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Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:479
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.

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Capítulo 08

El aire en el salón de recepciones de la Casa Voran estaba saturado del aroma a incienso de sándalo y el siseo constante de las sedas rozando el suelo de mármol. Para un observador casual, era una celebración de compromiso; para Atraeus, era el escenario de una ejecución pública donde la guillotina estaba hecha de contratos matrimoniales y promesas vacías.

Atraeus permanecía en un balcón interior, observando la marea de nobles desde las sombras. A su lado, Thera revisaba un pequeño pergamino con anotaciones cifradas. Lucía un vestido de terciopelo negro que contrastaba con la palidez de su piel, una elección deliberada para resaltar que ella no pertenecía a ese mundo de colores pasteles y falsas modestias.

—El anzuelo ha sido tragado hasta el fondo —susurró Thera, sin apartar la vista de la multitud—. Lord Voran cree que al casar a su hija Elara con Julian de la Casa Varyn, está asegurando una línea directa con el tesoro real. No tiene idea de que el tesoro de los Varyn es un pozo seco cubierto por una alfombra de deudas garantizadas por el Banco de Hierro.

Atraeus sonrió, una curva cruel en sus labios.

—La ambición es un velo que ciega incluso a los más astutos, Thera. Lord Voran está tan ansioso por ascender que no se ha molestado en mirar los cimientos de la casa a la que se está uniendo. Le vendí la información a través de tres intermediarios distintos, cada uno más "confiable" que el anterior.

—Y mientras tanto —continuó Thera, guardando el pergamino entre los pliegues de su vestido—, Lord Varyn cree que la dote de los Voran salvará sus tierras de la incautación. Es una simetría perfecta de engaños. Cuando el contrato se firme esta noche, ambas familias quedarán encadenadas a una ruina compartida.

Atraeus bajó la mirada hacia la joven Elara Voran. Era una muchacha de apenas dieciocho años, con ojos llenos de una esperanza ingenua mientras bailaba con Julian Varyn. Julian, un hombre cuya belleza física ocultaba una debilidad de carácter que Atraeus ya había explotado en el pasado. Era una lástima, pensó brevemente, pero en el juego por el trono de Vesperia, la inocencia era el primer sacrificio que se exigía.

—Es hora de mover la última pieza —dijo Atraeus—. Marcella está abajo. Ella será quien "descubra" accidentalmente la insolvencia de los Varyn justo después de que el Gran Sacerdote selle el vínculo. La caída será espectacular.

—¿Y qué ganamos nosotros con el hundimiento de dos casas menores? —preguntó Thera, girándose hacia él, su mirada ámbar desafiante—. Sabes que no me conformo con pequeñas intrigas, Atraeus.

—Ganamos el puerto de Varyn y las fundiciones de Voran. Cuando sus activos salgan a subasta por impago al Banco de Hierro, yo seré el único comprador con el oro suficiente para rescatarlos. Para el solsticio de invierno, no solo tendré información, tendré el control físico de los suministros de guerra de la capital.

Thera se acercó a él, su presencia era una perturbación eléctrica en el aire frío del balcón. Colocó una mano sobre la de Atraeus, que descansaba en la barandilla de piedra.

—Eres un monstruo, ¿lo sabes? —su voz era un susurro cargado de una admiración oscura.

—Soy lo que ellos me obligaron a ser —respondió él, girando la mano para entrelazar sus dedos con los de ella—. Y tú eres la única que puede apreciar la arquitectura de este monstruo.

Se retiraron hacia una de las antecámaras privadas, lejos del bullicio. El espacio era pequeño, iluminado solo por el resplandor de una chimenea moribunda. En cuanto la puerta se cerró, la tensión estratégica que compartían se transformó en algo mucho más primario. Atraeus acorraló a Thera contra la pesada puerta de madera, sus manos buscando la calidez de su piel bajo el terciopelo.

—Me desafías en cada paso, Thera —murmuró él contra su cuello, inhalando el aroma a pergamino y especias que ella siempre desprendía—. Y eso es lo que me hace querer destruirte y protegerte al mismo tiempo.

Thera soltó un jadeo, echando la cabeza hacia atrás para darle acceso. Sus manos subieron al pecho de Atraeus, desabrochando con impaciencia los botones de su casaca.

—No necesito protección —replicó ella, su voz temblando por el deseo—. Necesito un igual. Alguien que no se rompa cuando le devuelvo el golpe.

Atraeus la levantó, sus movimientos eran potentes y cargados de una posesividad que rozaba lo violento. La sentó sobre un escritorio de caoba, apartando los tinteros y las plumas con un estrépito sordo. La luz de las llamas danzaba sobre sus rostros, revelando la intensidad de una conexión que iba más allá del placer físico; era el reconocimiento de dos almas que se habían encontrado en la oscuridad.

El encuentro fue una batalla de voluntades. Atraeus la poseyó con una urgencia que buscaba reclamar no solo su cuerpo, sino su lealtad absoluta. Thera respondía con una ferocidad que lo dejaba sin aliento, sus uñas marcando su espalda mientras gritaba su nombre en un susurro ahogado. En ese momento, las intrigas políticas y las casas nobles que caían en el salón de abajo no eran más que ruido de fondo. Aquí, en la penumbra, se estaba forjando el verdadero poder.

—Dime que eres mía —exigió Atraeus, sus ojos brillando con una mezcla de pasión y la magia que siempre latía bajo su piel.

—Soy tu aliada, Atraeus —jadeó ella, arqueándose contra él, sus ojos ámbar fijos en los de él con una claridad aterradora—. Pero nunca seré tu esclava. Recuérdalo cuando el trono sea tuyo.

Cuando finalmente regresaron a la calma, el sudor enfriándose en sus cuerpos, un grito ahogado resonó desde el salón principal. El plan de Marcella había comenzado.

Atraeus se ajustó la ropa, recuperando su máscara de indiferencia noble en cuestión de segundos. Ayudó a Thera a levantarse, observándola con una nueva profundidad de respeto. Ella era el doble filo de su propia espada: capaz de cortar a sus enemigos, pero también capaz de herirlo a él si bajaba la guardia.

Salieron al balcón justo a tiempo para ver el caos. Lord Voran estaba pálido, sosteniendo un documento que Marcella le había entregado "por error". Lord Varyn intentaba balbucear una explicación mientras los invitados retrocedían como si la insolvencia fuera una enfermedad contagiosa. Elara Voran lloraba en un rincón, su vestido de novia transformado en un sudario para sus sueños.

—Mira cómo se desmorona su mundo —dijo Atraeus, sin una pizca de remordimiento en su voz—. Creen que es una tragedia, pero es simplemente una corrección necesaria. Los débiles deben caer para que los fuertes puedan construir sobre sus ruinas.

—La Casa Voran está terminada —sentenció Thera, observando la escena con la frialdad de una científica—. Y la Casa Varyn perderá sus títulos antes del amanecer. Mañana, los mercados de la ciudad entrarán en pánico.

—Y ahí es donde entraremos nosotros —concluyó Atraeus—. Comprando el pánico con el oro que ellos mismos nos dieron por nuestros secretos.

Se quedaron allí un momento más, dos sombras observando el incendio político que habían provocado. Atraeus sintió una extraña satisfacción. No era solo la venganza contra la nobleza lo que lo movía; era la embriagadora sensación de control. Estaba reescribiendo el destino de Vesperia con cada mentira, con cada alianza estratégica y con cada caricia compartida con la mujer a su lado.

—Capítulo 6 cerrado —dijo Thera, dándose la vuelta para salir—. ¿Cuál es el siguiente paso, mi arquitecto?

—El vínculo de sombra —respondió Atraeus, su mente ya trabajando en la siguiente fase—. Ahora que tenemos los recursos, debemos asegurar que nuestra propia alianza sea inquebrantable. Porque el enemigo real no son estos aristócratas decadentes, Thera. El enemigo es la Reina, y ella juega un juego mucho más sucio que este.

Mientras abandonaban el palacio de los Voran, dejando atrás los gritos y la deshonra, Atraeus sabía que el camino hacia el solsticio estaba despejado. Había utilizado el amor y la ambición como armas de destrucción masiva. El "Doble Filo" había cortado profundamente, y la sangre de la nobleza empezaba a manchar el suelo que él pronto reclamaría como propio.

Pero en el fondo de su mente, las palabras de Thera resonaban: *no soy tu esclava*. Atraeus sabía que, en este laberinto de traiciones, la persona más cercana a su corazón era también la que tenía el poder de asestarle el golpe final. Y, curiosamente, esa era la razón por la que no podía dejar de desearla.

Vesperia dormía, ajena al hecho de que su jerarquía acababa de cambiar para siempre. En los muelles, el sonido de las olas de sal golpeando la madera era el único aplauso para el hombre que, desde las sombras, estaba devorando el reino trozo a trozo.

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