significar muchas cosas. Lucien quizá temía que los documentos desaparecieran, que los conspiradores descubrieran su investigación o que ella lo culpara por no haberle escrito antes.

Pero también existía otra posibilidad.

Una que Isolde no quería considerar sin pruebas.

—Ayúdame con el vestido —pidió finalmente.

Mara la miró a través del espejo.

—¿El verde?

—El verde.

No pensaba presentarse ante el consejo vestida como una mujer que pedía permiso para ocupar su lugar.

Se vestiría como la heredera de Valenne.

Y quien tuviera algo que decir al respecto tendría que hacerlo mirándola a los ojos.

⸻

Kael llevaba despierto casi tanto tiempo como Isolde.

Había pasado la primera parte de la mañana revisando los informes que Rowan había conseguido reunir durante la noche. Los documentos no ofrecían demasiadas respuestas, pero sí confirmaban algo que comenzaba a inquietarlo: la operación militar de hacía dos meses había sido autorizada desde el consejo de Draven y después alguien había alterado los registros.

Alguien con acceso al archivo.

Alguien que sabía qué debía borrar.

—¿Ha encontrado algo más? —preguntó Kael.

Rowan dejó un segundo documento sobre la mesa.

—Uno de los escribanos recuerda haber recibido instrucciones de lord Cedric para reorganizar los archivos de la frontera. Dice que fue una orden rutinaria.

—¿Y cuándo ocurrió?

—Tres días después de que se registrara la operación.

Kael apretó la mandíbula.

—¿Por qué no me lo informó antes?

—Porque el escribano no consideró importante la orden hasta que le pregunté por las páginas desaparecidas.

El rey caminó hacia la ventana.

Cedric había servido a su padre durante años y había permanecido a su lado desde que Kael heredó la corona. Conocía las leyes, los tratados, los nombres de cada familia noble y buena parte de los secretos de la corte.

Si estaba implicado, no sería sencillo descubrirlo.

Y si no lo estaba, acusarlo sin pruebas podía destruir una alianza que apenas comenzaba a construirse.

—No lo acuses todavía —ordenó Kael—. Quiero saber quién solicitó aquella operación y qué ocurrió cerca de la frontera.

—¿Y si Cedric descubre que estamos investigando?

—Entonces tendremos que averiguar por qué le preocupa.

Rowan asintió.

Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.

—La reunión del consejo de Valenne comienza dentro de una hora.

—Lo sé.

—¿Está seguro de que quiere asistir?

Kael lo miró.

—Isolde es mi futura esposa. Si hay personas intentando debilitar su autoridad, necesito saber quiénes son.

Rowan ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Solo por la alianza?

Kael le dedicó una mirada fría.

—¿Tiene algún problema de audición esta mañana?

—Ninguno, majestad.

—Entonces deje de hacer preguntas innecesarias.

Rowan sonrió antes de abandonar la habitación.

Kael volvió a mirar los documentos.

No estaba dispuesto a admitir que Isolde comenzaba a importarle más de lo que había previsto.

Todavía no.

⸻

La sala del consejo de Valenne estaba llena cuando Isolde entró.

Las conversaciones cesaron casi de inmediato.

Algunos nobles se levantaron para saludarla. Otros inclinaron la cabeza con una cortesía cuidadosamente medida. Unos pocos permanecieron sentados durante un segundo más de lo necesario, como si quisieran comprobar cuánto tardaría en reclamarles el gesto.

Isolde lo vio todo.

Y no olvidó nada.

Avanzó hasta la cabecera de la mesa, donde su padre había presidido incontables reuniones. Por un instante, el lugar vacío detrás de ella pareció pesar más que la corona que algún día llevaría.

No permitió que se notara.

Kael entró unos pasos después, acompañado por Rowan.

Su presencia provocó un murmullo entre los asistentes.

El rey de Draven no era un invitado cualquiera. Era el hombre con quien Isolde se casaría y, para algunos de los nobles presentes, también era una amenaza.

La princesa ocupó su asiento.

—Podemos comenzar.

Un consejero de cabello blanco se aclaró la garganta.

—Alteza, antes de abordar los asuntos pendientes, considero necesario discutir el alcance de su autoridad durante este periodo de transición.

Isolde apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi autoridad no ha cambiado desde que murió mi padre. Soy su heredera y gobernaré Valenne.

—Nadie pretende cuestionar su derecho a la sucesión —respondió el hombre—. Sin embargo, la situación actual es delicada. Su matrimonio con el rey de Draven podría modificar el equilibrio político de nuestro reino.

—Mi matrimonio no convierte a Valenne en una propiedad de Draven.

El consejero intercambió una mirada con otro noble.

—Naturalmente, alteza. Pero sería prudente que el rey Kael participara en las decisiones más importantes.

Isolde giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Y por qué habría de hacerlo?

—Porque será su esposo.

—Eso no responde a mi pregunta.

El hombre apretó los labios.

—Un rey puede aportar experiencia, recursos y estabilidad.

—Entonces, cuando necesite su experiencia, sus recursos o su consejo, se los pediré.

Un murmullo recorrió la mesa.

Kael permaneció en silencio.

No había acudido para hablar por Isolde ni para ocupar un lugar que no le correspondía. Quería observar cómo reaccionaba el consejo cuando comprendiera que ella no estaba dispuesta a convertirse en una figura decorativa.

Por el momento, la princesa estaba demostrando que no necesitaba ayuda.

Lord Beaumont, sentado al otro extremo de la mesa, entrelazó los dedos.

—Con todo respeto, alteza, el problema no es su inteligencia ni su capacidad para comprender los asuntos del reino. El problema es que Valenne nunca ha sido gobernado por una mujer.

Isolde lo miró sin parpadear.

—Y, sin embargo, aquí estamos, discutiendo asuntos que usted no ha sido capaz de resolver desde la muerte de mi padre.

El rostro de Beaumont se endureció.

—Le ruego que no confunda mi preocupación por el reino con una falta de respeto.

—Y yo le ruego que no confunda mi paciencia con debilidad.

El silencio se volvió absoluto.

Isolde se levantó.

—Mi padre murió. Mis hermanos murieron. Durante semanas he tenido que escuchar cómo distintas personas hablan de mi futuro como si mi opinión fuera un inconveniente. He regresado porque recibí noticias de que hay documentos importantes relacionados con los últimos movimientos de mi padre y porque sospecho que alguien está ocultando información a este consejo.

Varios nobles intercambiaron miradas.

Isolde reparó en ellas.

—Por eso quiero respuestas. No excusas.

Beaumont se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Está acusando a alguien de traición, alteza?

—Estoy diciendo que alguien ha encontrado documentos que considera lo bastante importantes como para pedirme que regrese de inmediato. Si usted no tiene nada que ocultar, lord Beaumont, no veo por qué debería inquietarle.

El noble palideció apenas.

Fue un cambio pequeño.

Pero Isolde lo vio.

Y Kael también.

⸻

—Princesa.

La voz de Lucien llegó desde el lado izquierdo de la mesa.

Isolde se volvió hacia él.

Su primo parecía cansado. Tenía sombras bajo los ojos y una tensión extraña en la mandíbula. Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, él le ofreció una sonrisa que habría parecido afectuosa a cualquier otra persona.

Isolde lo conocía desde la infancia.

Sabía distinguir cuándo Lucien sonreía de verdad.

Y aquella sonrisa no llegó a sus ojos.

—Me alegra que hayas regresado —dijo él.

—Tu carta parecía bastante urgente.

—Lo era.

—Entonces supongo que tienes algo que mostrarme.

Lucien miró brevemente a los demás consejeros.

—Prefiero hablar contigo en privado.

—¿Por qué?

Él vaciló.

Fue apenas un instante, pero suficiente para despertar las sospechas de Isolde.

—Porque los documentos podrían comprometer a personas importantes.

—¿Personas importantes o personas que están aquí sentadas?

El silencio cayó sobre la sala.

Lucien bajó la voz.

—Isolde, no es tan sencillo.

—Nunca lo es cuando alguien pide confianza sin ofrecer explicaciones.

Kael observó el intercambio sin intervenir.

Había algo extraño en la manera en que Lucien evitaba responder. No parecía únicamente preocupado por la seguridad de los documentos. Parecía temer que Isolde hiciera las preguntas equivocadas delante de los presentes.

O que alguien descubriera que él ya sabía demasiado.

—Tendremos esa conversación después de la reunión —decidió Isolde—. Hasta entonces, quiero que los documentos sean entregados a mi custodia.

Lucien palideció.

—No los tengo aquí.

—¿Dónde están?

—En un lugar seguro.

—¿Qué lugar?

—No puedo decírtelo delante de todos.

Isolde lo miró durante varios segundos.

—Entonces tendrás que encontrar una manera de poder hacerlo.

Lucien bajó la cabeza.

Por primera vez desde su llegada, pareció verdaderamente derrotado.

O estaba interpretando muy bien ese papel.

⸻

La reunión continuó durante casi una hora más.

Se discutieron las reservas de grano, la vigilancia de las fronteras y la necesidad de revisar algunas decisiones tomadas durante los últimos días del reinado de Aldric. Isolde escuchó cada informe y formuló preguntas concretas. No permitió que los consejeros desviaran los asuntos incómodos ni aceptó respuestas vagas cuando exigió cifras.

Kael, desde su asiento, comprendió por qué algunos nobles la consideraban peligrosa.

Isolde no necesitaba levantar la voz para dominar una sala.

Le bastaba con recordarles que conocía su propio reino.

Al terminar, los consejeros comenzaron a abandonar la habitación.

Beaumont fue uno de los últimos en levantarse.

Antes de salir, se detuvo frente a Isolde.

—Espero que comprenda, alteza, que algunas verdades pueden resultar más peligrosas que las mentiras.

Ella sostuvo su mirada.

—Y espero que comprenda, lord Beaumont, que las amenazas veladas no suelen impresionar a quienes ya han perdido demasiado.

El hombre inclinó la cabeza y se marchó.

Cuando las puertas se cerraron, Isolde soltó el aire que había estado conteniendo.

Kael se acercó.

—Ha conseguido que media sala la tema y la otra media la deteste.

—¿Y usted?

—Todavía estoy decidiendo.

Ella lo miró con cansancio.

—Qué alivio. Temía que estuviera a punto de convertirse en mi admirador más fiel.

—No se adelante, princesa.

Isolde se permitió una sonrisa breve, pero desapareció enseguida.

—Lucien está ocultando algo.

—Sí.

La rapidez de la respuesta la sorprendió.

—¿No va a decirme que estoy siendo desconfiada?

—No cuando he visto lo mismo que usted.

Isolde recogió los documentos que había dejado sobre la mesa.

—Quiero hablar con él ahora.

—Entonces iré con usted.

—No.

Kael frunció el ceño.

—Isolde…

—Es mi primo. Si tiene algo que decirme sobre mi familia, lo escucharé primero a solas.

—Si existe una conspiración, podría ser peligroso.

—Y si usted entra en cada conversación que tengo, jamás sabré si alguien me habla a mí o al rey de Draven.

Kael permaneció callado.

No le gustaba la idea. Su primer impulso era acompañarla, asegurarse de que nadie pudiera amenazarla y controlar cada posible riesgo.

Pero recordó el acuerdo que habían hecho.

Y comprendió que, si quería que Isolde confiara en él, no podía exigirle que renunciara a su independencia cada vez que él sintiera miedo.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pero Rowan permanecerá cerca de la puerta. No intervendrá a menos que usted lo pida o escuchemos que está en peligro.

Isolde lo estudió durante unos segundos.

—Acepto.

—Y, princesa…

—¿Qué?

—Si descubre algo que afecte a Draven, espero que me lo diga.

Ella levantó una ceja.

—Si descubre algo que afecte a Valenne, espero que usted haga lo mismo.

Kael asintió.

—Trato hecho.

⸻

Lucien la esperaba en una pequeña sala junto a la biblioteca.

Cuando Isolde entró, él cerró la puerta y permaneció de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla.

—Has cambiado —dijo.

Isolde no se sentó.

—Han cambiado muchas cosas.

—Lo sé.

—No, Lucien. No lo sabes. Tú no has perdido a tu padre. Ni a tus hermanos. No has tenido que regresar a un castillo donde cada habitación te recuerda a alguien que ya no está.

Él bajó la mirada.

Por un momento, la expresión de Isolde se suavizó.

Después recordó la carta.

—Dijiste que encontraste documentos relacionados con los últimos movimientos de mi padre. Quiero verlos.

Lucien se pasó una mano por el rostro.

—No puedo entregártelos todavía.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que contienen.

—Precisamente por eso quiero leerlos.

—Isolde, tienes que confiar en mí.

Ella sintió que algo frío se instalaba en su pecho.

—No vuelvas a pedirme confianza sin darme una razón para concedértela.

Lucien levantó la cabeza.

—Encontré una orden militar firmada tres días antes de la muerte de tu padre. Autorizaba el traslado de hombres hacia una zona de la frontera que debía permanecer despejada.

Isolde se quedó inmóvil.

—¿Quién firmó esa orden?

Lucien vaciló.

—El documento llevaba el sello de la corona.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No pude confirmar quién lo autorizó. La firma está parcialmente borrada.

—¿Y qué tiene que ver con la muerte de mi padre?

—No lo sé. Pero tu padre ordenó investigar aquel movimiento poco antes de morir.

Isolde sintió que el suelo parecía inclinarse bajo sus pies.

—¿Por qué no me lo dijiste en la carta?

—Porque no sabía quién podía leerla.

—Y, sin embargo, me pediste que regresara.

—Necesitaba que estuvieras aquí.

—¿Para qué?

Lucien apretó los dedos alrededor del respaldo de la silla.

—Porque alguien sabe que encontré esos documentos. Y ayer recibí una amenaza.

Isolde lo miró fijamente.

—¿Qué decía?

—Que dejara de buscar respuestas si quería seguir con vida.

El silencio se extendió entre ambos.

Isolde llevó una mano al colgante.

Su padre había investigado un movimiento militar antes de morir. Los documentos habían desaparecido. Y ahora alguien estaba amenazando a su primo para impedir que hablara.

Por primera vez, las piezas comenzaron a encajar de una manera aterradora.

—¿Dónde están los documentos, Lucien?

Él abrió la boca para responder.

Pero un golpe seco resonó al otro lado de la puerta.

Los dos se volvieron.

Rowan apareció en el umbral, con la mano cerca de la espada.

—Alteza, tenemos un problema.

Isolde avanzó hacia él.

—¿Qué ocurrió?

—Uno de los guardias encontró a un mensajero intentando abandonar el castillo. Llevaba una carta dirigida a lord Beaumont.

Lucien se quedó completamente inmóvil.

Rowan continuó:

—El hombre afirma que la carta contiene información sobre los documentos desaparecidos.

Isolde miró a su primo.

Lucien había perdido todo el color del rostro.

Y entonces dijo algo que hizo que el corazón de Isolde se detuviera por un instante.

—No puede ser… Él me aseguró que no volvería a hacerlo.

Isolde sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quién, Lucien?

Su primo no respondió.

Solo miró hacia la puerta abierta, como si acabara de comprender que el secreto que llevaba semanas intentando proteger acababa de escapar de sus manos.

Y, por primera vez, Isolde se preguntó si su primo había regresado para ayudarla a descubrir la verdad…

O para asegurarse de que nunca llegara a conocerla.

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Paula Giaccaglia
por favor, no tardes tanto en escribir y bajar capitulos, espero me lleguen, no sé cómo se hace
Paula Giaccaglia
me encanta escritora, sólo espero no tarde en ir bajando capitulos y con continuidad
Paula Giaccaglia
me fascinan las novelas de época, ahora pobre rey no le dió de comer y cuándo se cambió el vestido? era negro en un capítulo y en el próximo Verde
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