La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 18
La tarde ya caía, y el campus, después de las cinco, se quedaba como calmado a la fuerza. Los salones se iban vaciando, las sombras se alargaban sobre el césped y, de vez en cuando, se oía a alguien reír o hablar entre los árboles. Vanessa iba con Mariana, sintiendo el viento en el pelo y dándole vueltas a cosas que no tenían mucho sentido.
No se le quitaba de la cabeza lo que había leído de Román Ortega. Boston. Carlo. Casasola Holdings. Firmas digitales que olían a algo turbio. No había forma de que todo encajara, pero tampoco de que no tuviera nada que ver.
Vanessa no se tragaba eso de las casualidades.
Pero tampoco veía a Carlo como un peligro.
Y eso, quizá, era lo que más le intrigaba.
Mariana, en su mundo, seguía hablando de lo primero que se le pasaba por la cabeza, como siempre.
—Te juro que hoy en clase casi me quedo dormida —dijo—. El profe habla tan lento que siento que me hago vieja en cada minuto.
Vanessa soltó una risita, suave pero sincera.
—Ay, sí que exageras.
—No es exageración —dijo Mariana moviendo las manos—. Lo hubieras visto, parecía que iba a llorar mientras hablaba, y yo pensando que me iba a dar un ataque de aburrimiento.
—Pues a lo mejor deberías dormir más —dijo Vanessa—. Ayuda.
—¿Dormir? Con la de trabajos que nos mandan, ni de broma. Prefiero seguir sufriendo.
Vanessa la miró de lado.
—No sé cómo aguantas —dijo con un suspiro.
—Con esfuerzo y helado —le contestó Mariana—. Por eso te dije que hoy vamos por uno.
Vanessa iba a decir algo cuando notó que alguien las seguía. No era algo pesado ni que hiciera ruido. Era como si estuviera ahí, sin más. Una cosa que te avisa el instinto.
Era Carlo. Iba a unos metros, haciendo como que miraba el celular, pero iba casi al mismo ritmo que ellas. Vanessa no se giró. No hacía falta. Lo sentía.
Mariana sí se dio cuenta.
—Mira quién viene detrás —dijo en voz baja, riéndose—. Mi amigo y tu fan número uno.
—Mariana…
—¿Qué? —dijo haciéndose la inocente—. Es verdad. Cada vez que te ve, Carlo se queda sin aire y, aparte mudo, míralo, no habla, solo camina como zombie.
Vanessa puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. El corazón le latía más rápido, una cosa que le molestaba y trataba de ignorar.
—No digas tonterías —soltó al final.
Pero Mariana sonrió, como si supiera algo que Vanessa no quería reconocer.
Carlo, detrás, murmuró algo para sí mismo. No iba para ellas, ni siquiera para que alguien lo escuchara. Era lo que pensaba, dicho en voz baja.
—Vanessa…
Le salió el nombre como si estuviera enojado, sorprendido y algo triste a la vez. Como si no pudiera evitarlo.
Cuando Vanessa y Mariana cruzaron el césped hacia la salida del campus, Carlo aceleró un poco, pensando si ir con ellas o no. Pero algo le dijo que no era el momento.
Sí, las seguía, pero no por ella, sino por su amistad. También porque desde hacía días había algo que lo hacía sentir más cerca de Vanessa.
Después de tantos años entre códigos y sistemas, sabía cuándo algo no encajaba. Había algo raro. Algo que tenía que ver con Vanessa, aunque ella no lo supiera.
O a lo mejor sí lo sabía... Eso era lo que le intrigaba.
Cerca de ellos, entre los árboles, dos tipos normales iban con cuidado. Uno llevaba gafas de sol, aunque ya casi no había luz. El otro hablaba a un aparato pequeño que tenía en la muñeca. Parecían estudiantes, pero no lo eran.
Eran los guardaespaldas de Vanessa.
Andrew había sido claro: no podían perderla de vista. Ni un momento.
Uno de ellos, Daniel el de las gafas, dijo en voz baja:
—La reina se mueve hacia el centro comercial.
—Entendido —contestó el otro—. A cinco pasos. No te metas a menos que haya peligro.
—Ya estoy en el centro comercial —contestó Laura, analizando que todo estuviera bien.
Carlo también los vio, aunque ellos no se dieron cuenta. Sabía quiénes eran. Sabía que eran profesionales. Sabía que no estaban vigilando el campus... Estaban ahí por ella.
Y eso le hizo preguntarse más cosas.
En el estacionamiento, Mariana buscaba las llaves mientras Vanessa echaba un vistazo a su alrededor, sin que se notara mucho. No se le escapaba nada.
—Te voy a invitar el helado más grande que haya —dijo Mariana—. A ver si se te quita esa cara de estar siempre preocupada.
—No estoy preocupada —contestó Vanessa—. Estoy pensando.
—Ese es el asunto. Que le das demasiadas vueltas —dijo Mariana riendo.
Carlo, ya cerca, carraspeó un poco.
—Oye… ¿Van a ir por un helado?
Mariana contestó al momento:
—Sí. ¿Te apuntas?
Carlo la miró a ella, después a Vanessa. Y luego miró al suelo.
—No quiero molestar…
Vanessa entrecerró los ojos.
—No molestas, eres nuestro amigo.
Carlo levantó la vista, sorprendido. Se le cambió la cara.
—Pues… sí. Me gustaría ir.
Mariana frotó las manos, contenta.
—Perfecto. Esto se anima.
Carlo no sabía qué quería decir ella con eso, pero Vanessa sí. Y no pudo evitar suspirar.
—Vamos —dijo ella.
Los guardaespaldas se pusieron a su alrededor sin que ninguno de los tres se diera cuenta.
El camino a la heladería tenía lámparas con luz cálida. Mariana no paraba de hablar de una serie nueva que estaba viendo. Carlo la escuchaba con interés, pero cada tanto se fijaba en Vanessa.
Ella no hablaba mucho, pero estaba atenta a todo como si intentara resolver algo.
Carlo tragó saliva.
—Vanessa… —se animó a preguntar—. ¿Estás bien?
Ella se giró hacia él. Tenía una mirada que pocos entendían: elegancia, seguridad y algo más escondido, como un secreto.
—Sí —contestó—. Estoy cansada.
Carlo la miró un segundo más, tratando de entenderla.
Vanessa aguantó la mirada.
—Si dices que estás bien, te creo —dijo él en voz baja.
Mariana los interrumpió:
—Ay, ya, cuando entremos, se sientan juntos, que me está dando calor de tanta tensión que hay —Carlo se atragantó.
Vanessa parpadeó, sin mostrar nada.
—Mariana…
—¿Qué? —dijo Mariana riéndose—. Hasta las lámparas se dieron cuenta.
Carlo intentó cambiar de tema.
—La heladería cierra tarde, ¿no?
—Sí —contestó Vanessa, agradecida por el cambio de tema—. Siempre hay gente.
Pero antes de que pudieran seguir, le vibró el móvil a Vanessa.
Era un mensaje de Andrew.
"Estado: Alguien intenta meterse en tus sistemas. Lo estoy mirando." —Vanessa respiró hondo.
Carlo notó que le había cambiado la cara.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —contestó—. Cosas de la clase de mañana.
Pero Carlo no se lo creyó y la miró a los ojos.