Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 24
Capítulo 24
—Analizamos los resultados —anunció la especialista—. La exposición excesiva a feromonas clase S indujo su segunda diferenciación. Todavía debemos determinar su nivel, pero ya tenemos la compatibilidad con el señor Ferrer: cien por ciento.
Aunque hablaba con Gael, entregó primero el documento a Adrián.
Los ojos de Gael siguieron la hoja hasta su mano. Adrián reparó en aquel movimiento y sintió una leve inquietud en el pecho.
Gael se había diferenciado por sus feromonas. Que su compatibilidad fuera absoluta parecía casi lógico.
Aun así, Adrián nunca imaginó que pudiera compartir un porcentaje tan alto con un omega.
Los perfiles de feromonas se almacenaban en un registro médico. Cuando su rechazo empeoró años atrás, se exploró la posibilidad de curarlo mediante el vínculo con un omega altamente compatible. Ninguno de los candidatos superó el cincuenta por ciento.
Adrián había aceptado que jamás se vincularía con uno.
Sin embargo, bastaron unos cuantos rut para que Gael atravesara una segunda diferenciación y resultara perfectamente compatible.
Estudió la hoja. Nunca había tomado en serio su matrimonio: un alfa y un beta no podían formar una marca permanente y, en esencia, ambos obtenían algo de la unión.
Aunque Gael nunca pidió dinero. Quizá solo esperaba ayudar a los Luján.
Una cabeza de cabello suave se acercó a leer por encima de su brazo. Gael examinó cada palabra mientras su caramelo desprendía una dulzura tenue.
Estaba feliz. Para él, aquel resultado decía que pertenecían el uno al otro.
Adrián no comprendió por qué le concedía tanta importancia. Dejó el documento sobre la mesa.
—¿Cuándo estarán los demás resultados?
La alegría de Gael se apagó. Adrián no parecía interesado en su compatibilidad.
—Solo falta determinar el nivel —respondió la médica—. Tardará unas cinco horas.
Adrián frunció el ceño. No podía esperar tanto; debía ir a la empresa.
—Yo me quedo —dijo Gael—. Lo importante ya está. Puedes volver al trabajo.
—El chofer vendrá por ti cuando terminen.
Adrián miró a la especialista. Ella entendió la señal y pidió al personal que saliera del consultorio.
Gael observó la puerta con desconcierto.
—¿Por qué todos…?
—No pienses de más.
Adrián besó con suavidad la glándula cubierta por el parche.
—Hoy llegaré tarde. Cena a tu hora. Pasa tus cosas a mi recámara y pide al mayordomo que te ayude.
Los ojos de Gael recuperaron el brillo.
—¿De verdad?
Era difícil permanecer indiferente ante una mirada que solo contenía devoción. Mucho más cuando pertenecía al omega que acababa de marcar.
—De verdad.
Una concesión mínima bastaba para hacerlo feliz. Adrián no detestaba el caramelo y la mezcla de sus aromas le resultaba agradable.
Lo besó brevemente en los labios y le acarició el cabello.
—Espérame en casa.
Era todo lo que Gael deseaba escuchar. Siempre había querido construir una familia con él y ahora la posibilidad parecía estar frente a sus ojos.
La nariz le ardió, pero sonrió.
—Está bien. Ve a trabajar. Te esperaré.
Lo siguió con la mirada hasta que salió. La especialista regresó.
—Tenemos una sala privada donde puede descansar mientras espera.
—No quiero causar molestias. Gracias.
Ella asintió y empezó a guardar los documentos.
—Doctora… —Gael apretó las manos—. ¿Mi sistema reproductivo necesita anticonceptivos?
La pregunta la sorprendió, aunque respondió con calma.
—No ha madurado por completo, pero en teoría existe una posibilidad pequeña de embarazo. La anticoncepción hormonal sería agresiva y podría lastimarlo. Puede hablarlo con el señor Ferrer antes de decidir.
El corazón de Gael aceleró sin que su expresión cambiara.
—Entiendo. Gracias.
La tensión no desapareció ni siquiera después de salir del hospital.
Había una farmacia cerca, pero no entró. Tampoco quería consultarlo con Adrián.
Miró su abdomen. La probabilidad era pequeña y quizá su cuerpo no soportaría el medicamento.
Entonces no lo tomaría.
Si por casualidad ya existía un bebé, lo tendría.
Él y Adrián acababan de formar un hogar. ¿Por qué no querría sumar un hijo?
Tal vez Adrián sería un padre severo, pero podrían construir una familia feliz.
Gael llegó a un centro comercial cercano. Abrió el contacto de Adrián en el celular y, después de dudar, decidió no contarle nada.
En su lugar, llamó a Tomás. El día de la diferenciación, su amigo había intentado comunicarse muchas veces; después dejó de hacerlo.
Tomás respondió tras una breve espera.
—¡Gael!
Apoyado en un barandal, Gael disfrutó el aire fresco.
—Tomi, perdón por tardar tantos días en responder.
—No tienes que disculparte. ¿Estás bien? —preguntó con urgencia—. ¿Adrián de verdad te marcó por completo?
Gael se enderezó de golpe.
—¿Cómo lo sabes?
Se ruborizó.
—El celo terminó anoche. Acabo de salir del hospital.
Tomás soltó una respiración larga.
—La diferenciación liberó feromonas por toda la propiedad y Adrián desapareció siete días. Esteban ha tenido que sustituirlo en las juntas. Casi todos los que necesitan saberlo ya lo saben.
Gael sintió todavía más vergüenza.
—Yo tampoco esperaba diferenciarme. Creí que las fiebres se debían al cansancio. Si lo hubiera sabido, no habría vuelto así a casa de los Luján.
Guardó silencio y fingió normalidad.
—Pero ya estoy estable. La doctora dijo que la glándula se desarrolló bien.
Tomás dudó antes de preguntar:
—¿Adrián sigue tratándote como antes?
Gael se apretó los dedos.
—Me pidió que lo esperara en casa.
Tomás sintió que todo estaba perdido: aquel hombre ya había vuelto a deslumbrarlo.
Seguía considerándolo una pareja mediocre, pero la marca completa hacía imposible que se separaran con facilidad. Decidió no insistir por el momento.
Había algo más urgente.
—Te diferenciaste en casa de los Luján, ¿verdad?
Gael tardó en responder.
—Solo recuerdo que me encerraron. No sé cómo salí.
—La salida no es lo más importante. Antes de tu diferenciación te pregunté por Julián Salgado. Mi familia participa en el proyecto del Grupo Ferrer y lo vi en sus oficinas.
—¿Por eso preguntaste si lo conocía?
Tomás no quería lastimarlo, pero dejar aquello sin resolver podía ser peligroso. Clara y Bruno lo habían encerrado sin motivo aparente.
—Sí. Creo que Julián se comunica con Bruno.
En realidad, la investigación ya lo había confirmado.
Gael no se sorprendió.
—Se conocen desde la preparatoria.
Tomás elevó la voz.
—¿Lo sabías?
—Si me preguntas esto, seguramente también conoces parte de la historia. Cuando estudiaba en la universidad trabajé como mesero en una recepción. Julián estaba allí. Tomó una fotografía desde un ángulo engañoso y la difundió en un foro estudiantil. Después dejé la carrera.
Tomás ya conocía los hechos, pero volver a escucharlos le dolió.
—Entrar a la UNAM es muy difícil.
Gael no preguntó cómo sabía dónde había estudiado.
—¿Crees que esta vez también me encerraron por él?
—Estoy seguro.
El silencio al otro lado se prolongó.
—En realidad, sé que la casa Luján no es mi hogar —dijo Gael.
Clara nunca lo había tratado como hijo. A veces parecía verlo como un enemigo. Ya habría sido un alivio que no lo odiara; esperar amor era imposible.
Reconocer en voz alta lo que sabía desde hacía años lo hizo sentir un poco más ligero.
—No volveré. Allí tampoco hay nadie que quiera verme.
—Es una buena decisión —afirmó Tomás.
Después añadió con deliberada ligereza:
—Los Ferrer no están tan mal: dinero, tiempo libre y un esposo que casi nunca vuelve temprano. Olvídate de tu madre y tu hermano; los dos están mal de la cabeza.
Gael intentó reír.
—Me ocuparé. No te preocupes.
Tomás seguía preocupado, así que cambió de tema.
—¿Dónde estás? Ven a ver el local. Ya instalaron varias máquinas y quiero enseñártelo todo.
El interés de Gael fue inmediato.
—Perfecto. Puedo regresar después por el resultado.
—Espérame. Salgo ahora.
La llamada terminó. Gael miró el celular sin concentrarse.
Julián estaba negociando el proyecto en las oficinas del Grupo Ferrer. Adrián nunca se lo había mencionado.
Por supuesto, no sabía que ambos tenían un pasado. Probablemente ni siquiera recordaba la recepción donde conoció a Gael.
Fuera del matrimonio, Adrián no conservaba ningún recuerdo de él. Había olvidado al mesero al que ayudó una vez sin darle importancia.
A pesar de ser ahora la persona con el vínculo más íntimo posible, Gael seguía fuera de la vida real de Adrián.
No abrió su contacto.
—Es un asunto pequeño —murmuró—. No tiene sentido molestarlo.
Aunque Adrián lo supiera, no podría cancelar una alianza empresarial de esa magnitud.
Gael no quería ponerlo en una situación difícil. Solo deseaba conservar en paz la vida que acababan de construir.