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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

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Capítulo 20: Sombras en la Nieve

La paz en el refugio de los cedros era un espejismo de seda sobre un suelo de espinas. Isolde se había quedado dormida contra el pecho de Alaric, acunada por el calor abrasador de su cuerpo y el ritmo pesado de su corazón, que latía contra su espalda como un tambor de guerra amortiguado. En ese breve instante de inconsciencia, el frío de Aethelgard había desaparecido, reemplazado por la sensación de los brazos de acero de su esposo rodeándola, protegiéndola de un mundo que solo quería verla rota.

Pero la montaña no permitía el olvido.

Un chasquido seco, el sonido de una rama congelada rompiéndose bajo un peso excesivo, cortó el aire como un latigazo. Los ojos de Alaric se abrieron al instante. No hubo transición entre el sueño y la vigilia; en un latido era un hombre descansando, y al siguiente era el depredador más peligroso del reino, con cada músculo de su metro noventa y cinco de estatura tenso y listo para la matanza.

—No te muevas —le susurró al oído. Su voz era tan baja que apenas fue un soplo de aire, pero la vibración en su pecho le dijo a Isolde que el peligro estaba encima de ellos.

Alaric la soltó con una lentitud calculada, deslizándose fuera de la capa de piel de oso con la agilidad de una sombra. Sus manos buscaron instintivamente el pomo de su espada pesada. Isolde se incorporó, sintiendo el golpe inmediato del frío contra su piel, pero el miedo que le recorrió la espina dorsal era mucho más gélido que la nieve.

—Están aquí —susurró Cédric, apareciendo desde la penumbra con la ballesta cargada. Sus ojos reflejaban el pánico contenido—. Los sabuesos de Valerius. He visto las siluetas entre los pinos. Son exploradores de élite, Alaric. Vienen en silencio.

Alaric se puso de pie, su figura masiva eclipsando la poca luz de la luna que se filtraba entre las ramas. Su cara de malo estaba ahora grabada en una determinación gélida. Sabía que si los exploradores los habían localizado, el grueso del ejército no tardaría en cerrar el cerco.

—Llévatela —ordenó Alaric, sin apartar la vista de la oscuridad del bosque—. Sigue el cauce del río congelado hacia el sur. No te detengas por nada. Ni siquiera si escuchas mi nombre.

—¡No! —Isolde se puso de pie de un salto, agarrando el brazo de Alaric. Sus dedos pequeños se hundieron en el cuero de su armadura—. ¡No voy a dejarte aquí solo! Son demasiados, Alaric.

Alaric se giró hacia ella. La agarró por la nuca con su mano gigante, obligándola a mirarlo a los ojos. En esa mirada café ya no había rastro de la ternura de la noche; solo quedaba el Carnicero, el hombre que había sido forjado en sangre para situaciones como esta.

—Escúchame bien, Isolde —le siseó, su voz cargada de una autoridad que no admitía réplica—. Eres mi vida, pero en este momento eres mi mayor carga. Si te quedas, tendré que protegerte y moriremos los dos. Si te vas, podré ser el monstruo que ellos esperan. Podré matar sin miedo a que te pase nada.

—¡Alaric! —sollozó ella, pero él la atrajo hacia sí en un beso brutal, un choque de labios que sabía a despedida y a una posesión desesperada. Sus manos grandes la apretaron contra su pecho una última vez, grabándose la sensación de su cuerpo menudo en la memoria.

—Vete —ordenó, empujándola hacia Cédric con una brusquedad que le dolió en el alma.

Isolde fue arrastrada por Cédric y Genevieve hacia la parte trasera de la hondonada. Miró hacia atrás una última vez y vio a Alaric desenvainar su espada. El acero negro brilló con un reflejo mortal. Él no se ocultó; caminó directamente hacia la oscuridad del bosque, su silueta imponente desapareciendo entre los árboles como un demonio que regresa a su hogar.

El bosque estalló en caos.

Desde la distancia, mientras corría tropezando con las raíces y la nieve, Isolde escuchó el primer grito. No fue un grito de guerra, sino un alarido de puro terror. Luego vino el sonido del metal chocando contra el hueso, un golpe seco y definitivo que conocía demasiado bien. Alaric estaba cazando.

En la oscuridad total del bosque, el tamaño y la fuerza de Alaric eran su mayor ventaja. Se movía entre los pinos con una destreza aterradora, usando las sombras para flanquear a los exploradores de Valerius. El primer hombre ni siquiera lo vio venir; Alaric apareció detrás de él y, con un movimiento fluido de su brazo de acero, le cortó la garganta antes de que pudiera dar la alarma.

—¡Está aquí! ¡El Carnicero está aquí! —gritó otro soldado, disparando una flecha al azar hacia las sombras.

Alaric soltó un rugido que hizo que la nieve cayera de las ramas. Se lanzó sobre el grupo de soldados como un lobo entre ovejas. Su espada pesada era un torbellino de muerte; cada tajo abría armaduras y cortaba miembros con una facilidad que desafiaba la lógica. No peleaba con la elegancia de un caballero, sino con la brutalidad de un hombre que sabe que cada segundo que gana es un segundo más de vida para su esposa.

Sintió el pinchazo de una daga en su hombro, pero apenas le importó. La adrenalina y la furia por haber tenido que alejarse de Isolde lo mantenían en un estado de trance asesino. Agarró al soldado que lo había herido por la pechera, lo levantó del suelo y lo estrelló contra un tronco con tal fuerza que se escuchó el crujido de su columna rompiéndose.

—¿Querían al Duque? —rugió Alaric, su rostro manchado de sangre ajena, sus ojos brillando con una luz salvaje—. ¡Aquí lo tienen! ¡Vengan a morir!

A lo lejos, Isolde se detuvo un segundo, escuchando el eco de la batalla. Las lágrimas corrían por sus mejillas, congelándose en el aire. El pánico por Alaric la consumía, pero la orden de él seguía resonando en su cabeza. Tenía que sobrevivir. Por él.

Cédric la jaló del brazo de nuevo.

—Tenemos que seguir, mi señora. El sacrificio del Duque no puede ser en vano.

Continuaron la huida por el cauce del río, dejando atrás el sonido del acero y los gritos de agonía. Isolde apretó la daga en su cinturón, jurando que si Alaric no regresaba, ella misma buscaría a Valerius para terminar lo que su esposo había empezado. Pero en el fondo de su corazón, sabía que un hombre como Alaric no moría fácilmente. El Carnicero todavía tenía mucha sangre que derramar antes de que la noche terminara.

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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