Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 21
Sofía se quedó paralizada en la entrada del complejo, con la mano de Tiago aún en la suya. Matías estaba apoyado contra el deportivo plateado, el abrigo negro ondeando con el viento de la mañana. Sus ojos la miraron fijo, sin parpadear.
—¿Cómo sabés que llevo a Tiago a lo de Lucas? —preguntó ella, la voz baja pero temblorosa.
Matías se enderezó con lentitud.
—Saber todo de vos siempre fue fácil.
Sofía sintió un escalofrío. El avión salía en tres horas. No tenía tiempo para discutir.
—Tenemos que irnos —dijo, tirando suavemente de Tiago hacia el garaje.
Matías se adelantó en dos pasos largos y tomó la valija pequeña del niño.
—Déjame a mí. El nene se queda conmigo.
Sofía se detuvo en seco.
—No. Ya está arreglado con Lucas.
Matías levantó una ceja.
—¿Preferís molestar a tu jefe antes que a mí?
Sin esperar respuesta, abrió la puerta trasera del auto, levantó a Tiago con un movimiento fluido y lo sentó en el asiento infantil que ya estaba instalado. El niño no protestó; al contrario, se dejó acomodar, mirando a Matías con ojos curiosos.
Sofía apretó los labios. Tiago la miró desde el asiento, los ojos grandes y suplicantes. No dijo nada, pero la mirada lo decía todo: quería quedarse.
Ella cerró los ojos un segundo. Luego suspiró.
—Está bien. Pero solo hasta que vuelva.
Matías asintió. Extendió la mano.
—Dame tu teléfono. Quiero que me agregues de nuevo.
Sofía dudó, pero sacó el celular, buscó su número y lo aceptó otra vez como contacto. Matías guardó el aparato en el bolsillo.
—Te debo un favor —dijo ella, ya resignada.
Matías sonrió apenas.
—Uno más.
Sofía miró el reloj, besó a Tiago en la frente y le susurró:
—Portate bien. Mamá vuelve pronto.
Corrió hacia el taxi que había pedido y se perdió en la avenida.
En el auto, Matías puso el motor en marcha. Tiago, desde atrás, miró el tablero lleno de luces y botones con fascinación.
—¿Te gusta el auto? —preguntó Matías.
Tiago asintió con entusiasmo.
—Cuando seas grande y saques el registro, te regalo uno.
Tiago se inclinó hacia adelante, lo más que el cinturón le permitía.
—¿Y si de repente tuvieras un hijo? ¿Qué harías?
Matías respondió sin pensar, con tono rotundo:
—No va a pasar. Nunca tuve otra mujer que no fuera tu mamá.
Tiago se quedó callado. Quería decir la verdad, pero se mordió la lengua. Miró por la ventanilla y pensó: “Mentiroso”.
Mientras tanto, Sofía, ya en el taxi rumbo al aeropuerto, llamó a Lucas.
—Lucas, cambié de planes. Dejé a Tiago con una amiga. Todo en orden.
Lucas sonó aliviado.
—Perfecto. Nos vemos en el aeropuerto.
Ella colgó y se quedó mirando el teléfono. El miedo le apretaba el pecho. ¿Y si Matías descubría quién era Tiago de verdad? ¿Y si empezaba a hacer preguntas? El avión despegó a las once en punto. Sofía se puso los auriculares y trató de concentrarse en el trabajo. No podía permitirse pensar en otra cosa.
Matías estacionó frente a la villa C08. Bajó, rodeó el auto y abrió la puerta trasera. Tiago saltó con agilidad.
—¿Vivís solo? —preguntó el niño mientras entraban.
Matías asintió.
—Solo.
Subieron al primer piso. Matías abrió la puerta de una habitación de huéspedes: cama grande, escritorio, ventana con vista al jardín.
—Acá vas a dormir. ¿Querés quedarte en casa o venir conmigo a la oficina?
Tiago ni lo dudó.
—A la oficina.
Matías sonrió.
—Bien. Vamos a cambiarte de ropa.
En ese momento sonó el timbre. Matías bajó a abrir. Era Javier, que traía las llaves del Bentley recién salido del taller.
—Todo listo, jefe. El auto está como nuevo.
Matías tomó las llaves y señaló hacia arriba.
—Subí un segundo. Quiero mostrarte algo.
Javier entró. Subieron juntos. Cuando llegaron al pasillo, Tiago salió de la habitación con una remera limpia y jeans.
Javier se quedó congelado.
—¿Ese… es un nene?
Matías lo levantó en brazos con naturalidad.
—Se queda conmigo unos días. La mamá está de viaje.
Javier parpadeó varias veces.
—¿La mamá es… Sofía?
Matías asintió sin dar más detalles.
—Voy a llevarlo a la oficina. ¿Venís con nosotros?
Javier negó con la cabeza lentamente, todavía procesando la escena.
—No… tengo cosas que hacer. Pero… ¿desde cuándo tenés un nene en casa?
Matías ya bajaba las escaleras con Tiago en brazos.
—Desde hoy.
Javier se quedó parado en el recibidor, mirando cómo Matías acomodaba al niño en el asiento trasero del Bentley, le ponía el cinturón y arrancaba rumbo al centro. El auto desapareció por la avenida. Javier seguía en la misma posición, con la boca entreabierta y la cabeza llena de preguntas que no se atrevía a formular.