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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:86
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

Gael no sabía pedir cariño. Nunca había fingido intimidad con Adrián, así que aquella acusación no tenía ningún fundamento.

—Estás inventando cosas —protestó en voz baja.

La mano apoyada sobre su cintura se cerró un poco. Al parecer, Gael no era tan cobarde si se atrevía a contradecirlo.

—Silencio. Viene alguien.

Gael alzó la vista y vio a Bruno en la entrada, con una expresión difícil de descifrar.

Su cuerpo se tensó. Adrián había conocido a los Luján, por supuesto, pero ninguno le había parecido digno de recordar. Tampoco era un hombre que midiera sus actos por la presencia de otras personas. Simplemente le resultaba entretenido provocar a Gael.

Bruno se acercó primero y le sonrió con dulzura.

—Adrián, qué gusto que vinieras.

El alfa no respondió. Demasiadas personas intentaban tratarlo con familiaridad y ni siquiera se molestó en mirarlo.

Dirigió una mirada hacia la entrada y se inclinó hacia Gael.

—Entremos.

Aunque en la puerta hubiera estado alguien más importante que Bruno, nadie se habría atrevido a objetar. Adrián Ferrer era el alfa clase S al frente del Grupo Ferrer, uno de los empresarios más jóvenes y poderosos de la capital.

Gael asintió. Apenas habían llegado a la entrada cuando Octavio y Clara salieron a recibirlos.

—¡Señor Ferrer!

Octavio sonreía con un servilismo tan sincero que resultaba desagradable.

—Pase, por favor. No imaginábamos que nos honraría con su presencia. Esta casa cambia por completo con su visita.

Clara sintió vergüenza ajena. Tampoco esperaba que Adrián apareciera de verdad, de modo que su sonrisa se veía rígida.

—Señor Ferrer, le agradecemos que haya encontrado tiempo para…

—No fue difícil —la interrumpió—. Cancelé una junta para acompañar a Gael. Nos iremos antes de las dos.

La sonrisa de Clara se volvió todavía más forzada. Ambos eran sus hijos, pero nunca los había querido por igual. Si Gael ya sabía convencer a Adrián para visitar a los Luján, ¿qué quedaba para su adorado Bruno?

Adrián mostraba con absoluta claridad lo poco que le importaba aquella familia. Octavio no podía ofenderse. Se tragó la humillación y siguió sonriendo; después de todo, Gael también era hijo suyo y pensaba aprovechar cualquier beneficio.

Gael estaba alarmado. ¿Adrián había cancelado una junta por aquella comida? Cada minuto de su tiempo debía de valer más que todo lo que habría sobre la mesa.

Bruno lo observó con una mezcla de emociones. Para los tres Luján, Gael se había convertido de pronto en un beta calculador que sabía manipular a su esposo.

Gael quería preguntarle a Adrián si de verdad había pospuesto su trabajo, pero no encontró oportunidad. Solo pudo mirarlo de reojo.

Bruno volvió a colocarse frente al alfa.

—La comida ya está lista. Papá, mamá, acompañen a Adrián a la sala. Gael, ¿no dijiste que prepararías un postre?

Lo miró con intención.

—Voy contigo a la cocina.

Era evidente que quería hablar a solas. Gael se volvió hacia Adrián.

—¿Puedo ir un momento? No tardaré.

Adrián retiró el brazo de su cintura.

—Ve.

—Por aquí, señor Ferrer —se apresuró a decir Clara.

Bruno llevó a Gael hasta el fondo de la cocina. Solo cuando estuvo seguro de que nadie los escuchaba, le soltó el brazo de golpe.

—¿Por qué vino Adrián? ¿Qué hiciste? ¿Lo sedujiste?

La acusación no tenía sentido y Gael estaba cansado.

—Tú y mamá me pidieron que lo trajera.

—¡Eso ya lo sé! Quiero saber por qué aceptó venir contigo.

Bruno envidiaba que Gael se hubiera casado con Adrián. Quería que consiguiera ventajas para los Luján, pero no soportaba la posibilidad de que de verdad hubiera captado el interés del alfa.

—No lo sé.

Bruno se enfureció.

—¿Ahora te crees demasiado importante para contestarme?

Gael apretó los labios.

—No es fácil adivinar lo que piensa. Sabe perfectamente lo que ha intentado hacer esta familia. Deberías preguntarte por qué decidió venir.

Había cedido durante años por respeto y por la esperanza de pertenecer a esa familia. En ese momento ya no tenía fuerzas para otra discusión inútil. Dio media vuelta y salió.

Bruno se quedó atrás, fulminándolo con la mirada.

Clara no había esperado realmente la visita. La supuesta comida familiar era modesta incluso para los Luján y no podía compararse con lo que se servía en casa de los Ferrer.

Cuando Gael regresó, Octavio intentaba impresionar a Adrián mientras Clara lanzaba miradas inquietas hacia la cocina.

Al verlo solo, buscó a Bruno detrás de él. Su expresión se endureció. De no haber estado Adrián presente, habría reprendido a Gael en ese mismo instante. En su lugar, le dirigió una mirada acusadora.

Gael fingió no verla y se sentó junto a su esposo.

Aunque se encontraran en la mesa de los Luján, Adrián parecía ocupar la cabecera de una sala de juntas. Escuchaba a Octavio venderse con desesperación sin dignarse siquiera a responder.

Al notar a Gael, levantó los ojos. No había pasado por alto las expresiones de sus padres cuando se acercó.

Sabía que nadie podía preparar un postre en tan poco tiempo, pero preguntó con deliberada curiosidad:

—¿Qué hiciste?

Gael todavía no salía de su mal humor.

—Preparé… eh…

No había preparado nada. Bruno solo había usado la cocina como pretexto y Gael ni siquiera había visto qué postre había dispuesto el personal.

Adrián esperó, entretenido. Gael se puso rojo y buscó una salida. En ese momento, Bruno se acercó con un plato pequeño y elegante.

—Adrián, traje macarons. No sé si te gustará el sabor.

Había una mesa llena de gente y un solo plato diminuto frente al invitado. Adrián probablemente nunca había visto una recepción tan miserable.

Arqueó una ceja. No tenía interés en probarlos, pero supuso que Gael habría participado en el último paso de la preparación.

Gael ya le había hecho postres algunas veces. Contra todo pronóstico, le gustaban. Adrián no era aficionado a lo dulce: los probaba cuando estaba de buen humor; cuando no, ignoraba por igual al postre y a Gael.

Ese día todavía conservaba algo de paciencia. Cortó un pedazo y se lo llevó a la boca.

Bajo la mirada expectante de Bruno, tomó una servilleta con elegancia y escupió el bocado sin tragarlo. Fue un gesto deliberadamente descortés.

Dejó la servilleta en un plato vacío. Sin mirar a Bruno, contempló el macaron.

—Con razón no supiste responder, mentiroso.

En menos de una hora, Gael había sido acusado de pedir cariño y de mentir. Si estuvieran en la cama, ya se habría puesto a llorar de vergüenza. Allí hizo un esfuerzo por mantener la calma.

—Cuando volvamos te prepararé otro, se…

Adrián conocía bien su timidez y esperó con una paciencia excepcional.

Gael sintió su mirada y casi se mordió la lengua.

—¿Es… esposo?

Adrián se sorprendió. Había supuesto que Gael elegiría llamarlo por su nombre.

Todos en la mesa quedaron inmóviles. La sensación también fue extraña para él, pero había autorizado aquella actuación y aceptó el trato sin corregirlo.

La intimidad entre ambos borró por completo la presencia de Bruno, que quedó de pie como si fuera parte del servicio. Le temblaba el cuerpo de rabia, pero no se atrevió a protestar.

Clara no podía soportar que su hijo favorito fuera humillado.

—Bruno, ven a sentarte. El señor Ferrer nunca ha sido aficionado a los dulces. No debiste insistir.

La aparente reprimenda estaba llena de consuelo. Bruno se sentó junto a ella con gesto herido.

Octavio, en cambio, había comprendido que Adrián trataba bien a Gael. Recuperó la sonrisa y empezó a servir comida.

—Comamos, comamos.

Adrián no quería probar nada. Su exigencia alcanzaba cada aspecto de su vida. A Gael no le importaba el menú, pero sabía que su esposo no disfrutaría un solo plato.

Octavio retomó el tema del nuevo proyecto del Grupo Ferrer.

—Será una inversión enorme y la familia Reyes también participa, ¿cierto? Señor Ferrer, con la relación que existe entre nosotros, quizá podría…

Gael frunció el ceño.

—Papá, primero comamos.

Octavio no podía enfrentarse a Adrián, pero regañar a Gael era un hábito.

—Estoy hablando con el señor Ferrer. Esto no te incumbe.

Clara intervino con falsa serenidad.

—No entiendes de negocios. Sube con Bruno.

Bruno sonrió con malicia.

—¿No quería Adrián probar un postre tuyo? Puedes volver a la cocina.

Adrián contempló sin intermediarios el lugar que Gael ocupaba en su propia familia.

Para Gael era una escena conocida. Habló sin elevar la voz.

—No entiendo de negocios, pero sé que cualquier inversión exige cumplir ciertos requisitos. Pueden presentar una solicitud por la vía normal.

El rostro de Octavio se oscureció.

—¡Gael!

Adrián golpeó la mesa dos veces con los nudillos. No fue fuerte, pero Octavio enmudeció. Clara y Bruno lo miraron con expectación.

—Si no recuerdo mal —dijo Adrián, recorriendo la residencia con los ojos—, esta casa fue mi regalo de bodas para Gael.

Octavio bajó la voz. La había pedido con el pretexto del matrimonio de su hijo y Adrián se la había entregado sin discutir. Los Luján todavía no comprendían que su generosidad siempre tenía un destinatario preciso.

—El proyecto requiere capital y ustedes no pueden aportarlo. Lo único que pudieron ofrecer fue a Gael, ¿no es así?

Clara adoptó una expresión ofendida y Octavio ya no pudo conservar la sonrisa.

—Señor Ferrer, eso…

Adrián se puso de pie.

—Por su posición, en efecto, «señor Ferrer» es la única forma en que deberían dirigirse a mí.

El golpe iba directo a Bruno y a su falsa familiaridad. Como omega clase A, sus padres lo habían consentido desde niño y nunca había soportado una humillación semejante. Le zumbaron los oídos y se levantó de golpe.

—¡Fuiste tú, Gael! ¿Qué le dijiste para que…?

Gael no escuchó el resto. Adrián ya lo había tomado por la cintura para levantarlo de la silla.

—¿Quién te enseñó a decirme esposo? —murmuró junto a su oído—. ¿Mm?

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