Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Buscando un pretexto.
La gala era un despliegue de poder dinástico. El salón principal de los Herzog vibraba con el murmullo de embajadores y magnates, pero para Darién, el aire estaba viciado. Holga se aferraba a su brazo como una joya de exhibición, y cuando se detuvieron ante el Canciller de la Universidad, ella soltó la bomba con una sonrisa de porcelana:
—Darién y yo estamos coordinando nuestras agendas para el próximo año —mintió ella, rozando el hombro de él—. Como futuros esposos, nuestras familias esperan que lideremos juntos la Fundación.
El estómago de Darién dio un vuelco de asco. La palabra "prometida" flotó en el aire como una sentencia de muerte. Sin decir una palabra, se soltó del agarre de Holga, dejó su copa a medio beber en la bandeja de un mesero y caminó hacia la salida.
—¿A dónde vas? —siseó Holga, alcanzándolo en el vestíbulo.
—A respirar —respondió él con una frialdad que la hizo retroceder—. Quédate con la mentira, mi encantadora prometida, disfruta del trono. Tienes todo bajo control. No me necesitas.
Holga lo miró con los ojos encendidos como brazas, pero no dijo ni una sola palabra, se limitó a sonreír para los invitados.
Diez minutos después, el motor del auto rugía por las calles empedradas de Heidelberg, huyendo de la seda y el champán hacia el aroma a levadura y realidad.
La tarde comenzaba a ceder, el viento frío golpeaba el auto. Era el peor momento para salir, pero para Darién, era perfecto. Necesitaba salir, quería hacerlo y había visto la oportunidad sin tener que mover un dedo.
A lo lejos, Aranza estaba bajando la persiana metálica cuando los faros del auto iluminaron la calle desolada. Darién bajó del vehículo luciendo su esmoquin impecable, pero con la corbata deshecha y la mirada salvaje.
—Sube al auto —ordenó. No era una petición, era un ruego disfrazado de comando.
Aranza, cansada de un día de ventas mediocres y del peso de la sospecha, lo observó con incredulidad.
— Herzog, pareces un pingüino fuera de su hábitat. ¿Qué quieres ahora?
—Solo sube. Sácame de aquí.—Dijo Darién con una mirada de súplica que Aranza sintió en su interior.
Ella terminó aceptando, impulsada por una curiosidad que la irritaba. Ambos terminaron en un restaurante de cinco estrellas en la periferia, un lugar donde las velas proyectaban sombras largas sobre el mantel de lino. Darién no le quitaba la vista de encima. Observaba cómo Aranza, a pesar de su delantal y sus manos trabajadas, se movía con una seguridad que ninguna chica de la Élite poseía.
Se quedó hipnotizado mirando los detalles de su rostro: la pequeña cicatriz cerca de su ceja, la forma en que se mordía el labio inferior cuando pensaba una respuesta, y ese brillo desafiante en sus ojos verde oscuro.
—Contigo puedo... respirar —confesó Darién, inclinándose sobre la mesa. Su mirada descendió a los labios de Aranza, deteniéndose en el punto exacto donde ella se presionaba con los dientes.
—Estás loco —susurró ella, sintiendo que el calor del vino y la cercanía de Darién le nublaban el juicio—. No sé qué intentas lograr, pero te aclaro que no me agradas y mucho menos me atraes. Ni como hombre, ni como amigo.
—Si te quisiera para pasar el rato, te habría llevado a una discoteca ruidosa a beber hasta perder el sentido —respondió él con una sonrisa pequeña y sincera que Aranza nunca había visto—. Te traje aquí porque es lo más correcto para alguien como tú.
Aranza no respondió, tomó la copa y bebió sintiendo sus mejillas arder.
La plática paso de ser un intento por quedar bien a una conexión inmediata.
Ambos dejaron las máscaras a un lado y por un momento se dejaron llevar, se permitieron sonreír, se permitieron la vulnerabilidad.
El lugar, el ambiente, todo encajaba, porque en realidad no era lo que estaba alrededor, comprendieron que la armonía del momento no dependía del ambiente ni del brillo de la cristalería; la verdadera magia, esa chispa sagrada que hacía que el tiempo se detuviera, no estaba en lo que los rodeaba, sino en la verdad que vibraba entre ellos. Al final, el universo entero se había reducido a ese pequeño espacio ocupado por sus dos almas.
Cuando la oscuridad se hizo absoluta, llegó el momento de partir, pero el adiós quedó suspendido en el aire
Al dejarla cerca de su departamento, el silencio entre ambos era una cuerda tensa. Darién se acercó, envolviéndola en su perfume. No la besó, pero el roce de su respiración en la mejilla de Aranza fue suficiente para que ella sintiera que el mundo se inclinaba.
Se dijeron adiós con la torpeza de quienes, en el fondo, buscaban cualquier excusa para no soltarse