⛈️🍒El amor Alfa x Alfa rompe todas las leyes de la naturaleza, nuevamente. 🍼🐺 ¿Se imaginan al imponente Min-hyuk con pancita y a Tae-jun liberando toda su cereza quemada para protegerlo? El cachorro Enigma ha llegado para reclamar su trono. 🍒⛈️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Fija, fría y directa
El silencio de la madrugada se quebró con el sonido ronco de los motores diésel. Tras obtener la ubicación exacta de la trinchera clandestina de la rata, el contraataque se puso en marcha con una precisión de relojería militar. No había espacio para los errores ni para la piedad; la soga que Jun-seo había colocado sobre el vientre de Min-hyuk iba a ser cortada esa misma noche con el filo de la pólvora.
Hendrik De Vries no pensaba dejar pasar una sola amenaza más cerca de su territorio. Con el rostro rígido y la masa muscular en tensión, miró de manera fija a su eterno jefe de seguridad.
—Joel, reúne a tus mejores hombres de asalto de inmediato —ordenó Hendrik, su voz profunda de abedul alquitranado cortando el aire de la central de control—. Quiero un equipo táctico pesado, blindaje completo y armas automáticas con silenciador. Vamos a reventar esa cloaca antes de que el sol asome.
—Entendido, señor De Vries —asintió el viejo Beta con una reverencia, activando los intercomunicadores de Aura.
Mientras los hombres preparaban el instrumental metálico, Tae-jun descendió con pasos rápidos hacia la suite médica. Abrió la puerta de forma suave, deslizándose en la penumbra del cuarto. Min-hyuk permanecía recostado de lado en las sábanas blancas, durmiendo bajo el efecto protector del tabaco dulce. Su pijama oscuro dejaba ver con total claridad la curva sutil de su vientre, esa pancita visible de cinco meses que la pantera no dejó de mirar por un microsegundo con una locura protectora.
Tae-jun se acercó a las doctoras Tania y Margaret, quienes vigilaban los monitores de frecuencia celular desde la esquina. Sus facciones de porcelana recuperaron su armadura de hielo, y sus ojos oscuros brillaron con una fijeza asesina.
—Debo salir a solucionar un problema urgente en el perímetro exterior —susurró Tae-jun manteniendo las manos ocultas en los bolsillos de su abrigo negro—. Cuiden de mi esposo y de mi hijo con su propia vida mientras no estoy. No permitan que nadie cruce este umbral.
—Vete tranquilo, rey —respondió la doctora Alfa Tania con seriedad profesional—. Margaret y yo mantendremos el escudo químico estable. Nadie va a tocar este nido.
Las médicas aceptaron encantadas, asegurando el perímetro interior. Tae-jun les dedicó una última mirada de profundo cariño a Min-hyuk antes de cerrar la puerta e ir al garaje, listo para transformarse en el verdugo.
Tres camionetas blindadas de color negro civil salieron en una formación perfecta de resistencia hacia el sector bajo, cortando el diluvio que azotaba la capital.
La operación de cerco fue impecable. Al llegar a la calle principal del edificio despintado, dos de las camionetas maniobraron de manera brusca, bloqueando por completo la avenida delantera y las salidas traseras de las escaleras de emergencia. La tercera camioneta detuvo su motor justo frente a la entrada del portal. Hendrik, Zen, Joel y Tae-jun bajaron con pasos pesados, flanqueados por los hombres con vestimenta táctica y chalecos de kevlar negro.
A tres pisos de altura, en el departamento número 104, el instinto de la rata de cloaca encendió una alarma de pánico animal.
Jun-seo permanecía de pie junto a la mesa de la cocina, rodeado por ese aroma rancio a vinagre blanco que delataba el colapso de su cordura. De repente, sintió que algo no estaba bien en el ambiente cerrado. Había demasiado silencio en la calle húmeda; los ruidos habituales de los borrachos habían desaparecido por completo. Se asomó a la ventana rota con cuidado, apartando la cortina sucia, y lo que vio le congeló la sangre en las venas.
Abajo, bajo las luces amarillentas de los faros, varios hombres con cascos y fusiles de asalto avanzaban en una línea de caza perfecta hacia el portal.
—¡Maldita sea... me encontraron! —rugió Jun-seo, su esencia de sótano húmedo volviéndose densamente amarga por la furia.
No pensó en la anciana Omega que permanecía encerrada en el cuarto, ni en sus mapas analógicos. Jun-seo corrió hacia la parte trasera del departamento, abrió la ventana de par en par y salió disparado por los peldaños metálicos de las escaleras de emergencia en medio de la llovizna. Un segundo después, un estallido sordo resonó en el pasillo interior: los hombres de Joel echaron abajo la puerta de madera del departamento con un golpe de ariete.
Los guardias ingresaron al cuarto con las linternas de las armas cortando la penumbra, encontrando la sala vacía. La anciana Omega, temblando por completo y con las lágrimas del terror corriendo por sus mejillas viejas, se asomó con las manos arriba.
—¡Se fue! ¡El Alfa se fue por la ventana trasera en cuanto escuchó los motores! —gritó la abuelita, muerta de miedo por el instrumental de los militares.
Joel transmitió la alerta por el intercomunicador de inmediato. En los techos altos de los edificios colindantes, la cacería de la rata comenzó sin preámbulos.
Jun-seo saltaba de una azotea a otra con una agilidad desesperada nacida del miedo a la muerte. El agua de la lluvia le empapaba el abrigo negro desgastado y sus botas resbalaban contra las tejas húmedas. Miró hacia atrás y vio las siluetas de dos guardias de Aura persiguiéndolo a grandes zancadas, cortando la niebla. Desesperado por el perímetro que se cerraba sobre su cabeza, Jun-seo se lanzó hacia adelante, rompiendo el cristal de una claraboya y entrando a la fuerza a un departamento del segundo piso por la ventana.
Los inquilinos soltaron gritos de sorpresa al ver al Alfa desquiciado cruzar la sala con el rastro rancio de su vinagre, pero Jun-seo los ignoró. Abrió la puerta de entrada, corrió por el pasillo interior y bajó las escaleras de concreto hacia un callejón oscuro.
Siguió corriendo con el corazón latiéndole a un ritmo frenético, sintiendo el eco de las botas pesadas de los guardias a su espalda. Salió del callejón directo hacia la avenida principal, buscando perderse entre los camiones de carga. Al intentar cruzar la calle mojada de manera demente, sin mirar a los lados por la agitación interna, el destino le cobró la primera factura.
Un auto de alquiler antiguo, que avanzaba a velocidad media por el carril rápido, lo golpeó de frente con un impacto seco.
El cuerpo de Jun-seo voló por los aires, golpeando el parabrisas antes de salir despedido hacia el asfalto, rodando entre el agua de la llovizna. El golpe fue brutal pero no lo mató; la resistencia de su propia casta Alfa evitó que sufriera una fractura letal, pero el impacto lo dejó sin aire, con el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado por completo en el suelo.
Antes de que pudiera arrastrarse hacia la acera, los hombres de Hendrik llegaron a la carrera. Lo levantaron del asfalto sin ninguna sutileza, le colocaron las esposas de acero inoxidable en las muñecas y lo subieron a la fuerza a la parte trasera de la camioneta negra blindada, desapareciendo del sector bajo en pocos segundos.
El viaje de regreso no terminó en la sede de Aura. Tae-jun no iba a contaminar el territorio de su lobo gestante con la inmundicia de su hermano menor.
La camioneta se detuvo frente a un depósito abandonado del puerto, una inmensa estructura de láminas de metal oxidado y vigas de roble negro que pertenecía a una de las cuentas personales y anónimas del bajo mundo de Tae-jun. El lugar estaba oscuro, iluminado únicamente por una luz blanca que colgaba en el centro del hangar vacío, dibujando sombras peligrosas en el suelo de concreto.
Los hombres de Joel bajaron a Jun-seo de la camioneta, arrojándolo de rodillas directamente sobre el suelo frío. La rata de cloaca lucía rota: tenía el rostro cubierto de sangre, el abrigo negro desgarrado, la respiración cortada por los golpes del accidente y las muñecas esposadas a la espalda baja, temblando por la humillación animal de su derrota.
Al levantar la vista, Jun-seo se topó con una estampa imponente que le congeló la cordura biológica por completo.
De pie en el centro del hangar, con una presencia soberana e indestructible que llenaba las paredes vacías, se encontraban los dos Alfas extranjeros y el Alfa rey de la Torre Kim. Zen Grimhand permanecía con su habitual elegancia gélida, desprendiendo su rastro nítido de ginebra seca, mientras Hendrik De Vries cruzaba sus brazos amplios sobre el pecho, una masa muscular de abedul ahumado que infundía pánico. Y en medio de ellos, Kim Tae-jun, el esposo de su hermano mayor, lo miraba con unos ojos felinos fijos, profundos y cargados de una fijeza de verdugo letal.
Desquiciado por la rabia y el desgarro emocional de verse vencido, Jun-seo intentó abalanzarse hacia adelante sobre su cuñado con un grito ronco, mostrando los dientes como un animal rabioso.
—¡Te voy a matar, Kim Tae-jun! ¡Te juro que voy a reventar a ese parásito que lleva Min-hyuk! —rugió Jun-seo, intentando morder el aire con su vinagre blanco rancio.
Sin embargo, los dos guardias que lo sostenían de los hombros lo retuvieron con una firmeza incuestionable, hundiéndole las rodillas en el concreto con un golpe seco que le arrancó un quejido de dolor.
Tae-jun caminó despacio hacia él, con pasos perezosos pero seguros, deteniéndose a un palmo de distancia. Se acomodó el cuello alto de su ropa oscura con un toque impecable de sus dedos largos, manteniendo una indiferencia mecánica que desarmó la última postura del menor.
—No voy a dar vueltas en este asunto, Jun-seo —siseó Tae-jun, con una voz desprovista de cualquier tono ligero—. No estoy aquí para interrogarte ni para averiguar el porqué de tu odio demente. Ya sé todo lo que tu cerebro podrido planeaba hacerle a mi esposo. Solo estoy aquí para informarte algo antes de que dejes este mundo: fue Chang el que te delató. El exguardaespaldas que contrataste vendió la dirección de tu pequeña pensión de mala muerte a cambio de un par de millones en criptomonedas anónimas. Las ratas siempre terminan mordiéndose entre sí en la cloaca por el precio del dinero.
Jun-seo se quedó helado por un segundo, las lágrimas de la impotencia y del pánico frío comenzando a correr libres por sus mejillas ensangrentadas. El dolor de la traición de su único aliado le destrozó las entrañas.
—Mis... mis padres no te lo van a perdonar si me matas, Tae-jun —tartamudeó Jun-seo con la voz completamente rota, buscando una salida en el sistema de castas familiar—. El viejo Min Dong-chul destruirá tu fusión en la bolsa de valores si descubren que eliminaste a su hijo menor... ¡Y el propio Min-hyuk jamás te perdonará que hayas derramado la sangre de su linaje familiar! No eres un dios para romper las leyes de esta manera. ¡Vas a sangrar conmigo!
Tae-jun dibujó una sonrisa ladeada, peligrosa en sus labios carnosos, una mueca de superioridad soberana que pareció bajar la temperatura del depósito un par de grados. Se inclinó sutilmente sobre la rata, liberando en ese instante una ráfaga masiva y concentrada de su aroma a cereza negra quemada y tabaco amargo que asfixió por completo el olor a vinagre de Jun-seo, hundiéndolo en una sumisión biológica destructiva.
—Te equivocas en tus cálculos, rata de cloaca —susurró Tae-jun al oído de su enemigo—. El único en este planeta que sabrá la verdad sobre tu destino será Min-hyuk. Pero no se lo diré ahora; lo haré en el futuro, cuando nuestro cachorro esté sano en el nido y el desgarro de tu nombre ya no pueda alterar sus venas. Se lo diré cuando sea necesario, y mi esposo me dará un beso tierno por haber limpiado el territorio por él. En cuanto a tus padres... jamás lo sabrán. Para ellos y para cualquier persona en este mundo, tú simplemente te esfumaste en el extranjero con el dinero que le robaste. Tu nombre será borrado del papel y nadie volverá a encender una lámpara por ti.
Tae-jun se enderezó despacio, dándole la espalda de manera con su habitual gracia perezosa. Caminó hacia la salida del hangar junto a Zen y Hendrik, ajustándose sus guantes de cuero oscuros con orgullo.
—Joel, termina con la demencia de este sujeto, por favor —pidió Tae-jun con total frialdad, sin girar la cabeza.
El viejo jefe de seguridad Beta dio un paso al frente, sacando de su chaleco táctico su arma con silenciador. Apuntó de manera fija, fría y directa al centro de la frente de Jun-seo, quien se quedó mirándolo con las pupilas dilatadas y la boca abierta en un grito mudo.
En medio de la penumbra del depósito abandonado, solo se escuchó un disparo sutil, un chasquido amortiguado que resonó de forma seca antes de que el cuerpo de la rata se desplomara inerte sobre el suelo, con la cabeza rota por el filo de la ejecución. La plaga que había infectado el nido de los amantes había sido exterminada de raíz por el precio de la sangre, manteniendo el secreto del milagro biológico completamente blindado en la oscuridad de la gran ciudad de Seúl antes de que el tercer trimestre comenzara a mover las piezas de su nuevo orden imperial.
🧚🫧 ¡Uff, mis Chickis bebés, qué final tan dark y sangriento para la rata de Jun-seo! 😭💥🔫, ¡y el secreto del embarazo Enigma de Min-hyuk quedó blindado con sangre! 🩸 Estaba escrito que los lobos reyes no perdonarían ninguna amenaza contra su pancita de cinco meses. Dejen sus valiosas reacciones en los comentarios: 👍🌟🎁🗳️ ¡Nos vemos! ¡Besitos, mis amores! 🫧🧚