Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 18: El sábado de los D'Angelo
La mañana del sábado llegó a Astoria bañada en una luz dorada que parecía cómplice de lo que estaba ocurriendo en el corazón de Susena Vallejo. Ella se despertó antes de que sonara la alarma, algo que no le ocurría desde antes de que su vida se derrumbara. Se quedó unos minutos en la cama, con la mano sobre el vientre donde Gabriel dormía tranquilo, y una sonrisa que no podía controlar se instaló en sus labios. El recuerdo del beso en la puerta de su apartamento era tan vívido que casi podía sentir todavía el calor de los labios de Maximiliano sobre los suyos. Se sacudió el pensamiento, riéndose de sí misma, y se levantó con una energía que no sentía desde hacía meses.
Se arregló con un cuidado especial, aunque se esforzó por que no lo pareciera. Eligió un vestido veraniego color durazno, liviano y femenino, que resaltaba la suavidad de su embarazo y contrastaba con la calidez de su piel canela. Se soltó el cabello, dejando que sus ondas chocolate cayeran libres sobre sus hombros. Se aplicó un maquillaje ligero, solo lo suficiente para que sus ojos brillaran más de lo habitual, y cuando se vio en el espejo, supo que se veía radiante. No era el maquillaje ni el vestido; era la felicidad que llevaba días intentando esconder y que esa mañana se negaba a ser contenida.
La tía Martha salió de la cocina y la miró de arriba abajo con esa sonrisa de quien sabe todo sin que le cuenten nada.
—Ay, Susy, ¿para quién te arreglaste así un sábado en la mañana? —preguntó la anciana, con los ojos brillantes de picardía.
—Para nadie, tía. Es que hace calor —respondió Susena, tomando su café con una inocencia que no convenció a nadie.
La tía Martha soltó una carcajada suave y volvió a la cocina sin decir más, porque a veces el silencio dice todo.
A las diez en punto, el timbre del apartamento sonó. La puntualidad de Max era una constante que Susena empezaba a descubrir como parte de su carácter. Mateo, que llevaba media hora listo con su ropa deportiva y sus raquetas de tenis, se lanzó hacia la puerta. Pero fue interceptado a mitad de camino por Valeria y Lucía, que con una coordinación asombrosa para tener doce años, llegaron antes que él y abrieron la puerta ellas mismas.
Maximiliano D'Angelo apareció en el umbral, y Susena, que observaba desde el pasillo de la cocina, tuvo que apoyarse discretamente en la pared. Si algún día él se veía como el hombre más atractivo de Nueva York en sus trajes de tres piezas, ese sábado, con unos pantalones de lino blanco, una camisa azul abierta en el cuello y unos mocasines italianos sin calcetines, estaba en un nivel completamente diferente. Tenía su cabello negro con canas ordenado hacia atrás, y su barba perfectamente marcada lo hacía parecer una mezcla perfecta entre poder y accesibilidad. Traía dos bolsas de equipo deportivo de marca y una sonrisa amplia que Susena nunca le había visto usar dentro de la oficina.
Pero antes de que Max pudiera decir una sola palabra, Valeria y Lucía se plantaron frente a él con los brazos cruzados, idénticas en su determinación. Las dos niñas de doce años lo miraron de abajo hacia arriba con una seriedad que habría intimidado a cualquier ejecutivo.
—Buenos días, señor Max —dijo Valeria, la mayor de los dos minutos, con una voz que imitaba perfectamente la firmeza de su madre—. Tenemos un problema con el plan de hoy.
Maximiliano arqueó una ceja, tratando de ocultar la diversión que ya asomaba en sus ojos oscuros.
—¿Un problema? —repitió él, mirando a las dos niñas con una seriedad fingida—. ¿De qué tipo?
—Del tipo injusto —respondió Lucía, tomando el relevo de su hermana con idéntica actitud—. Mateo siempre hace cosas interesantes y nosotras siempre nos quedamos. Hoy queremos ir también. Y no es una petición, señor Max; es una exigencia.
Maximiliano las miró durante tres segundos sin decir nada, y luego soltó una carcajada profunda y genuina que resonó en el pasillo y llegó hasta la cocina donde Susena intentaba disimular que escuchaba todo. Era una risa que el edificio D'Angelo nunca había conocido, una risa de hombre que hacía décadas no se divertía de verdad.
—Una exigencia, nada menos —dijo Max, bajándose al nivel de ellas con las manos en las rodillas—. Y díganme, señoritas Sotomayor, ¿saben jugar tenis?
—No —respondieron las dos al unísono, sin pestañear.
—¿Y les gustaría aprender?
—Depende de si usted es buen profesor —respondió Valeria, sin moverse un centímetro.
Max levantó la vista hacia Susena, que ya se había acercado al pasillo con una sonrisa enorme que no podía ocultar. Él la miró durante un instante, con esa calidez nueva que solo ella le había provocado, y luego volvió a mirar a las niñas.
—Hoy van todos —anunció Max, poniéndose de pie—. Mandé traer tres raquetas extra esta mañana. Y si resulta que alguna de ustedes tiene talento, le consigo entrenador personal.
El grito de alegría de Valeria y Lucía fue tan estridente que la tía Martha salió de la cocina para ver qué pasaba. Al ver a Max en la puerta, la anciana sonrió con esa sabiduría que solo da el tiempo y se limpió las manos en el delantal.
—Señor Maximiliano, ¿quiere un café antes de salir? Lo hago en dos minutos —ofreció la tía Martha, con esa dulzura con la que envolvía a todo el mundo.
—Con mucho gusto, señora Martha —respondió él, entrando al apartamento con la naturalidad de alguien que ya pertenecía allí.
Mientras los niños terminaban de prepararse entre risas, Mateo reclamando que él era el invitado original y las niñas ignorándolo olímpicamente, Max se sentó a la pequeña mesa de la cocina con un café en las manos. Susena se sentó frente a él, y por un momento, solo se miraron. Él con esa sonrisa cargada de complicidad que le revolvía el estómago y ella con esa luz nueva en los ojos que él ya no podía dejar de buscar.
—¿Dormiste bien? —preguntó Max, con la voz baja, para que solo ella escuchara.
—Mejor que en mucho tiempo —admitió Susena, mirando su taza para no sonrojarse.
Max alargó la mano sobre la mesa y rozó los dedos de ella con los suyos. Solo un segundo, solo un roce. Pero fue suficiente para que ambos supieran que lo que había empezado la noche anterior en esa misma puerta no tenía vuelta atrás.
Salieron los cinco a la mañana radiante de Astoria, Max caminando al lado de Susena, Mateo pegado a su otro lado explicándole sus golpes favoritos, y Valeria y Lucía corriendo adelante, discutiendo quién iba a aprender más rápido. La tía Martha los despidió desde la ventana, persignándose y dándole gracias al cielo por la primera mañana de verdadera paz que había visto en el rostro de su Susy desde que el mundo se les derrumbó.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.