Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Cerrando puertas...
Las semanas comenzaron a transcurrir con una rapidez abrumadora.
Desde el exitoso lanzamiento del Proyecto NÉMESIS, el Grupo MTG no había dejado de crecer.
Los contratos internacionales llegaban uno tras otro.
Los inversionistas que meses atrás habían dudado de la empresa ahora competían por formar parte de sus nuevos proyectos.
El nombre de MTG aparecía todos los días en las noticias económicas.
Y, sin embargo...
El hombre responsable de aquel renacimiento apenas dormía.
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Eran las seis y media de la mañana.
La luz del amanecer apenas comenzaba a iluminar el último piso del edificio corporativo.
En la oficina presidencial ya había una persona trabajando.
Adrián Montenegro.
Sobre su escritorio descansaban decenas de carpetas.
Informes financieros.
Contratos.
Planes de expansión.
Poderes notariales.
Documentos internos.
Todo debía quedar perfectamente organizado antes de su viaje al extranjero.
No quería dejar ningún asunto pendiente.
Cada documento era revisado dos y hasta tres veces.
Cada firma era verificada.
Cada decisión importante quedaba respaldada por escrito.
Adrián sabía que, aunque estaría lejos, seguiría siendo el presidente de MTG.
Por eso necesitaba dejar una empresa sólida.
Una empresa capaz de caminar incluso cuando él no estuviera presente.
Golpearon la puerta.
—Adelante.
Gabriel entró sosteniendo una montaña de carpetas.
Su aspecto era lamentable.
La corbata estaba torcida.
El cabello completamente despeinado.
Llevaba un café en una mano y otro vaso de café en la otra.
Adrián levantó una ceja.
—¿Dormiste?
Gabriel soltó una risa cansada.
—Dos horas.
Y creo que una de ellas la pasé soñando con balances financieros.
Adrián no pudo evitar sonreír.
—Bienvenido al puesto de vicepresidente.
Gabriel dejó caer las carpetas sobre el escritorio.
—¿Siempre trabajabas tanto?
—Más de lo que imaginas.
Gabriel lo miró con incredulidad.
—Pensé que exagerabas cuando decías que ser presidente era vivir dentro de la empresa.
Ahora entiendo por qué nunca tenías tiempo.
Adrián cerró lentamente una carpeta.
—Con el tiempo aprenderás a organizarte.
No necesitas resolver todo en un solo día.
Gabriel suspiró.
—Eso intento repetirme cada cinco minutos.
Ambos soltaron una pequeña risa.
A pesar del cansancio...
El ambiente era mucho más ligero que meses atrás.
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Mientras tanto...
En otra parte de la ciudad.
Valeria observaba su reflejo frente al espejo.
Su vida había cambiado.
Pasaba casi todo el tiempo con Damián.
Él la llevaba a eventos exclusivos.
Reuniones.
Fiestas.
Cenas.
Y, poco a poco, comenzó a influir en su manera de pensar.
—No deberías preocuparte por Adrián.
Le repetía constantemente.
—Él solo intenta llamar tu atención.
Valeria terminaba creyéndolo.
Cada vez que escuchaba alguna noticia sobre MTG...
Sonreía con superioridad.
—Seguro sigue intentando demostrarme que puede vivir sin mí.
Su orgullo crecía día tras día.
Convencida de que Adrián seguía enamorado de ella...
Pensaba que tarde o temprano volvería a buscarla.
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Aquella mañana decidió ir a MTG.
No pidió cita.
No llamó.
Simplemente apareció en la recepción principal.
Los empleados la reconocieron enseguida.
Muchos bajaron la mirada.
Otros fingieron seguir trabajando.
El ambiente cambió por completo.
La recepcionista habló con educación.
—Buenos días, señora Valeria.
¿En qué puedo ayudarla?
—Quiero ver a Adrián.
—El presidente está reunido.
Valeria sonrió con arrogancia.
—No importa.
Dile que vine.
La recepcionista hizo una llamada.
Minutos después...
Gabriel salió del ascensor.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
Al verla, respiró lentamente.
—Buenos días.
Valeria sonrió con suficiencia.
—Por fin alguien sensato.
Ve a decirle a Adrián que estoy aquí.
Gabriel permaneció completamente serio.
—El presidente no puede recibirla.
La sonrisa desapareció del rostro de Valeria.
—¿Cómo dices?
—Tiene reuniones durante toda la mañana.
Si desea tratar algún asunto legal relacionado con el divorcio, puede comunicarse mediante los abogados.
Valeria soltó una risa burlona.
—Gabriel...
No juegues.
Solo anúnciame.
Él negó con la cabeza.
—No.
Ella dio un paso hacia adelante.
—¿Sabes con quién estás hablando?
Gabriel respondió sin alterar el tono.
—Sí.
Con una persona que ya no forma parte de esta empresa.
El silencio fue inmediato.
Los empleados comenzaron a observar discretamente desde sus escritorios.
Valeria sintió que el rostro le ardía.
—¿Te atreves a hablarme así?
Gabriel cruzó las manos detrás de la espalda.
—Estoy cumpliendo mi trabajo.
—Quítate.
Voy a entrar.
Intentó caminar hacia los ascensores.
Dos guardias de seguridad dieron un paso al frente.
No levantaron la voz.
Uno de ellos habló con respeto.
—Señora, no puede pasar sin autorización.
Valeria los miró con indignación.
—¿Van a impedirme el paso?
Gabriel respondió antes que ellos.
—Sí.
Ella volvió a mirar los ascensores.
—Adrián...
¡Sé que estás aquí!
Su voz resonó por todo el vestíbulo.
Algunos empleados dejaron de escribir.
Otros intercambiaron miradas incómodas.
Gabriel respiró hondo.
No quería montar un espectáculo.
—Señora Valeria.
Le pido que abandone las instalaciones.
—No me moveré hasta hablar con él.
Gabriel guardó silencio unos segundos.
Después miró a los guardias.
—Acompáñenla a la salida.
Los dos agentes se acercaron con calma.
—Por favor, señora.
Valeria retrocedió un paso.
—¡No me toquen!
Uno de los guardias respondió con voz tranquila.
—No deseamos ningún inconveniente.
Solo le pedimos que nos acompañe.
Ella continuó protestando.
—¡Esto es ridículo!
¡Adrián jamás permitiría que me trataran así!
Gabriel la observó sin cambiar de expresión.
—El presidente fue quien dejó instrucciones claras sobre quién puede acceder a las áreas privadas de la empresa.
Valeria quedó inmóvil.
Por un instante...
No supo qué responder.
Los guardias, viendo que ella finalmente dejaba de insistir, la guiaron hacia la salida sin usar la fuerza.
Antes de cruzar la puerta principal, Valeria giró la cabeza.
Miró a Gabriel con una mezcla de rabia y orgullo herido.
—Dile a Adrián...
Que tarde o temprano terminará buscándome.
Gabriel sostuvo su mirada.
Su respuesta fue breve.
—Le transmitiré el mensaje... si algún día pregunta por usted.
Aquellas palabras fueron más dolorosas que cualquier grito.
Valeria apretó los puños.
Se dio media vuelta.
Y abandonó el edificio con la cabeza en alto, convencida de que todo aquello no era más que otra estrategia de Adrián para llamar su atención.
Desde el ventanal del último piso, Adrián observó cómo el automóvil de Valeria abandonaba lentamente el estacionamiento.
No sintió alivio.
No sintió tristeza.
Solo comprendió que había una distancia imposible de medir entre la persona que alguna vez amó... y la mujer que acababa de marcharse.
Dentro de pocos días, él también partiría.
Y, con ese viaje, comenzaría una etapa completamente distinta de su vida.