Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 21
La presión atmosférica dentro del Pabellón del Loto Negro no aumentó por un cambio en el clima, sino por la densidad de la energía espiritual que inundó el recinto en cuanto la cortina de seda se abrió de par en par.
El Gran Patriarca, Dok-Gag Myeong, avanzó con pasos lentos y silenciosos. A su lado, la Gran Maestra de la Primera Rama proyectaba una sombra imponente, con la túnica bordada en hilo de plata oscilando ante la tensión del ambiente. Detrás de ellos, manteniendo una distancia estratégica pero visiblemente alerta, Meili y Lin cruzaron el umbral.
El Patriarca no miró los frascos volcados ni al médico que yacía temblando contra la pared. Su mirada, una rendija de obsidiana helada, se fijó directamente en la figura pequeña apoyada contra la piedra caliza.
—Un colapso pulmonar y tres laceraciones arteriales no se cicatrizan en una noche —habló la Gran Maestra de la Primera Rama, rompiendo el silencio con una voz grave que hizo vibrar el aire—. Ni siquiera con el elixir del Loto de Nueve Petalos.
La Gran Maestra dio un paso al frente y extendió la mano derecha. Un hilo casi invisible de Qi puro, de color verde oscuro, brotó de la punta de su índice y se disparó hacia el pecho de Daniel para examinar sus meridianos.
Sin embargo, antes de que el hilo de energía tocara la piel del niño, ocurrió una anomalía.
Un microcolapso de carga atómica reaccionó en el aire. El hilo de Qi no fue desviado ni bloqueado: simplemente dejó de existir, anulándose en una chispita violeta que se extinguió sin emitir sonido. Pero en esa millonésima de segundo en que la energía espiritual chocó contra la barrera de la Ciencia Negativa, una resonancia mucho más profunda y antigua parpadeó en el plano espiritual de Daniel.
El Patriarca y la Gran Maestra se congelaron al mismo tiempo. Sus pupilas se contrajeron.
Fue solo un reflejo, la sombra de un patrón místico dorado y púrpura que vibró en la profundidad del alma del niño, acompañado por el eco distante e imperceptible de cuatro armas divinas. No era una técnica de veneno ni un arte demoníaco del continente. Era una emanación de origen primordial, un sello atado a la existencia misma del infante.
Daniel, ajeno a la lectura espiritual de los dos ancianos, solo sintió cómo el dolor en su cabeza se multiplicaba por diez. Se agarró la frente con fuerza, sintiendo que el cráneo le iba a estallar.
¿Desde cuándo una bendita reencarnación es tan caótica y adolorida?, pensó Daniel con amargura, apretando los dientes mientras la náusea le subía por la garganta. Si esto fuera una historia normal tendría una interfaz flotante explicándome qué demonios pasa, no dos ancianos mirándome como si fuera un monstruo mientras mi cerebro se derrite.
—Ese rastro... —murmuró la Gran Maestra, con un matiz de incredulidad en la voz por primera vez en años—. No es energía de la Secta Hanyang. Tampoco es una maldición de sangre. Es un sello místico directo al alma.
El Patriarca dio un paso más, liberando una fracción de su presencia dominante para acorralar la voluntad del niño.
—¿Quién te implantó ese sello en la cuna? —demandó el Patriarca con voz de trueno contenido—. ¿Qué tipo de arte prohibido utilizaste en la frontera para borrar tres metros de materia sin dejar rastro de Qi? ¿Quién te envió al territorio de nuestro clan?
—Responde, niño —añadió la Gran Maestra, apretando el paso—. ¿Eres un recipiente de la Secta Central? ¿Un espía enviado por los ancianos de la montaña sagrada? ¿Cómo sobreviviste a la destrucción celular?
Las preguntas cayeron sobre Daniel como golpes de martillo. La densidad del Qi que emanaba de los dos líderes aplastaba el aire del pabellón, dificultando la respiración de su pequeño cuerpo de seis años.
Daniel alzó la cabeza con lentitud. Sus ojos, enrojecidos por la fatiga y la migraña, miraron directamente al Gran Patriarca sin un solo trazo de reverencia o temor escénico.
—No tengo... ni una sola respuesta para sus preguntas —dijo Daniel con voz rasposa, arrastrando cada sílaba por la sequedad de la garganta.
—No juegues con nuestra paciencia —advirtió la Gran Maestra, dando un paso más.
—Le digo la verdad —interrumpió Daniel, arrugando el rostro por la irritación y apretándose el estómago con la otra mano—. No sé qué demonios es ese sello, no sé qué quieren que les responda... y si siguen presionándome con esa presencia suya, lo único que van a conseguir es que les vomite encima de sus túnicas.
La respuesta cayó como una piedra en un estanque helado.
Por un instante, el majestuoso e intimidante ambiente del interrogatorio se rompió por completo. La solidez e irreverencia pragmática del niño dejó a la cúpula del clan en un silencio estupefacto.
—¡Suficiente! —la voz de Meili resonó en el pabellón mientras daba un paso al frente, interponiéndose físicamente entre la presión espiritual del Patriarca y la camilla de Daniel.
—Abuela, Gran Patriarca, detengan esto —agregó Lin, colocándose al lado de Meili con la mano posada sobre la empuñadura de su espada corta—. Su cuerpo apenas se reestructuró anoche. Si le aplican más presión espiritual, van a colapsar sus meridianos otra vez y no obtendremos nada más que un cadáver.
—Está confundido —insistió Meili, mirando de reojo a Daniel, quien se había dejado caer sentado sobre el borde de la camilla, respirando agitadamente—. Ni siquiera él entiende la naturaleza de lo que ocurrió en la frontera. Bombardearlo con interrogatorios en este estado solo va a destruir al único recurso que tenemos para frenar a Hanyang.
La Gran Maestra miró a sus dos herederas y luego cruzó una mirada calculadora con el Patriarca. La tensión en el aire comenzó a ceder gradualmente a medida que los dos ancianos replegaban su energía.
—Está bien —dijo finalmente el Patriarca, acomodándose las mangas de su túnica oscura—. Por ahora, el Pabellón del Loto Negro quedará bajo vigilancia absoluta de la Primera Rama. Ningún anciano del consejo ni médico externo tendrá acceso a este lugar sin mi autorización directa.
El Patriarca volvió su mirada hacia Daniel, evaluándolo con una frialdad puramente estratégica.
—Recupérate, niño. La Secta Hanyang ya ha enviado patrullas a inspeccionar el cráter de la frontera. Mañana mismo comenzarás a estudiar los registros botánicos y la alquimia de venenos de nuestro clan. Si no puedes explicar la naturaleza de tu poder, al menos aprenderás a enmascararlo ante el mundo antes de que vengan a buscarte.
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