Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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La mañana del primer visitante
Los primeros rayos del sol entraban por los enormes ventanales de la habitación cuando Kenji terminó de acomodarse el cuello de su sencillo traje negro.
Frente al inmenso armario lleno de túnicas bordadas con oro, capas ceremoniales y ropas que parecían hechas para un emperador, soltó un pequeño suspiro y negó con la cabeza.
Todavía no entendía por qué le preparaban prendas tan extravagantes. «Un profesor no necesita vestir como un rey», pensó mientras tomaba su viejo maletín de cuero, el mismo que llevaba todos los días a la academia.
El pequeño gato blanco bajó de la cama de un salto y caminó tranquilamente hasta sus piernas. Kenji sonrió, lo acarició unos segundos y salió finalmente de la habitación.
Al otro lado de la puerta lo esperaba el mayordomo acompañado por varias sirvientas que hicieron una impecable reverencia. Kenji respondió con una sonrisa algo avergonzada y les dio los buenos días.
El anciano le informó que el desayuno ya estaba preparado y que todos los invitados continuaban esperando en la entrada de la mansión desde muy temprano.
Al escuchar aquello, Kenji abrió los ojos con sorpresa. No podía creer que hubieran dejado esperando durante tantas horas a personas que habían venido únicamente para verlo.
Se llevó una mano a la frente y negó varias veces. —Debieron hacerlos pasar.
No era necesario que aguardaran tanto tiempo por mí. El mayordomo, sin perder la compostura, respondió con absoluta tranquilidad que nadie tenía permitido interrumpir el descanso de su señor. Aquella respuesta solo hizo que Kenji sintiera todavía más vergüenza. En su cabeza era él quien estaba causando molestias a todo el mundo.
Mientras descendían por la gran escalera principal, la mansión ya estaba completamente despierta. Los cocineros salían de la cocina llevando bandejas con pan recién horneado, los jardineros cuidaban las flores del patio y los administradores revisaban documentos en una enorme sala contigua.
Todo funcionaba con un orden impecable, como una empresa perfectamente organizada. Aquello le recordó inevitablemente a la oficina donde había trabajado durante tantos años, aunque existía una diferencia enorme. Aquí nadie gritaba.
Nadie corría desesperado de un lado para otro. Nadie golpeaba escritorios. Solo ese detalle bastó para que una sonrisa apareciera en su rostro.
Al entrar al comedor volvió a quedarse inmóvil. Sobre la inmensa mesa había suficiente comida para alimentar a varias familias. Frutas de todos los colores, pan caliente, pescado, huevos, dulces, té, café y decenas de platos cuyo nombre ni siquiera conocía. Kenji observó la mesa unos segundos antes de mirar al mayordomo con expresión confundida.—¿Esperamos visitas?
El anciano negó respetuosamente con la cabeza. —No, señor.
El desayuno ha sido preparado únicamente para usted. Kenji sintió un pequeño mareo. Se sentó lentamente y dejó escapar una risa incómoda. —Creo que siguen sobreestimando cuánto puede comer una persona... Si continúan preparando tanto terminarán agotándose por mi culpa. Sería mejor hacer algo más sencillo y compartir el resto entre todos los empleados.
Las sirvientas sonrieron conmovidas al escuchar aquellas palabras. Para ellas, que un hombre tan extraordinario se preocupara por su descanso era una muestra de una bondad difícil de encontrar.
Mientras tanto, frente al enorme portón negro de la mansión, los invitados seguían aguardando pacientemente. Los sastres reales revisaban una y otra vez sus herramientas, los joyeros protegían pequeñas cajas llenas de piedras preciosas y los alquimistas discutían qué materiales serían capaces de soportar la inmensa cantidad de maná que, según los rumores, rodeaba constantemente al profesor Kenji.
Un grupo de nobles conversaba en voz baja, evitando hacer cualquier ruido que pudiera molestar al dueño de la residencia.
Entre todos ellos destacaba un hombre vestido con una sencilla capa gris que permanecía apartado del resto observando la mansión con una sonrisa tranquila.
Nadie parecía prestarle demasiada atención. Ni siquiera los guardias sospechaban que aquel visitante silencioso era, en realidad, el propio rey del reino, quien había decidido acudir disfrazado porque deseaba conocer al profesor sin protocolos ni ceremonias, simplemente como un hombre curioso que quería descubrir por qué todo el continente comenzaba a hablar de él.
En ese preciso momento, Kenji terminó su taza de té, se levantó de la mesa y tomó nuevamente su maletín. Respiró hondo para darse valor y sonrió con cierta timidez. —Bien... será mejor disculparme con todos por haberlos hecho esperar. Espero que no estén molestos.
Sin imaginar que, al otro lado de la puerta principal, el propio rey aguardaba pacientemente su llegada, caminó hacia el gran salón dispuesto a recibir uno por uno a todos sus visitantes.
Continuará...