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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 18

El hospital dejó de ser un lugar de espera para Isabella.

 Se convirtió en su centro de control.

 No necesitaba regresar a la mansión para ejercer poder. Las decisiones seguían saliendo de ella con la misma precisión, como si el mundo exterior fuera una extensión natural de su voluntad. Los informes llegaban, las órdenes se ejecutaban y las consecuencias empezaban a notarse.

 Pero nada de eso importaba cuando miraba a Sasha.

 Habían pasado dos días desde que despertó. El dolor seguía presente, pero su mirada ya no era frágil. Había algo más ahí. Algo que Isabella reconocía bien.

 Determinación.

 Sasha estaba sentada en la cama cuando Isabella terminó una llamada y dejó el teléfono sobre la mesa. Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

 —Estás moviendo cosas —dijo Sasha finalmente.

 No era una pregunta.

 Isabella la miró.

 —Sí.

 —¿Volkov?

 —Volkov.

 Sasha asintió lentamente.

 —Entonces ya empezó.

 Isabella se acercó y se sentó a su lado, con cuidado de no rozar la herida.

 —Empezó cuando decidió dispararte.

 Sasha sostuvo su mirada.

 —Y va a escalar.

 —Lo sé.

 El silencio que siguió no fue incómodo. Era consciente. Ambas entendían perfectamente lo que eso implicaba.

 Sasha apoyó la espalda contra la cabecera.

 —No quiero quedarme aquí mientras todo pasa afuera.

 Isabella frunció apenas el ceño.

 —Todavía no estás en condiciones.

 —No estoy rota.

 —No dije eso.

 Sasha la observó unos segundos, evaluándola.

 —Entonces no me trates como si lo estuviera.

 La respuesta fue directa, pero no agresiva. Era firme. Clara.

 Isabella no apartó la mirada.

 —Te dispararon hace dos días.

 —Y sigo aquí.

 El argumento era simple. Y difícil de refutar.

 Isabella dejó escapar un suspiro leve.

 —No voy a arriesgarte otra vez.

 Sasha inclinó apenas la cabeza.

 —No puedes decidir eso sola.

 Esa frase sí golpeó.

 Isabella bajó la mirada un instante, como si estuviera organizando algo dentro de sí misma.

 —Esto no es una discusión de poder —dijo finalmente—. Es una cuestión de seguridad.

 —Para ti —respondió Sasha—. Para mí es una cuestión de lugar.

 Isabella volvió a mirarla.

 —Mi lugar es a tu lado. No detrás de una puerta cerrada.

 El aire en la habitación cambió ligeramente.

 No había desafío en sus palabras. Había verdad.

 Y eso era más difícil de ignorar.

 Isabella sostuvo su mirada unos segundos más y luego asintió, apenas.

 —Entonces te quedas a mi lado.

 No era una concesión completa.

 Era un acuerdo.

 Sasha lo entendió.

 Y eso fue suficiente.

 Las primeras consecuencias llegaron esa misma noche.

 Uno de los principales locales de Volkov en Moscú fue clausurado por una inspección fiscal inesperada. Horas después, dos de sus proveedores más importantes cancelaron contratos sin previo aviso. A la mañana siguiente, una de sus cuentas fue congelada por irregularidades que nadie supo explicar del todo.

 No hubo anuncios públicos.

 No hubo declaraciones.

 Pero en el mundo en el que se movían, ese tipo de movimientos no pasaban desapercibidos.

 Aleksander entró en la habitación del hospital al caer la tarde, con un informe en la mano.

 —Está reaccionando.

 Isabella no levantó la vista del documento que estaba revisando.

 —Era esperable.

 —No como pensábamos.

 Eso sí la hizo mirarlo.

 —Habla.

 Aleksander dejó el informe sobre la mesa.

 —No está respondiendo con violencia directa. Está moviendo dinero. Rápido. Está protegiendo activos, transfiriendo propiedades, cerrando rutas.

 Isabella frunció levemente el ceño.

 —Eso no es defensa.

 —Exacto.

 El silencio se volvió más denso.

 Sasha, que escuchaba desde la cama, intervino:

 —Está reorganizando.

 Isabella la miró.

 —¿Para qué?

 Sasha sostuvo su mirada.

 —Para algo más grande.

 La idea quedó flotando en la habitación.

 Isabella volvió a tomar el informe y repasó los datos con más atención. Había algo en los movimientos que no encajaba del todo. Demasiada coordinación. Demasiada rapidez.

 —Volkov no es tan ordenado —murmuró.

 Aleksander cruzó los brazos.

 —No lo era.

 Isabella levantó la vista.

 —Eso no cambia en dos días.

 Sasha inclinó ligeramente la cabeza.

 —A menos que no esté tomando las decisiones solo.

 El silencio fue inmediato.

 Isabella sintió cómo esa posibilidad empezaba a tomar forma en su mente.

 No era una conclusión aún.

 Pero era una dirección.

 —¿Tienes algo que respalde eso? —preguntó.

 Aleksander negó.

 —No todavía.

 —Consíguelo.

 La orden salió sin esfuerzo.

 Aleksander asintió y se retiró sin decir nada más.

 Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a instalarse en la habitación.

 Isabella se quedó de pie, mirando los datos en la pantalla, pero ya no estaba viendo números.

 Estaba viendo patrones.

 Y los patrones no mentían.

 Sasha la observó en silencio unos segundos antes de hablar:

 —¿Qué estás pensando?

 Isabella no respondió de inmediato.

 —Que esto no empezó con el disparo.

 Sasha frunció levemente el ceño.

 —Entonces, ¿cuándo?

 Isabella levantó la mirada.

 —Antes de que yo regresara a Rusia.

 La idea era incómoda.

 Pero cada vez tenía más sentido.

 Sasha respiró hondo.

 —Entonces no es una reacción.

 —No.

 Isabella dejó la tablet sobre la mesa.

 —Es un movimiento planeado.

 Se acercó a la ventana y miró la ciudad.

 El cielo seguía gris, pesado, como si anticipara algo.

 —Y nosotros recién estamos entrando en él.

 Sasha la observó desde la cama.

 —Entonces tenemos que adelantarnos.

 Isabella giró ligeramente el rostro.

 —Eso intento.

 Hubo una pausa breve.

 Luego Sasha añadió:

 —No lo hagas sola.

 Isabella sostuvo su mirada.

 Durante un segundo pareció que iba a responder algo frío, distante.

 Pero no lo hizo.

 —No lo haré.

 Fue una respuesta simple.

 Pero distinta.

 Esa noche, cuando el hospital quedó casi en silencio, Isabella permaneció despierta una vez más.

 Sasha dormía.

 La respiración era más estable.

 El monitor marcaba un ritmo constante.

 Todo parecía en calma.

 Pero Isabella ya no confiaba en la calma.

 Sabía que algo se estaba moviendo.

 Algo que no había visto venir.

 Algo que no tenía el estilo de Volkov.

 Y si eso era cierto…

 Entonces el ataque no había sido el inicio de la guerra.

 Había sido una prueba.

 Isabella apoyó los dedos suavemente sobre la mano de Sasha.

 —Vamos a encontrarlo —murmuró en voz baja.

 No sabía aún a quién.

 Pero sabía que estaba ahí.

 Esperando.

 Y cuando lo encontrara…

 No cometería el error de subestimarlo.

 Porque lo que estaba empezando ya no era una disputa de territorio.

 Era algo mucho más profundo.

 Y no iba a detenerse.

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