Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
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CAPITULO 14. LOS DOS MESES DE SOMBRAS.
Sesenta días de absoluto silencio se desplomaron sobre la capital, borrando las huellas del asfalto y sumiendo la búsqueda en un pozo de total oscuridad. Dos meses enteros habían transcurrido desde aquella madrugada en la que el bolso de mano apareció tirado entre los matorrales secos. El paso del tiempo, lejos de arrojar luz, había funcionado como una marea gris que desgastaba de forma gradual la última pizca de fe en el hogar de los Atelier. Las llamadas del detective García se habían vuelto espaciadas, los registros contables de las clínicas ya no ofrecían variaciones y las patrullas judiciales habían abandonado el peinado de los desguaces clandestinos del puerto ante la ausencia total de indicios físicos.
En la planta noble de la empresa, el vacío era insoportable. Brandon Atelier permanecía sentado frente a sus bocetos mecánicos con los ojos entornados y los puños cerrados sobre el plano del chasis. Su figura parecía haber envejecido una década; la rigidez de piedra de sus facciones se había transformado en un luto silencioso que compartía con su esposa Monique en mitad de las tardes desiertas. Toda la familia, exhausta tras haber removido cielo y tierra sin éxito, empezaba a rendirse ante la evidencia de una mancha de sangre que parecía ser el veredicto definitivo de una tragedia. Las influencias de Alejandro en los tribunales y el capital internacional de la firma se habían dado de bruces contra una muralla de sombras absoluta, dejándolos completamente devastados, atrapados en un abismo donde la esperanza ya no encontraba de qué aferrarse.
Mientras el luto se instalaba en la fábrica, en el subsuelo del centro clandestino de salud, el letargo de sesenta días alcanzaba su término de forma repentina. El pitido monótono de los monitores de soporte vital registró una alteración en el ritmo cardíaco de la paciente, rompiendo la calma apacible de la suite de color gris ceniza.
Lucía comenzó a mover los dedos de su mano izquierda, rozando la suavidad de las sábanas blancas con una agitación trémula. Un sutil parpadeo barrió sus pestañas claras antes de que sus ojos se abrieran por completo, enfocando el techo técnico de la estancia con una fijeza extraviada y empañada por la confusión absoluta. Sus pupilas, libres ya de la pesadez de la sedación profunda, recorrían las paredes insonorizadas sin reconocer un solo objeto del habitáculo.
No recordaba nada. El brutal traumatismo craneal del atropello había sellado sus recuerdos en un cofre de hierro inaccesible. El shock psicológico de la amnesia total la dejaba en blanco: no sabía dónde estaba, cómo había llegado a esa camilla médica de lujo y, lo que era aún más aterrador, no recordaba su propio nombre, su procedencia ni la traición del mecánico que la había dejado abandonada en el arcén.
Trató de incorporarse sobre los cojines, sintiendo una debilidad extrema en sus miembros debido a la inactividad de los dos meses, cuando una presencia imponente detuvo su movimiento de golpe.
Sentado en la butaca de piel, con la espalda recta y las piernas cruzadas de forma pausada, se encontraba Dante. Vestía un pantalón oscuro y una camisa fina de color gris marengo con las mangas sutilmente arremangadas, dejando a la vista la firmeza de sus antebrazos musculosos. Su estampa, de una frialdad analítica y un magnetismo salvaje absoluto, dominaba todo el espacio cerrado. El líder criminal no se había apartado de la clínica, gobernado por un impulso posesivo, territorial y ultraprotector que se intensificaba al verla volver a la vida. Su rostro de facciones afiladas se mantuvo firme, clavando sus ojos oscuros en las pupilas de ella.
Al notar que la joven lo observaba con un pánico primitivo, Dante se incorporó con un movimiento pausado que delató toda su complexión robusta y hombros anchos, acortando la distancia física hasta quedar inclinado sobre la cama médica.
—Tranquila. No intentes forzar los músculos —ordenó Dante con una voz profunda, nítida y de una seguridad aplastante que llenó la habitación—. Tu cuerpo ha estado dormido durante dos meses completos para reparar los daños sufridos en el accidente. No te preocupes estás completamente a salvo conmigo.
Lucía parpadeó lentamente, con el rostro bañado en una palidez de lo más pura, y se miró las manos limpias de anillos antes de levantar la vista hacia el hombre de piedra que la custodiaba.
—¿Quién... quién soy yo? —preguntó Lucía con un hilo de voz pastoso, quebrado y trémulo—. ¿Cómo me llamo? ¿Por qué no puedo recordar absolutamente nada de mi vida? Es como si tuviera la mente vacía... No sé quién soy.
Dante entornó los ojos, asimilando el dictamen de la amnesia total con una calma calculadora. Debido a la amnesia de ella y a que no existía ninguna denuncia por desaparición registrada en los canales ordinarios, su identidad seguía siendo un misterio absoluto. Sin embargo, frente al magnetismo salvaje que los envolvía en mitad de la suite médica, nada de aquello importaba en absoluto. En el centro de sus pupilas oscuras latía una fijeza posesiva; ella era suya , tanto como suyo era él para ella desde el mismo momento en que la encontro. El líder criminal no tenía la menor intención de soltar el hilo que el destino le había entregado en la carretera.
Una gélida sonrisa de medio lado, sutil e imperceptible, cruzó las facciones de Dante mientras estiraba su mano grande, rozando con una delicadeza extrema y un calor abrasador la piel suave de la mejilla de ella, provocándole a Lucía un chispazo eléctrico en las entrañas que le aceleró las pulsaciones en el monitor técnico.
—No tienes de qué preocuparte por tu nombre ahora —respondió Dante con una fijeza posesiva y exigente en sus pupilas—. Te encontré al borde de la muerte en una calzada secundaria de las afueras, abandonada por un conductor cobarde tras un impacto violento. No tenías documentación alguna encima. A partir de este segundo, tu única ley es recuperarte bajo mi amparo. Mañana por la mañana te trasladaré a mi propia mansión fortificada en las colinas del sur, lejos de las miradas del puerto. Allí tendrás seguridad absoluta y te devolveré la vida paso a paso. Estás bajo mi techo.
Lucía asintió en silencio, rindiéndose ante la firmeza protectora de sus hombros anchos y el magnetismo salvaje que la desarmaba por completo, bajando la barbilla en un gesto de sumisión instintiva ante su salvador.