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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

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Capítulo 21: La gravedad de la sangre

El silencio en el recibidor de la casa adosada era tan denso que el crujido de la madera bajo las botas de Andrew pareció una detonación amortiguada.

Antonella sostuvo la manija de la puerta con la mano crispada. La cercanía del hombre desprendía una calidez que desafiaba la frialdad de la mañana londinense; olía a lluvia limpia, sándalo y a ese cuero caro que ella, con una ingenuidad que todavía le quemaba el alma, había confundido con la tapicería de un vehículo de alquiler.

Detrás de ella, Antony Harrington dio un paso al frente con una compostura impecable. Con las manos en los bolsillos de su pantalón de franela gris y la cabeza ligeramente erguida, el aristócrata británico clavó sus ojos claros en el magnate de Wall Street.

—Señor Prescott —dijo Antony, con esa modulación gélida y ceremoniosa que en la diplomacia equivalía a levantar una empalizada de fusiles—. Soy Antony Harrington.

Andrew desvió la mirada de Antonella por una milésima de segundo para medir al hombre frente a él. La tensión entre ambos fue instantánea: el heredero de un consulado imperial frente al líder de una dinastía financiera despiadada. Dos mundos que se conocían por litigios navieros y tratados comerciales, colisionando ahora en el pasillo de una vivienda privada en Notting Hill.

—Harrington —respondió Andrew con voz neutra, sin hacer el menor ademán de ofrecerle la mano—. Le agradezco que cuidara de mi esposa durante este tiempo. A partir de hoy, sus servicios diplomáticos dejan de ser necesarios.

Antonella sintió que la sangre le hervía en las sienes ante la insolencia del tono.

—Antony es mi amigo y mi familia por elección, Andrew. No hables de él como si fuera un empleado de tu nómina.

—Hablo de realidades, Antonella —replicó Andrew, devolviendo sus ojos ámbar a ella con una tranquilidad demoledora—. Y la realidad es que me pediste hasta las diez de la mañana. Son las diez y dos minutos. ¿Nos quedaremos en la puerta ventilando nuestras cuentas o me vas a permitir entrar?

Antes de que Antonella pudiera poner las condiciones de hierro que había ensayado durante la madrugada, el sonido de pequeños pasos apresurados sobre la alfombra del corredor disolvió la barrera.

—¡Es el auto amarillo! —la exclamación infantil, aguda y cargada de una alegría limpia, cortó el duelo de voluntades.

Patrick apareció en el arco que conectaba el comedor con el recibidor. Ignoró la presencia rígida de Antony y el rostro lívido de su madre; sus ojos dorados, idénticos a los del hombre en el umbral, estaban completamente fijos en la mano enguantada de Andrew, donde el cochecito de metal gastado brillaba bajo la luz blanca del tragaluz.

Antonella contuvo la respiración, sintiendo una punzada de angustia visceral en el pecho. Quiso interponerse, ordenarle al niño que regresara con Bianca, pero la parálisis del momento se lo impidió.

Andrew no dudó. Con un movimiento deliberado, se despojó del abrigo oscuro, dejándolo caer con descuido sobre el respaldo del perchero, y se arrodilló sobre una sola pierna sobre el suelo de roble. Quedó exactamente a la altura del pequeño, con la camisa blanca de tres piezas tirante sobre la espalda ancha y la mirada desprovista de cualquier coraza corporativa.

Extendió la palma abierta. El taxi amarillo descansaba en el centro.

—Un trato es un trato, Patrick —dijo Andrew en voz baja, con un tono tan sereno y seguro que al niño no le tembló un solo músculo—. Te prometí en el parque que te lo devolvería en cuanto nos viéramos de nuevo.

Patrick dio tres pasos lentos hacia él. Se detuvo a escasos centímetros de las rodillas de Andrew, examinando con detenimiento el rostro del hombre: la línea recta de su nariz, las pestañas oscuras y la sombra tenue que el golpe de la noche anterior había dejado cerca de su pómulo.

El niño estiró sus dedos pequeños, tomó el autito de metal y se lo guardó con presteza en el bolsillo del suéter de lana. Luego, con esa madurez desconcertante que ponía a temblar a los socios de St. James Capital, cruzó los bracitos sobre el pecho y ladeó la cabeza.

—Mi mamá dijo que tú eres Drew —afirmó Patrick, evaluándolo con mirada crítica—. Pero no tienes un taxi afuera. Tienes un auto muy grande, negro y silencioso.

A Andrew se le dibujó una media sonrisa ladeada, genuina y fascinada.

—Los taxis amarillos son para cruzar desiertos cuando hay prisa —respondió él, sin apartar los ojos del pequeño—. Los autos negros son para cuando llegas a la ciudad a quedarte.

—¿Te vas a quedar? —preguntó el niño, sin rodeos.

El silencio volvió a caer sobre la estancia, pesado como el plomo. Antonella dio un paso al frente, con la garganta seca, pero Andrew se adelantó, manteniendo la vista en su hijo con una solemnidad inquebrantable.

—Me voy a quedar todo el tiempo que sea necesario para enseñarte cómo funciona ese motor que estás armando —prometió Andrew—. Y para ver si eres tan bueno en el ajedrez como me dijeron.

Patrick parpadeó, y por primera vez una chispa de emoción pura iluminó sus facciones. Se dio media vuelta sobre sus talones y echó a correr hacia la sala de estar.

—¡Ven a ver el tablero! —gritó desde el salón—. ¡El tío Antony cree que puede hacerme jaque con su caballo blanco, pero está equivocado!

Andrew se puso de pie despacio. Sus ojos buscaron a Antonella. En el rostro de ella no quedaba rastro de la analista de Mayfair; había una vulnerabilidad desnuda, el miedo atroz de una madre que contempla cómo el muro que tardó cinco años en levantar se derrumba ante la sonrisa de su propio hijo.

—Permiso —dijo Andrew, pasando junto a ella sin esperar invitación, adentrándose con paso firme en la sala.

Antony se acercó a Antonella y le posó una mano en el hombro, susurrándole al oído con tono grave:

—Ese hombre no vino a negociar la custodia, Antonella. Vino a reclamar su lugar. Ten mucho cuidado con cada palabra que digas hoy.

Cuando Antonella entró al salón, la estampa la dejó sin aliento.

Andrew se había sentado en la alfombra, al lado de la mesa baja de centro, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Frente a él, Patrick señalaba las piezas de madera tallada con entusiasmo militar, explicándole su estrategia con una soltura que avergonzaría a la mayoría de los adultos. Bianca observaba desde la cocina, con una taza de té entre las manos y los ojos empañados por el desconcierto.

—Si muevo la torre a la casilla tres, su alfil no puede cruzar la diagonal sin perder la protección del peón —decía el niño, moviendo la pieza con una precisión milimétrica—. Antony juega a la defensa porque tiene miedo de arriesgar la reina.

Andrew inclinó el torso hacia adelante, analizando las coordenadas del juego con una rapidez pasmosa. Las comisuras de sus labios se elevaron con un orgullo tan feroz y primitivo que hizo que a Antonella le temblara el pulso. El niño no solo había heredado su fisonomía; tenía su misma mente abstracta, esa frialdad táctica que convertía cualquier tablero en un campo de batalla conquistado.

—No es una mala defensa, campeón —comentó Andrew, señalando con el dedo índice una casilla libre en el flanco izquierdo—. Pero si sacrificas ese peón en el próximo turno, obligarás a su rey a retroceder hacia la esquina del tablero. En tres movimientos, su caballo quedará atrapado sin salida. Es un gambito que aprendí en Oxford.

Patrick miró el tablero, luego alzó los ojos hacia Andrew con una admiración tan desbordante que pareció encender el aire.

—¿En Oxford? ¿Ahí van los taxistas?

Andrew soltó una carcajada profunda, rica y ronca, que llenó cada rincón de la casa adosada. Hacía años que nadie en Nueva York escuchaba reír a Andrew Prescott de esa forma; la dureza de su semblante se borró por completo, dejando al descubierto al hombre que el poder y la herencia habían sepultado bajo mil contratos.

—Van los taxistas que saben a dónde quieren llegar —respondió Andrew, despeinándole el cabello oscuro al pequeño con un gesto torpe pero infinitamente tierno.

Antonella apretó los puños, sintiendo que el nudo en su garganta la asfixiaba. No podía seguir presenciando aquello sin perder el control de sus propias emociones.

—Patrick —la voz de Antonella sonó más firme de lo que se sentía—. La tía Bianca necesita que la ayudes a cortar las manzanas para la tarta en el jardín trasero. Ve con ella, por favor.

El niño suspiró con dramatismo, pero al ver el rostro serio de su madre no protestó. Miró a Andrew con complicidad.

—No toques las piezas, Drew. Cuando vuelva te muestro cómo atrapo su caballo.

—Aquí te espero —aseguró Andrew, viéndolo marcharse hacia la cocina de la mano de Bianca, quien lanzó una última mirada de advertencia al magnate antes de cerrar la puerta del patio.

Antony Harrington, reconociendo con instinto diplomático el momento exacto para retirarse de la línea de tiro, se despidió de Antonella con una inclinación de cabeza y subió al despacho del primer piso para darles privacidad.

La sala quedó en un silencio sepulcral.

Andrew se puso de pie con lentitud, alisándose los pantalones del traje. Toda la calidez que había mostrado con Patrick se replegó bajo una capa de serenidad implacable al encarar a Antonella.

—Es brillante —dijo él, y su voz tembló ligeramente con una emoción que no pudo disfrazar—. Tiene cuatro años y piensa como un estratega de cincuenta.

—Es brillante porque lo eduqué yo —cortó Antonella, manteniéndose a dos metros de distancia, con los brazos cruzados como una coraza—. Porque me pasé noches enteras leyéndole libros de lógica y matemáticas mientras tú gobernabas tu consorcio y mandabas a la quiebra a mi familia.

Andrew dio un paso hacia ella, acortando el espacio. Su sombra volvió a envolverla.

—No voy a disculparme por lo que le hice a Richard Belmont, Antonella. Tu padre te trató como una res en una subasta y te arrojó a la calle sin mirar atrás. Merecía perder hasta la última moneda que tenía en el banco. Pero Patrick... Patrick no tiene la culpa de las guerras de nuestros apellidos.

—¿Y qué pretendes hacer entonces? —preguntó ella, desafiándolo con la barbilla en alto, aunque las lágrimas pugnaban por traicionarla de nuevo—. ¿Comprarlo con lecciones de ajedrez y autos negros? ¿Presentar esa demanda en los tribunales británicos y arrancármelo de los brazos para llevártelo a tu torre de Manhattan?

Andrew se detuvo a medio metro de ella. Sus ojos ámbar ardieron con una intensidad tan oscura y posesiva que Antonella sintió que el suelo volvía a ceder bajo sus pies.

—No voy a arrancarte a Patrick —dijo él, bajando el tono a un susurro que le rozó la piel como una caricia peligrosa—. Porque donde vaya mi hijo, vas a ir tú.

Antonella se quedó inmóvil, con el corazón martillándole el pecho.

—¿Qué estás diciendo?

—Que no voy a tolerar una custodia compartida por correspondencia transatlántica ni voy a conformarme con verlo en vacaciones escolares bajo la supervisión de un embajador —declaró Andrew con una frialdad categórica—. Eres mi esposa legítima ante la ley de los Estados Unidos. Patrick es mi único heredero de sangre. Y no pienso volver a Nueva York sin ustedes dos.

—Estás demente si crees que voy a volver a subirme a un avión contigo —siseó ella entre dientes, con el orgullo herido a flor de piel—. No te amo, Andrew. No sé quién eres. El hombre del que guardé un recuerdo dulce en esa capilla no existe; era una máscara que inventaste para burlarte de mi miedo.

Andrew dio el último paso que los separaba. Levantó la mano derecha y, antes de que ella pudiera esquivarlo, sus dedos atraparon su mandíbula con una firmeza que no admitía escape. El contacto de su piel quemó como fuego líquido.

—La máscara manejaba el auto, Antonella —susurró él, clavando la mirada en sus labios con un hambre que cinco años de ausencia no habían hecho más que multiplicar—. Pero el hombre que te tomó en esa suite, el que te hizo gritar su nombre hasta el amanecer y el que plantó a ese niño en tu vientre... fui yo. Y tú sabes perfectamente que cada palabra, cada caricia y cada beso de esa noche fueron reales.

Antonella intentó apartar la cara, pero su cuerpo la traicionó: un estremecimiento incontrolable recorrió su espalda, encendiendo un calor prohibido en sus entrañas.

—Suéltame... —suplicó ella, con la voz perdiendo toda la fuerza en un jadeo ahogado.

En lugar de soltarla, Andrew deslizó el pulgar sobre su labio inferior con una lentitud devastadora.

—Te daré una semana en Londres, Antonella. Siete días para que cierres tus asuntos en esa firma de inversiones y te despidas de tus amigos. Al cumplirse el plazo, un avión privado de Prescott Global saldrá hacia Nueva York. Volverás conmigo, vivirás bajo mi techo y le daremos a Patrick la familia que le arrebataste por huir con diez mil dólares en el bolsillo.

—¿Y si me niego? —lo desafió ella, temblando bajo su toque.

Andrew inclinó la cabeza hasta rozarle el oído con los labios, pronunciando las palabras que sellaron su destino con una crueldad exquisita:

—Si te niegas, compraré St. James Capital antes del mediodía, compraré cada propiedad de esta manzana y trasladaré la sede central de mi consorcio a Mayfair. Puedes huir de tu padre, Antonella... pero jamás vas a poder huir de mí.

1
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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