SIN SPOILER
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LA MENTIRA DEL FUTURO HEREDERÓ
Una semana después, el castillo entero volvió a llenarse de celebración.
Campanas sonaban desde temprano.
Los sirvientes corrían apresurados decorando pasillos con flores y telas doradas.
Los nobles llegaban vestidos con sus mejores ropas.
Y el pueblo, fuera de las murallas, sonreía emocionado al escuchar la noticia que comenzaba a extenderse por todo el reino.
> “¡La reina está embarazada nuevamente!”
La noticia viajó rápido.
Demasiado rápido.
Porque el reino necesitaba esperanza.
Necesitaba creer que la corona seguía siendo fuerte.
Y Víctor se aseguraría de eso.
Dentro de una habitación oculta en el ala más apartada del castillo, Amelia permanecía sentada sobre una cama observando nerviosamente sus propias manos.
Todavía estaba intentando comprender lo que ocurría.
La joven acababa de enterarse del embarazo aquella misma mañana.
Y desde entonces…
todo parecía irreal.
Una sirvienta terminó de revisar unas hierbas medicinales antes de inclinarse ligeramente.
—Debe descansar, señorita.
Amelia bajó lentamente la mirada hacia su abdomen.
Apenas una semana.
Y aun así el rey ya había reaccionado con rapidez aterradora.
No hubo alegría verdadera.
Ni emoción.
Solo órdenes.
Secretos.
Y silencio.
Las puertas se abrieron lentamente.
Víctor entró.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Incluso las sirvientas parecían tensarse en su presencia.
Amelia se levantó rápidamente haciendo una reverencia.
—Majestad.
El rey observó a todos alrededor antes de ordenar:
—Déjennos solos.
Las mujeres obedecieron inmediatamente.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio se volvió pesado.
Amelia levantó ligeramente la mirada hacia él.
—¿Es cierto… lo que dijeron?
Víctor caminó lentamente hasta quedar frente a ella.
—Sí. Estás embarazada.
La joven sintió miedo y alivio al mismo tiempo.
Porque sabía perfectamente lo que significaba llevar un hijo del rey.
Pero también entendía el peligro.
Después de todo…
ella no era la reina.
Víctor la observó unos segundos antes de hablar nuevamente.
—A partir de ahora nadie debe saber de esto.
Amelia quedó confundida.
—¿Qué…?
—El reino creerá que el bebé pertenece a Victoria.
La joven abrió ligeramente los ojos sorprendida.
—¿La reina?
El rey asintió con absoluta tranquilidad.
Como si estuviera hablando de algo simple.
—El heredero debe nacer oficialmente de la corona.
Amelia sintió un escalofrío.
Porque entendió inmediatamente lo que eso significaba.
Su hijo jamás sería realmente suyo.
Víctor continuó hablando con frialdad.
—Permanecerás oculta hasta el nacimiento.
La muchacha bajó lentamente la mirada.
Y aunque una parte de ella quería protestar…
sabía que no tenía poder alguno.
Solo era una concubina.
Una pieza reemplazable.
Mientras tanto…
en el gran salón del castillo, los nobles levantaban copas celebrando el supuesto embarazo de la reina.
Victoria permanecía sentada junto al trono observando todo en silencio.
Su vestido amplio ayudaba a sostener la mentira.
Y aunque mantenía la postura elegante de siempre…
por dentro se sentía vacía.
Porque sabía la verdad.
Todo el castillo la sabía.
Pero nadie se atrevería a decirlo.
Los músicos tocaban melodías alegres mientras Víctor anunciaba orgullosamente:
—El reino pronto tendrá un nuevo heredero.
Los aplausos llenaron el salón.
Victoria forzó una pequeña sonrisa.
Y entonces notó algo.
Varias personas evitaban mirarla directamente.
Algunas doncellas incluso parecían sentir lástima por ella.
Eso dolía más de lo esperado.
Porque la convertía en parte de la mentira.
La reina levantó lentamente la copa (con jugo de uva) entre sus manos.
Y por un segundo…
un extraño pensamiento cruzó su mente.
“Ya hicieron desaparecer a una hija antes…”
La idea apareció de repente.
Rápida.
Oscura.
Victoria sintió un pequeño escalofrío.
Pero no entendió por qué.
El pensamiento desapareció tan rápido como llegó.
Muy lejos del castillo…
la pequeña Luna reía feliz mientras intentaba caminar sujetándose de una vieja silla dentro de la torre.
Elena la observaba con orgullo.
—¡Muy bien, Luna!
La niña soltó una risita adorable antes de caer suavemente sentada sobre la alfombra.
Sus ojos distintos brillaban bajo la luz cálida de la chimenea.
Ajena por completo a las mentiras del reino.
Ajena a que otro niñ@ estaba siendo preparado para ocupar el lugar que siempre debió ser suyo.