Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 13
Tras el estallido de furia de Victoria en el despacho, la noche cayó sobre la residencia Rossi con una pesadez sofocante. La mansión parecía contenida en un silencio tenso, donde cada sombra y cada crujido en los pasillos de caoba presagiaban que la calma no duraría mucho tiempo.
En la casa de huéspedes, doña Elena terminaba de recoger los platos de la cena. Don Mateo leía tranquilamente en el sillón mientras Cassandra contemplaba la noche a través del ventanal del salón. El aire del exterior traía el aroma a pino y a tierra húmeda, pero en el pecho de la joven persistía una leve opresión. La conversación con Victoria y la posterior negativa de Damián a dejarla salir solo confirmaban una cosa: la mansión Rossi era una jaula de oro donde la frontera entre la protección y la amenaza era ridículamente delgada.
De pronto, un suave golpe en la puerta de entrada rompió el murmullo de la noche.
Don Mateo se puso de pie por instinto, pero fue Marcos, el jefe de seguridad de Damián, quien abrió desde el exterior tras verificar la identidad del visitante.
Damián Rossi ingresó al vestíbulo. Lucía sin la chaqueta del traje, con la camisa oscura desabotonada en el cuello y la mirada cansada pero impenetrable. Su imponente presencia llenó el espacio de inmediato.
—Buenas noches —saludó el Alfa, dirigiendo una leve inclinación de cabeza hacia los padres de Cassandra antes de fijar sus ojos en la joven—. Cassandra, necesito hablar contigo un momento. A solas, si tus padres lo permiten.
Doña Elena e intercambió una mirada rápida con su esposo. Mateo asintió lentamente.
—Estaremos en el estudio revisando unos documentos, hija —dijo don Mateo, tomando a su esposa del brazo para darle espacio al dueño de la casa.
Cuando se quedaron a solas en la estancia, Damián caminó con paso lento hacia el ventanal, manteniéndose a una distancia prudente pero suficiente para sentir la intensidad de su aura dominante.
—Hablé con Victoria —comenzó Damián con voz grave y pausada—. Me comentó sobre la invitación que te hizo esta tarde para ir a la boutique.
Cassandra dio un paso al frente, sosteniéndole la mirada.
—Se lo imaginaba, señor Rossi. Le dije a la señora Victoria que mi prioridad es guardar reposo y cumplir con sus órdenes de no salir de la propiedad sin su autorización.
Una sutil sombra de aprobación cruzó los ojos oscuros de Damián.
—Hiciste bien —sentenció el Alfa—. Victoria no actúa por generosidad. Cada movimiento que hace tiene un objetivo calculado. No quiero que aceptes ningún favor, ningún regalo ni ninguna invitación de su parte, por más inofensiva que parezca. Si necesitas ropa, la señora Martha se encargará de traer a varios diseñadores a la casa de huéspedes para que elijas lo que desees desde la comodidad de este salón.
Cassandra asintió, sintiendo que el peso en su pecho se aligeraba un poco al saber que Damián no se dejaba engañar por las apariencias de su esposa.
—Entendido, señor Rossi. No tengo ningún interés en salir ni en comprometer la salud del bebé.
Damián la observó durante un largo segundo en silencio. Sus ojos recorrieron la postura erguida de Cassandra, la dignidad sencilla con la que llevaba su vestido holgado y la calma con la que enfrentaba la tormenta que la rodeaba.
—¿Te sientes bien aquí? —preguntó Damián en un tono inesperadamente suave, casi bajo—. ¿Tus padres están cómodos?
La pregunta tomó por sorpresa a Cassandra. Era la primera vez que el imponente Alfa mostraba un atisbo de genuino interés por su bienestar personal y no solo por la carga que llevaba en su vientre.
—Estamos bien, señor Rossi —respondió ella en un hilo de voz, sintiendo que un calor extraño le subía por el cuello—. Teniéndolos a ellos a mi lado, todo es más fácil de llevar. Le agradezco que haya permitido que se queden.
Damián dio un paso hacia ella, acortando la distancia que los separaba. Su figura alta y dominante proyectó una sombra sobre la joven, pero sus ojos no reflejaban frialdad, sino una intensidad protectora y oscura.
—Mientras estés bajo mi techo y lleves a mi heredero, nadie te hará daño, Cassandra —murmuró el Alfa con la voz grave resonando en la estancia—. Ni Victoria, ni su madre, ni nadie de mi propia familia. Tienes mi palabra.
Cassandra sintió que el corazón le daba un vuelco contra las costillas. La firmeza en la voz de Damián no solo transmitía seguridad, sino un compromiso implacable que la estremeció hasta lo más profundo.
Mientras tanto, en la terraza del piso superior de la mansión principal, Victoria caminaba de un lado a otro con una copa de vino en la mano, fumando tirones rápidos a un cigarrillo. La oscuridad de la noche cubría su rostro de una sombra siniestra.
A su lado, doña Beatriz observaba el destello de las luces de la casa de huéspedes a lo lejos.
—El idiota de Damián no se creyó el cuento de la boutique —siseó Victoria con amargura, tirando el cigarrillo al suelo y pisándolo con la punta de su tacón—. La sirvienta también se hizo la digna. No pude sacarla de la propiedad.
—Tranquilízate, Victoria —respondió doña Beatriz con voz helada y calculadora—. Si la rata no quiere salir de su madriguera, tendremos que hacer que la madriguera se vuelva inhabitable para ella.
Victoria giró la cabeza hacia su madre, entornando los ojos llenos de rencor.
—¿Qué tienes en mente, mamá?
—Nueve meses es mucho tiempo, hija mía —sonrió la mujer mayor con malicia pura—. Si Damián ha puesto a la clínica *Valentin* y a su seguridad a cuidar cada gramo de comida que entra por la boca de esa muerta de hambre, atacaremos por donde más le duele: su familia. Esos ancianos de pueblo no están acostumbrados a las presiones de este mundo. Un par de "sustos" bien planificados, y la misma Cassandra rogará por marcharse de esta mansión con su bastardo a cuestas.
Una sonrisa amarga y despiadada volvió a dibujarse en los labios pintados de rojo de Victoria mientras contemplaba la villa en la penumbra.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏