Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 018: Bajó ataque
Rowan
La pequeña victoria de haber sostenido sus manos todavía vibraba en mis palmas como una corriente eléctrica persistente. Me quedé de pie en medio de mis aposentos, mirando la puerta por donde Lilith acababa de salir, con una sonrisa idiota que seguramente me restaría toda la autoridad si alguno de mis generales me viera en este momento. El aroma de ella, esa mezcla de jazmín, todavía flotaba en el aire de la habitación, burlándose de mis sentidos.
Mis bestias estaban en un estado de caos absoluto. Onix, mi lobo, era el más difícil de manejar en este instante. Estaba dando vueltas mentales, moviendo la cola con una desesperación que rozaba lo ridículo.
"Rowan, deberíamos enviarle flores ahora mismo, decía Onix con un entusiasmo tonto. No, mejor joyas. O quizás deberíamos ir a su habitación y dormir en su puerta para que sepa que somos buenos proveedores. Podríamos cazar un ciervo y dejárselo como ofrenda".
Estaba obsesionado de una manera casi infantil, proyectando imágenes de nosotros rodando por el césped con ella mientras le lamíamos la cara.
Caius, en cambio, era la voz de la oscuridad y la estrategia. Su instinto licántropo era mucho más afilado y peligroso.
"Cállate, pulgoso", siseó Caius, silenciando el parloteo de Onix. "Las flores se marchitan y los regalos son para los pretendientes débiles. A Lilith hay que conquistarla centímetro a centímetro. Debemos endulzar su resistencia, dejar que crea que tiene el control, y cuando baje la guardia, cuando finalmente confíe en que no somos una amenaza para su libertad... zas. Le clavaremos los dientes y la marcaremos de tal forma que el mundo entero sepa que su alma nos pertenece. Ella quiere un guerrero, no un perrito faldero".
Estaba a punto de responderles a ambos cuando un golpe seco y urgente en la puerta me puso en alerta. No era el toque protocolario de un sirviente. Era pesado, rítmico y cargado de una tensión que conocía tan bien. El aroma a bosque y metal me confirmó la identidad antes de que abriera la boca. Clark.
—Pasa —, dije, y mi voz recuperó instantáneamente su tono de mando.
Clark entró con el rostro desencajado. Su uniforme estaba desordenado y tenía una mancha de hollín en la mejilla. En sus ojos vi la sombra de la guerra.
—Rowan, estamos bajo ataque— soltó sin preámbulos —. Los vampiros han cruzado la frontera del ala este. Han aprovechado que la zona está en reconstrucción y los muros defensivos están a medio levantar. Es una carnicería, Rowan. Lucien está al frente.
El nombre de Lucien hizo que mis entrañas se congelaran por un segundo antes de encenderse en una furia incandescente. El monarca vampiro, ese parásito milenario, finalmente se había atrevido a pisar mi territorio. Mis lobos, que hace un momento lloriqueaban de amor, se transformaron en máquinas de matar. El cambio en la atmósfera de la habitación fue violento; el aire pareció cargarse de estática.
—¿Dónde está la escolta de turno?— pregunté mientras me ponía la camisa de combate y ajustaba mis protectores con movimientos frenéticos.
—Están todos en camino, pero la zona este es la más vulnerable — respondió Clark mientras desenvainaba su espada.
Salimos de los aposentos reales a una velocidad que habría dejado atrás a cualquier humano. Atravesamos los pasillos del palacio como sombras letales. Al salir a la noche, el cielo ya era completamente negro. El humo subía en espirales desde el ala este, y los gritos de mi gente empezaron a golpear mis oídos como puñaladas.
Corrimos hacia el epicentro del desastre. Al llegar, la imagen era dantesca. Las casas que tanto esfuerzo nos había costado reconstruir estaban envueltas en llamas. Vi niños heridos corriendo por las calles, ancianos intentando defenderse con herramientas de labranza y el suelo sembrado de cenizas de vampiros y sangre de los nuestros. Mi furia alcanzó un nivel que apenas podía contener, pero entonces mi corazón se detuvo.
Allí, en medio de la plaza principal, rodeada de fuego y escombros, estaba Lilith.
No llevaba su uniforme completo, solo sus pantalones de combate y una camiseta básica que estaba empapada de sudor y sangre. Estaba luchando mano a mano con Lucien. El monarca vampiro se movía como una mancha borrosa de seda negra y colmillos, pero Lilith... ella era una tormenta blanca. Se movía con una gracia mortal, esquivando golpes que habrían decapitado a cualquier otro Alfa.
—¡Lilith! — rugí, intentando llegar a ella, pero mi camino fue interceptado.
Un enjambre de neófitos, vampiros jóvenes consumidos por la sed de sangre y la locura, se lanzó sobre mí. Eran uno, luego cinco, luego diez, hasta que sentí que más de treinta y cinco de esas criaturas me rodeaban como una masa hambrienta. El olor a muerto viviente me revolvió el estómago.
Caius rugió en mi mente, reclamando el control total. No me opuse. Dejé que la transformación licántropa me desgarrara. No fue el cambio a lobo, sino algo mucho más primitivo. Mi cuerpo se expandió, mis huesos se alargaron y mis músculos se tensaron hasta que alcancé casi los tres metros de altura. Mi forma licántropa humanoide, era una pesadilla de garras y colmillos bajo una piel de ébano, emergió con un grito que apagó el sonido del incendio.
Comencé la masacre. Con un solo movimiento de mis garras, decapité a tres neófitos que intentaron colgarse de mi espalda. Los destrozaba como si fueran de papel, dejando un rastro de miembros cercenados y sangre negra a mi paso. Mi único objetivo era llegar al centro de la plaza.
Pero entonces, lo vi ocurrir en cámara lenta.
Lilith, con un rugido que hizo vibrar el aire, logró atrapar el brazo derecho de Lucien. Con una fuerza bruta que desafiaba su tamaño, tiró con tal violencia que el brazo del monarca vampiro se desprendió de su hombro en una explosión de sangre oscura. Lucien gritó, un sonido agudo y chirriante que lastimó mis oídos, pero su respuesta fue letal.
Mientras caía hacia atrás, Lucien lanzó sus garras restantes hacia el abdomen de Lilith. Vi cómo las uñas afiladas como cuchillas desgarraban su piel, rasgando su vientre de un lado a otro. La sangre de Lilith brotó, pero lo que me hizo perder la razón fue ver la sangre negra de Lucien mezclándose con la de ella.
Veneno.
Para cualquier cambiaforma, la sangre de un vampiro real es un veneno corrosivo, más letal que el acónito más puro. Lilith tropezó, llevándose las manos a la herida mientras el color desaparecía de su rostro.
—¡NO! — grité con una voz que era una mezcla de hombre y bestia.
Lucien, viendo mi avance destructivo y sabiendo que no ganaría contra mi forma licántropa completa, siseó con odio. Usó su velocidad sobrenatural para saltar hacia los techos.
—Esto no ha terminado, maldito rey perro. He marcado a tu reina con mi ponzoña. Disfruta verla morir — escupió antes de desaparecer en la oscuridad de la noche, llamando al resto de sus huestes.
Los vampiros sobrevivientes se retiraron como sombras asustadas, pero ya no me importaba perseguirlos. Mi prioridad absoluta era ella. Retorné a mi forma humana con una agonía que ignoré por completo, corriendo hacia el cuerpo de Lilith que comenzaba a tambalearse.
Llegué justo cuando sus rodillas cedieron. La tomé antes de que golpeara el suelo. Sus manos estaban cubiertas de esa sangre oscura y venenosa que burbujeaba levemente contra su piel. Sus ojos plateados, usualmente tan llenos de fuego y desafío, estaban nublados por el dolor y la confusión.
—Ro... Rowan — susurró con un hilo de voz, buscando mi mirada.
Intentó alcanzar mi rostro, pero su mano cayó sin fuerzas y sus ojos se cerraron. Se desmayó en mis brazos, su cuerpo volviéndose un peso muerto que me quemó el alma.
—¡LILITH! ¡QUÉDATE CONMIGO, MALDITA SEA! — grité mientras la apretaba contra mi pecho.
No esperé a las camillas ni a los médicos de campo. La cargué en mis brazos y comencé a correr hacia el hospital de la manada a una velocidad que me desgarraba los pulmones. Mis lobos estaban locos de furia y terror. Onix aullaba en un rincón de mi mente, un lamento fúnebre que intenté silenciar, mientras Caius exigía que no la deje morir.
—¡Abran paso!— rugí al entrar por las puertas del hospital, derribando a un guardia que no se movió lo suficientemente rápido.
La ingresaron de inmediato en una sala de cuidados intensivos. Me quedé fuera, caminando de un lado a otro, con las manos todavía manchadas con la sangre de ella y el veneno de Lucien. Clark llegó poco después, bañado en sangre ajena, jadeando.
—¿Cómo está ella?— preguntó Clark con la voz rota por el esfuerzo.
—No lo sé— respondí, y mi propia voz me sonó extraña, carente de toda esperanza—. Lucien la infectó, Clark. Sus garras estaban bañadas en su sangre.
Antes de que Clark pudiera decir algo más, la puerta de la sala se abrió. El médico jefe, un lobo anciano de mirada sabia, salió con el rostro serio. Se limpiaba las manos en una toalla, pero sus ojos buscaban a alguien específico.
—¿Quién de ustedes es su compañero destinado?— preguntó el médico con urgencia.
—Yo soy su compañero — dije, dando un paso adelante con una agresividad que el médico ignoró por pura necesidad profesional.
—Escúcheme bien, Majestad— dijo el médico bajando la voz—. El veneno de Lucien es agresivo. Está atacando su sistema circulatorio y, lo que es peor, ha puesto a su loba en un estado de shock traumático. Su loba se ha encerrado en lo más profundo de su psique para protegerse del dolor, y si no logramos estabilizarla, ella no tendrá la fuerza para curarse físicamente. Su cuerpo rechazará las medicinas si su espíritu se rinde.
—¿Qué tengo que hacer?— pregunté, dispuesto a dar mi vida en ese mismo instante.
—Necesitamos su sangre, mi Rey. La sangre de su compañero es el único antídoto que puede neutralizar el veneno de un monarca vampiro y con más razón la de usted que es un cambiaforma poderoso. Pero no solo eso. Necesito que entre allí. Debe estar cerca de ella, mantener contacto físico constante. Su aura y su presencia son el ancla que su loba necesita para salir del shock. Debe recordarle a su loba quién es. Si logramos estabilizar el vínculo, su regeneración de Alfa se encargará del resto. Pero debe ser ahora.
Entré en la habitación sin mirar atrás. El olor a antiséptico y sangre me golpeó. Lilith estaba pálida, casi translúcida sobre las sábanas blancas, rodeada de máquinas que pitaban rítmicamente. Me senté a su lado y tomé su mano fría entre las mías, sintiendo cómo el vínculo tiraba de mí con una desesperación dolorosa.
—No te atrevas a dejarme, amor— susurré mientras el médico preparaba las agujas para la transfusión—. No hemos tenido nuestra oportunidad todavía. No voy a dejar que un parásito como Lucien gane esta batalla.
Cerré los ojos, enviando todo mi poder, todo mi amor y toda mi voluntad a través del vínculo, rogándole a Artemis que despertara, rogándole a mi reina que luchara una vez más. La noche era larga, pero mientras mi sangre fluyera hacia ella, no dejaría que la oscuridad se la llevara.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/