Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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El día que elegí al monstruo
Morí con las manos de mi esposo alrededor del cuello.
Sus dedos cerrándose sobre mi garganta. La sonrisa de Livia, mirándome como se mira una vela que se apaga. Y Edric, inclinándose hasta que su aliento me llegó al oído:
—Nunca debiste creer que te amaba.
Ese fue el último recuerdo que me llevé a la tumba.
Los muertos no discuten.
Y entonces… abrí los ojos.
La luz de la mañana caía sobre mis manos como miel tibia.
Manos jóvenes. Manos sin cicatrices.
Me incorporé de golpe, con un jadeo que me rasgó el pecho. La habitación olía a lavanda y a pintura fresca. En el caballete, cubierta por un lienzo, una obra inacabada esperaba.
Corrí al espejo.
Dieciocho años. Piel lisa. Ojos brillantes.
Un año exacto antes del banquete de primavera. Y, sobre todo, tres días antes del día en que la emperatriz moriría desangrada en el camino del templo.
En mi otra vida, el ataque llegó durante la procesión de otoño: una daga envenenada, un asesino sin rostro, y la mujer más poderosa del reino muriendo entre el polvo mientras su propia corte miraba hacia otro lado.
Esta vez, yo estaba allí cuando la daga cayó.
Esta vez, la emperatriz no murió.
Recordé el año que acababa de vivir como quien repasa las pinceladas de un cuadro.
Mi propio brazo desviando el de la emperatriz y recibiendo el filo. Su sangre, caliente, en mis manos. El antídoto que recité de memoria porque en mi otra vida lo conocí demasiado tarde. Los meses de fiebre en la finca del sur.
Y la visita de mi familia a palacio, aquel día en que yo aún no podía levantarme de la cama.
No vinieron a verme. Vinieron a cobrar.
Pidieron al rey el ducado. El título mejorado. Tierras. A cambio, decían, *«del sacrificio de nuestra hija»*.
El rey los escuchó hasta el final. Y respondió con la calma de un hombre que ha contado demasiadas sanguijuelas en su vida:
—El premio es de quien derramó la sangre. No de quien lo reclama desde un sillón. Volved cuando la muchacha esté en pie. **Ella decidirá.**
Se fueron furiosos. Sin visitarme. Sin preguntar al médico si yo viviría.
*Perfecto*, pensé. *Que vengan hambrientos al banquete. El hambre los vuelve descuidados.*
El Salón de los Cien Estandartes olía a cera, a vino especiado y a la tensión silenciosa de trescientos nobles conteniendo el aliento.
Junto al trono estaba ella. La emperatriz. *La Mano Seca.* Recuperada, erguida, con una fina cicatriz plateada asomando sobre el escote.
Cuando entré, la mujer que no se había levantado ante nadie en cincuenta años **se puso de pie**.
Y alzó su copa hacia mí.
El rey Aldric habló, y su voz resonó como una campana:
—Hace un año, en el camino del templo, una daga envenenada buscó el corazón de mi madre. Esta muchacha se interpuso. La emperatriz sobrevivió. Ella casi no lo cuenta. En mis cuarenta y cinco años de vida, no he visto a nadie hacer lo que ella hizo.
Sus ojos barrieron el salón y se detuvieron, un instante, en mi familia.
—Su familia vino a pedirme el ducado a cambio de su gesta. Les dije que **no**. El premio no se hereda por apellido: se gana con sangre. Y la sangre la puso ella.
Se inclinó hacia adelante.
—Dime, muchacha. ¿Qué es lo que quieres? Pide, y será concedido.
En la mesa de honor, Edric levantó su copa con una sonrisa pulida. La sonrisa de un hombre que ya sabía la respuesta.
En mi otra vida, yo lo miré a él y dije: *quiero ser su esposa, majestad. Lo amo desde que tengo memoria.*
Y el rey, complacido, selló mi sentencia de muerte con una carcajada.
Respiré hondo.
—Quiero la oportunidad de escoger quién será mi esposo, majestad.
Un murmullo recorrió el salón como una ola sobre grava.
—¿En serio? —El rey se recostó, divertido—. Entonces, ¿a quién escogerás? Aquí tienes buenos prospectos. Incluso mi hijo Edric.
—Gracias, majestad.
Me levanté. Y empecé a caminar.
El salón enmudeció. Caminé despacio, con la espalda recta, como una novia que se acerca al altar.
Pasé junto a Edric.
Él levantó su copa. La misma sonrisa. La misma mirada confiada. La mirada de un hombre que todavía cree que soy de su propiedad.
Durante un segundo pensé en cómo se había visto ese rostro mientras me estrangulaba.
Después seguí caminando.
*Todavía no.*
*Quiero que sonrías un poco más.*
Su sonrisa se congeló. La copa quedó suspendida en el aire.
Pasé junto a los duques. Junto a los marqueses. Junto a los hijos de condes que se habían puesto de pie esperando ser elegidos. Pasé junto a todos como si fueran parte del decorado.
Y me detuve frente a la mesa de honor.
Frente a él.
Balkan Trudeau. Príncipe de Moldavia.
Ocupaba el asiento a la diestra del estrado, el lugar que se reserva a quienes nadie se atreve a sentar en otra parte. Uniforme negro sin ornamentos. Cadenas oscuras que terminaban en granates como gotas de sangre vieja. Cabello largo y blanco como nieve recién caída. Piel tan pálida que parecía tallada para la luna. Y bajo sus ojos, como grietas en una máscara de porcelana, unas vetas carmesí latiendo muy despacio.
Pero fueron sus ojos los que me congelaron el aliento.
Oro fundido. El oro de las forjas. El oro del ojo de un reptil un segundo antes de escupir fuego.
Me arrodillé.
—Su alteza. Príncipe de Moldavia. ¿Estaría usted dispuesto a casarse con esta humilde hija de conde?
El silencio que siguió no fue educado. Fue físico. Como si alguien hubiera arrancado el aire de la sala de un solo golpe.
Detrás de mí, una copa se volcó. No necesité girarme para saber que era Edric.
Oí la sonrisa de mi padre desprenderse de su cara como cera al fuego. Oí al rey dejar de reír.
Porque todos sabían quién era Balkan Trudeau.
El Demonio de Moldavia. El niño que a los seis años le rebanó el cuello al perro que lo mordió, limpió el cuchillo en su ropa, hizo una reverencia ante su padre y se retiró sin decir una palabra. El quinto hijo de siete. El único que sobrevivió a los venenos, a las dagas, a las caídas «accidentales». Seis funerales en ocho años. El único heredero. El único sobreviviente.
El hombre más peligroso del continente.
Y yo acababa de pedirle matrimonio.