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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Último Día de Isabela

Samuel cayó de rodillas sobre la tierra húmeda.

El cementerio desapareció.

Los gritos de Gabriel se alejaron hasta convertirse en un eco.

Todo quedó envuelto por una intensa luz blanca.

Cuando volvió a abrir los ojos...

Ya no estaba en el año 2026.

El sol iluminaba un pequeño camino de tierra.

Las montañas seguían allí.

El bosque también.

Pero el pueblo era completamente diferente.

Las casas apenas estaban siendo construidas.

No existían calles empedradas.

Ni postes de electricidad.

Ni automóviles.

Solo caballos, carretas y el sonido de las aves.

Samuel intentó moverse.

No pudo.

Era como si estuviera viendo el mundo a través de los ojos de otra persona.

Levantó las manos.

No eran las suyas.

Eran más pequeñas.

Más delicadas.

Una voz femenina rompió el silencio.

—¡Isabela!

Samuel comprendió de inmediato.

No estaba viendo un recuerdo.

Lo estaba viviendo.

Una mujer de unos cincuenta años salió de una pequeña casa de madera.

Llevaba un delantal blanco y una cesta llena de pan recién horneado.

Sonrió al ver a la joven.

—¿Otra vez mirando el bosque?

Isabela bajó la vista.

—Solo estaba pensando.

—Tu padre dice que no debes acercarte allí.

Ella sonrió con dulzura.

—Lo sé.

Samuel podía sentir perfectamente sus emociones.

No había miedo.

Solo curiosidad.

Isabela era una muchacha amable.

Le gustaba ayudar a los vecinos.

Leer los pocos libros que poseía el sacerdote del pueblo.

Y caminar cerca del río para recoger flores silvestres.

Nada en ella hacía pensar que su destino sería convertirse en una prisión viviente.

Aquella tarde acompañó a su madre hasta la plaza.

Todos la saludaban con cariño.

Los niños corrían detrás de ella.

Una anciana incluso le regaló un pequeño listón azul para sujetarse el cabello.

Samuel sintió un escalofrío.

Era exactamente igual al que había encontrado dentro de la tumba.

Isabela sonrió.

—Gracias, doña Elena.

—Guárdalo siempre.

Te dará suerte.

La anciana parecía sincera.

Pero, cuando Isabela se dio la vuelta, Samuel alcanzó a ver algo extraño.

La expresión de la mujer cambió.

Su sonrisa desapareció.

Y observó a la joven con una profunda tristeza.

Como si supiera lo que estaba por ocurrir.

Al caer la noche, Isabela caminó hasta la iglesia para devolver un libro.

El sacerdote del pueblo, un hombre llamado Esteban Salazar, la recibió con una sonrisa.

—¿Terminaste de leerlo?

—Sí.

Era muy bonito.

El sacerdote tomó el libro.

Luego la observó en silencio durante unos segundos.

Parecía preocupado.

—Isabela...

Quiero pedirte un favor.

—Claro.

—Si alguna vez escuchas voces que provengan del bosque...

No las sigas.

Samuel sintió un escalofrío.

La misma advertencia.

Siglos antes.

Isabela inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué todos le tienen miedo a ese lugar?

El sacerdote dudó.

Finalmente respondió.

—Porque algunas puertas...

Nunca deberían abrirse.

Esa noche, mientras todos dormían, un sonido despertó a Isabela.

Tac...

Ella abrió lentamente los ojos.

El ruido volvió a escucharse.

Tac... Tac...

Samuel sintió cómo el miedo comenzaba a invadirla.

Isabela tomó una vela.

Salió de su habitación.

La casa estaba completamente oscura.

El sonido provenía de la cocina.

Caminó lentamente.

Cada paso hacía crujir el piso de madera.

Llegó hasta la puerta.

Respiró profundamente.

Entró.

No había nadie.

Solo una pequeña muñeca de trapo olvidada sobre una silla.

Isabela sonrió con alivio.

—Debió caerse...

Se acercó para recogerla.

Entonces escuchó una voz infantil detrás de ella.

—No soy esa.

La sangre de Samuel pareció congelarse.

Isabela giró de inmediato.

No había nadie.

La voz volvió a hablar.

—Mira debajo de la mesa.

Ella bajó lentamente la vela.

Debajo de la vieja mesa de madera había una niña.

O eso parecía.

Tenía el cabello negro cubriendo parte del rostro.

Vestía completamente de blanco.

Y sostenía una pequeña muñeca de porcelana sin rostro.

La niña levantó lentamente la cabeza.

Sonrió.

—Te estaba esperando.

La vela se apagó.

Todo quedó oscuro.

Cuando la luz regresó...

Isabela despertó en su cama.

Era de mañana.

Todo parecía haber sido una pesadilla.

Su madre preparaba el desayuno.

Su padre arreglaba unas herramientas.

Nadie había escuchado nada durante la noche.

Isabela quiso convencerse de que solo había soñado.

Hasta que levantó la mano.

Atado a su muñeca estaba el listón azul.

Pero debajo del listón había una marca que antes no existía.

Un pequeño símbolo.

Un círculo rodeado por siete líneas.

El mismo símbolo del diario.

El mismo símbolo de la tumba.

Samuel sintió un vacío en el pecho.

Aquel no era un simple dibujo.

Era una marca.

Y acababa de ser elegida.

La visión comenzó a desvanecerse.

Las voces se alejaban.

Los colores desaparecían.

Samuel sintió que regresaba lentamente al presente.

Antes de que todo desapareciera por completo, escuchó una última conversación.

No provenía de Isabela.

Venía del exterior de la casa.

Dos hombres hablaban en voz baja.

Uno de ellos llevaba una túnica negra.

El otro...

Vestía como un respetado vecino del pueblo.

—¿Está segura la elección? —preguntó uno.

—Sí.

—¿Por qué ella?

Hubo un largo silencio.

Entonces llegó la respuesta.

—Porque fue entregada por alguien de su propia sangre.

Samuel sintió un escalofrío.

No había sido elegida al azar.

Alguien de su familia la había traicionado.

La visión terminó de golpe.

Samuel abrió los ojos de nuevo.

Estaba otra vez en el cementerio.

Gabriel lo sostenía por los hombros.

Las manos de porcelana habían desaparecido.

La lluvia seguía cayendo.

—¡Samuel! ¡Respóndeme!

Samuel respiró con dificultad.

Tenía lágrimas en los ojos sin saber por qué.

—La vi...

Gabriel guardó silencio.

—Vi a Isabela...

Y...

Samuel tragó saliva.

—Alguien de su familia la entregó al culto.

El exsacerdote quedó completamente inmóvil.

Como si aquella posibilidad jamás hubiera pasado por su mente.

Entonces ambos escucharon un aplauso.

Lento.

Irónico.

Clap...

Clap...

Clap...

Los dos giraron al mismo tiempo.

A unos veinte metros, bajo la lluvia, un hombre elegante vestía un largo abrigo negro.

Sostenía un paraguas antiguo.

Su rostro era pálido.

Demasiado perfecto.

Sonreía con tranquilidad.

Samuel jamás lo había visto.

El desconocido hizo una leve reverencia.

—Buenas tardes.

Mi nombre...

Hizo una breve pausa.

—Es Elías Montoya.

Samuel sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.

Montoya.

El mismo apellido de Isabela.

El hombre sonrió aún más.

—Han pasado trescientos veintiocho años...

Y es hora de terminar lo que mi familia empezó.

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