Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 13
Capítulo 13: Qué rico
Ximena no se durmió.
Lo intentó con disciplina. Cerró los ojos, contó olas, respiró despacio, acomodó la almohada tres veces y se dijo que una mujer sensata no convertía una camisa prestada en un problema de Estado.
La sensatez perdió antes de la una de la mañana.
Cristian yacía a su lado, inmóvil. La respiración profunda, regular, le daba un aire de sueño pesado. La luz mínima que entraba por las cortinas dibujaba una línea plateada sobre su perfil. Sin traje, sin corbata, sin la armadura de todos los días, parecía menos inaccesible.
Más peligroso.
Ximena giró apenas la cabeza.
*Está dormido, ¿verdad? Dormidísimo. Frío por fuera, caliente por dentro, pero dormido. Una mirada no cuenta como delito.*
Cristian, que llevaba media hora despierto, no movió ni una pestaña.
Ella se incorporó con una cautela ridícula. La camisa blanca resbaló un poco sobre su hombro. Ximena la acomodó de inmediato, como si el cuarto pudiera juzgarla.
*Solo voy a verlo de cerca. Nada más. Nadie se ha divorciado por mirar a su propio esposo. Bueno, quizá sí, pero esa gente no tenía buen gusto.*
Se inclinó.
Cristian olía a jabón limpio, a madera suave, a algo suyo que no salía de ningún frasco caro. Ximena tragó saliva. La distancia entre su mano y el pecho de él se volvió un precipicio.
*Una vez. Toco una vez y me retiro como dama respetable.*
La punta de sus dedos tocó la tela de la camiseta que él usaba para dormir.
Cristian contuvo el aire.
Ximena abrió los ojos como si hubiera recibido permiso divino.
*Qué firme. Ay, no. Esto no es pecho, es una inversión patrimonial. ¿Por qué este hombre es así? ¿A quién le reclamó?*
Su mano bajó un centímetro.
*Si aquí está el pecho, entonces más abajo... No. Sí. No. Una mujer casada puede tener curiosidad académica. Abdomen de esposo, estudio de campo.*
Cristian sintió los dedos ligeros sobre su torso y se aferró a la última hebra de control que le quedaba. Había negociado con empresarios despiadados, resistido presiones familiares y soportado los pensamientos más disparatados de ella sin revelar su secreto.
Pero que Ximena lo tocara como si estuviera robándose algo, vestida con su camisa, en una cama mecida por el mar, era una categoría de tortura que ningún manual de autocontrol contemplaba.
*Dios mío, sí tiene. Claro que tiene. Esto es abdomen. Esto es injusticia social. Yo durmiendo en mi rincón y él aquí, con todo este material desperdiciado. Qué rico. Qué rico. Qué rico.*
Cristian abrió los ojos.
—¿Qué haces?
Ximena se congeló.
Su mano seguía sobre él.
—Nada.
—Tu mano dice otra cosa.
Ella la retiró como si se hubiera quemado.
—Pensé que estabas dormido.
—Eso noté.
La oscuridad la ayudó a ocultar el rubor, pero no el pánico.
*Me escuchó moverme. Me vio tocarlo. Me va a pensar una indecente. Una indecente con buen gusto, pero indecente. ¿Se puede negar evidencia táctil?*
Cristian giró hacia ella.
—¿Siempre eres así cuando crees que duermo?
—No.
*Sí. Bueno, no siempre. A veces solo lo imagino. A veces lo imagino con menos ropa. A veces lo imagino obedeciendo. Ay, cállate, mente traidora.*
Cristian apoyó el codo en la almohada.
—¿Qué imaginabas?
Ximena abrió la boca.
La cerró.
—Nada apropiado para decir en voz alta.
Él la miró en silencio.
Esa respuesta honesta, dicha con vergüenza y una valentía mínima, desarmó algo en él. No era una mujer calculando una escena. No era la esposa perfecta actuando. Era ella, atrapada entre el deseo y el miedo a que la rechazaran por mostrarlo.
Cristian extendió la mano y tocó el borde de la camisa en su hombro.
—Entonces no lo digas.
Ximena dejó de respirar.
—¿Qué?
—No hace falta.
*No. No, no, no. Esa voz. Esa voz no se usa a la una de la mañana con una mujer que ya perdió la dignidad tocando abdomen ajeno. Abdomen propio. Es mío por matrimonio. Técnicamente.*
Cristian tiró apenas de la tela, no lo suficiente para descubrirla, solo para acercarla. Ximena se deslizó unos centímetros hacia él.
—Cristian...
Su nombre salió como protesta.
Sonó como súplica.
Él la miró en la penumbra.
—Dime que pare.
Ximena tragó saliva.
Su mente, esa cosa inútil que siempre hablaba demasiado, solo pudo gritar una estupidez:
*No pares. No pares. No pares. Si este hombre se detiene ahora, me vuelvo loca.*
Cristian cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a besarla, ya no hubo paciencia.
La giró con cuidado, la hundió contra el colchón y la besó hasta que Ximena dejó de pensar en excusas, en contratos, en miedos que no quería mirar, en el mundo entero. Solo existía su boca, sus manos, el peso de su cuerpo, la forma en que la respiración de ambos empezó a romperse al mismo tiempo.
La camisa blanca se arrugó sin remedio.
La tela se volvió un estorbo.
La oscuridad, un cómplice.
Ximena se aferró a sus hombros cuando el ritmo de Cristian cambió. Primero lento, como si todavía quisiera memorizar cada reacción. Después más profundo, más insistente, más seguro. Ella arqueó la espalda sin poder evitarlo, y el gemido que intentó esconder terminó deshaciéndose en la garganta.
—Más bajo —susurró él, aunque su propia voz tampoco sonaba estable.
—Entonces no hagas eso...
Cristian volvió a moverse.
Ximena se mordió el labio.
No sirvió.
El siguiente gemido fue más claro, más dulce, más desesperado.
Cristian respiró contra su cuello, y esa pequeña pérdida de control en él la encendió todavía más. El hombre de hielo estaba temblando. Cristian Montalvo Reyes, el esposo correcto, distante, impecable, estaba perdiendo la cabeza encima de ella.
Y Ximena, que llevaba demasiado tiempo imaginándolo, descubrió que la realidad era mucho peor.
Mucho mejor.
El ritmo se volvió más rápido.
La cama respondió con un crujido suave. Ximena apretó los dedos en su espalda, incapaz de decidir si quería empujarlo lejos o atraerlo más. Cada movimiento la subía un poco más, la dejaba sin aire, sin fuerza, sin esa lengua venenosa con la que siempre se defendía.
—Cristian... —gimió otra vez.
Él la besó para tragarse su voz.
Pero Ximena ya no podía callarse.
El calor creció hasta volverse insoportable. Le temblaron los muslos, se le cerraron los ojos, y cuando Cristian enterró el rostro en su cuello y perdió por fin el último hilo de control, ella soltó un grito ahogado contra su hombro.
La cima la alcanzó de golpe.
No fue elegante.
No fue silenciosa.
Fue una sacudida entera, una ola caliente que la dejó aferrada a él, temblando, con la respiración rota y el nombre de Cristian deshecho entre los labios.
Cristian siguió abrazándola después.
Fuerte.
Como si también necesitara comprobar que seguían ahí.
Ximena tardó mucho en poder hablar.
Cuando por fin abrió los ojos, Cristian seguía sobre ella, con la frente apoyada junto a la suya y el pecho subiendo y bajando sin control.
Ximena tragó aire.
Luego, con la poca dignidad que le quedaba, murmuró:
—Para que conste... la sábana sí estaba mal puesta.
Cristian soltó una risa baja, ronca, casi incrédula.
Y la besó otra vez.
Cuando Ximena despertó, la luz del mediodía se filtraba por las cortinas.
Se quedó mirando el techo unos segundos, incapaz de recordar dónde estaba. Luego el barco se movió suavemente, su cuerpo protestó con una claridad humillante y la memoria volvió de golpe.
Se tapó la cara con la sábana.
—No.
Cristian, recién salido del baño con el cabello húmedo, la miró desde la puerta.
—Buenos días.
—No son días.
—Es mediodía.
—Peor.
*Me duele hasta el orgullo. ¿Qué le pasó anoche? ¿Leyó un manual secreto? ¿Fue el aire marino? ¿El poder de la camisa? Yo solo quería tocar un poquito y terminé entregando la patria.*
Cristian tomó una taza de café de la bandeja del servicio.
—Deberías comer algo.
Ximena asomó un ojo por encima de la sábana.
—¿Tú estás bien?
—Sí.
—Demasiado bien.
—¿Eso es una queja?
Ella volvió a esconderse.
—Es una observación.
*Antes era frío, correcto, casi aburrido si una ignoraba la cara y el cuerpo. Ahora resulta que el señor hielo sabe derretir paredes. ¿Quién me lo cambió? ¿Dónde pongo una queja? ¿O una felicitación?*
Cristian bebió café para ocultar la curva mínima de su boca.
—Mi mamá ha estado insistiendo mucho.
Ximena bajó la sábana.
—¿Tu mamá?
—Quiere nietos.
El rubor le subió hasta las orejas.
—¿Entonces fue por eso?
Cristian dejó la taza sobre la mesa.
—En parte.
La mentira era útil y miserable. También era la única que no revelaba que había escuchado cada "qué rico" de su mente.
Ximena se sentó despacio, envuelta en la sábana.
—No tienes que tomártelo tan en serio.
—¿La petición de mi madre?
—La... tarea.
*La tarea. Bravo, mujer. Acabas de llamar tarea a lo que anoche te hizo olvidar tu nombre, el clima y posiblemente la ubicación de tus rodillas.*
Cristian apartó la mirada antes de reaccionar.
—Descansa. Pedí comida ligera.
—¿Y mi maleta?
—Ya está aquí. La dejaron en el vestidor.
Ximena miró hacia la puerta como si allí estuviera una salvación tardía.
—Gracias.
—También se llevaron la otra.
—Bien.
*Adiós, maleta indecente. Gracias por tus servicios. Causaste daño, abriste puertas, arrugaste una camisa cara. Te recordaré con respeto.*
Cristian caminó hacia la salida.
—Voy a revisar unos asuntos. En la tarde tenemos cena con los demás.
—¿Cena?
—Sí.
Ximena cayó de espaldas en la cama.
—No puedo caminar.
Cristian se detuvo.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Ella se dio cuenta demasiado tarde.
*Tierra, trágame. Mar, húndeme. Cama, no me abandones.*
Cristian volvió la cabeza, serio como siempre.
—Entonces te cargo.
Ximena abrió los ojos.
—No te atrevas.
—Descansa —repitió él.
Salió antes de que su sonrisa se notara.
Dentro de la habitación, Ximena se cubrió otra vez con la sábana, pero esta vez no pudo evitar reírse.
El problema ya no era que Cristian fuera un bloque de hielo.
El problema era que, al parecer, el hielo sabía quemar.
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Muy bien,