De Rusia a México
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24
La biblioteca de la universidad, con sus techos altos y su silencio sepulcral, se sentía para Masha como una catedral de soledad. Estaba sentada en un rincón apartado, rodeada de libros de historia que no podía leer porque las lágrimas, esas que no le permitía ver a nadie, amenazaban con empañar su mirada hipnótica. Viktor acababa de enviarle un mensaje presumiendo el costo del próximo brazalete que le regalaría, y por primera vez, el peso del "Cereza Letal" en sus labios le resultó insoportable.
De pronto, un suave sonido de hojas moviéndose y el aroma a algo que no era incienso ruso, sino algo cálido como la vainilla y el sol, rompió su burbuja.
—Esa cara no combina con este lugar tan bonito —dijo una voz suave, con un acento extranjero que Masha no reconoció de inmediato.
Masha levantó la vista con la rapidez de un felino a la defensiva, lista para soltar un sarcasmo que alejara a la intrusa. Frente a ella estaba Camila. La joven morena de ojos café la miraba con una honestidad desarmante, sin rastro del miedo o la adulación que Masha solía recibir de sus compañeros.
—¿Sabes quién soy? —preguntó Masha, recuperando su máscara de frialdad.
—Una chica que parece que tiene el mundo sobre los hombros —respondió Camila, sentándose en la silla de enfrente sin pedir permiso—. Me llamo Camila. Soy nueva aquí, vengo de muy lejos y no conozco a nadie, así que no sé si se supone que deba tenerte miedo.
Masha se quedó sin palabras. Por primera vez en años, alguien no la miraba como "la princesa Petrov" o como "la hija del Espectro". Camila la miraba simplemente como a otra estudiante que sufría.
—Mis hermanos están ocupados convirtiéndose en hombres de hierro y el hombre que... —Masha se detuvo, tragándose el nombre de Alexei—. Digamos que el mundo es muy ruidoso, pero aquí dentro hay mucho silencio.
Camila sonrió y, en un gesto de empatía pura, extendió su mano y tocó suavemente el brazo de Masha.
—En mi tierra decimos que las penas con pan son menos, pero creo que aquí necesitamos algo más fuerte. A veces, tenerlo todo es la mejor forma de no tener nada. Si necesitas llorar, yo no se lo diré a tus antepasados de las pinturas. No busco una invitación a una fiesta ni un favor. Solo busco una razón para no sentirme tan sola en este frío.
Ese fue el momento profundo. Masha sintió que la armadura de hielo que había construido durante toda su adolescencia empezaba a agrietarse. Camila no buscaba su cuenta de banco, ni su apellido, ni su protección. Buscaba una conexión humana. Durante la siguiente hora, no hablaron de mafias ni de imperios. Hablaron de miedos, de sueños de infancia y de cómo el invierno ruso podía ser hermoso y aterrador al mismo tiempo.
Masha experimentó, por primera vez, lo que era tener una amiga de verdad. Alguien que le decía la verdad sin filtros y que la hacía reír con historias de un sol naranja que Masha solo conocía por los relatos de su madre. Al final de la tarde, la "Emperatriz de Moscú" ya no se sentía tan sola.
—Gracias, Camila —dijo Masha al despedirse, con un brillo genuino en los ojos—. Mañana, te espero aquí. Y no acepto un no por respuesta.
Mientras Camila se alejaba, Masha se quedó pensando en lo extraño que era el destino. No sabía que esa chica morena que acababa de animarla era el hilo rojo que conectaba directamente con el corazón atormentado de su hermano Mikhail