Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 18
Capítulo 18
Cayeron sin ruido.
Dentro de la casa, Perla hablaba con una vieja.
—Tomaste dinero y prometiste irte. ¿Por qué sigues en Obsidiana?
La partera suspiró.
—Han pasado quince años.
—La hija menor creció. Cada vez se parece más a la Luna Elena. Si alguien te encuentra, ¿crees que vivirás?
La vieja se cubrió el rostro.
—Lo sé.
Perla dejó una bolsa.
—Treinta monedas. Vete antes del amanecer.
Cuando salió, Clara no podía moverse.
Conocía a esa mujer.
De niña le compraba pan de miel en la calle. Clara había pensado que, por fin, alguien la quería sin pedir nada.
Era culpa.
Gael la llevó fuera.
—¿Asustada?
Clara negó, pero una lágrima le bajó por debajo del velo.
—Cuando era niña, me daba pan de miel. Yo creí que era buena.
—No llores. Las lágrimas no valen.
Clara lloró más.
Gael se quedó rígido. No era eso lo que quería.
—¿Cuándo supiste que Mireya no era tu madre?
Clara ocultó la cara.
No podía decir que venía de otra vida.
—Cuando enfermó, habló dormida. Repetía el nombre de Valeria. Después noté que me odiaba y a Valeria la miraba como una madre.
—Eres lista.
—Solo no quiero que Luna Elena siga dando sangre por una mentira.
El rostro de Gael se endureció.
—Si eres hija de Elena, no dejaré viva a esa gente.
—Gracias. Ahora debo volver.
Gael la vio marcharse por la puerta trasera del territorio Robles.
César apareció.
—La joven entró bien.
—La vigilo porque puede ser hija de Elena —dijo Gael.
César bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
—Claro.
Esa misma noche, Clara apenas llegó a su cama. La herida de la espalda se había abierto.
Rosa casi lloró al ver la sangre.
—No debió salir.
—Tenía que hacerlo.
En el santuario lunar, Elena se arrodilló antes del amanecer. Clara llegó con comida y esperó en silencio.
Inés le susurró:
—Valeria discute cada día. La Luna se debilita.
Elena abrió los ojos.
—Clara, viniste.
—La extrañé.
Clara ofreció comida al altar lunar y se arrodilló.
Diosa Luna, marca a quien deba pagar.
Al salir, Valeria apareció bostezando. Vio la comida y abrió la caja.
—Qué generosa.
Elena intentó detenerla.
—Es para el altar.
Valeria tiró todo al suelo.
—No me engañes.
Entonces perdió el equilibrio. Cayó por los escalones.
—¡Valeria!
Elena no alcanzó a sujetarla.
Valeria quedó inconsciente, con sangre entre el cabello.
El santuario se volvió un caos.
Clara ya iba camino a la galería cuando Rosa la alcanzó.
—Mi niña, Valeria cayó. La Luna y ella salieron del santuario.
Clara no volvió de inmediato. Primero entregó un lienzo a Emiliano.
—¿La herida mejoró? —preguntó él.
Clara sacó un frasco blanco.
—Quería preguntarle si conoce esta pomada.
Emiliano la olió y negó.
—No es de botica. Parece regalo del Alpha Supremo o de una casa de alto rango.
Clara pensó en Gael.
Antes de irse, Emiliano le habló de un viejo que había visto sus pinturas.
—Se enfadó y quiso conocerla.
El corazón de Clara saltó.
—Si sabe dónde está, avíseme.
Regresó al territorio Robles y encontró olor a sangre.
Inés tenía las mangas manchadas.
—Clara, ayúdeme. La Luna quiere vaciarse para salvar a Valeria.
Clara corrió.
Elena sostenía una daga. A su lado había un cuenco de sangre.
—Mamá, no.
—Valeria es mi vida. Su fiebre no baja. Si mi sangre puede salvarla, debo hacerlo.
Clara tomó la hoja con la mano desnuda. La piel se abrió. Su sangre cayó en el cuenco de Elena.
Las dos manchas rojas se mezclaron.
Inés se quedó sin aliento.
—Luna... su sangre y la de Clara se unieron.
Elena miró el cuenco como si hubiera visto abrirse el suelo.
—¿Por qué?
Inés susurró:
—Cuando dos sangres se reconocen, son del mismo linaje.
—No hables sin pruebas —dijo Elena, pero su voz temblaba.
Clara se arrodilló.
—Porque soy su hija.
Elena negó con la cabeza.
—Clara, te quiero. Te cuidaré. Pero Valeria es la hija que parí.
Tomó la daga otra vez.
Clara habló con desesperación.
—Use mi sangre entonces. Si usted es Alcázar y yo soy su hija, mi sangre también sirve.
Elena se quedó quieta.
—No bromees.
—Mireya dio a luz a Valeria. Cuando el sanador dijo que esa niña tenía defecto de linaje, la cambió por mí. Usted alimentó a la hija de Mireya durante quince años.
Elena cayó sentada.
—No.
—Encontré a la partera. Gael también sabe. Si no se lo decía hoy, usted habría muerto por Valeria. Después usarían mi sangre. Y después la de mi cachorro.
La última palabra salió rota.
Elena no entendió todo, pero vio el dolor.
Vio a la niña que había recibido un látigo por ella.
Vio el rostro que tanto se parecía al suyo.
—Clara...
—Mamá, ¿me cree?
Elena la tocó como si temiera que desapareciera.
—Te creo.
Clara se lanzó a sus brazos.
Inés, Rosa y la otra empleada lloraron en silencio.
Mireya golpeó la puerta.
—Luna Elena, ¿está lista? Valeria necesita la sangre.
Elena tomó la daga.
—Voy a matar a esa mujer.
Clara la detuvo.
—No ahora. Si Rodrigo sabía, nos aplastará antes de que tengamos pruebas. Si no sabía, debemos saberlo.
Elena abrió la boca, pero el mundo se le apagó.
Clara la sostuvo.
—Inés, Rosa, a la cama. Yo salgo.
Mireya estaba pegada a la puerta. Cuando esta se abrió, cayó hacia adelante.
Clara la miró desde arriba.
—¿Buscabas algo?
—¿Dónde está la Luna? Valeria está sufriendo.
Inés cerró la puerta.
—La Luna descansa. Si gritas, te saco del ala.
Mireya apretó los dientes.
—Soy compañera del Alpha Rodrigo.
—Y yo soy Beta personal de la Luna —respondió Inés—. Recuerda tu lugar.
Clara sonrió apenas.
La caza acababa de cambiar.
Elena y Rodrigo
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CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈