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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo XVIII

El salón no tuvo tiempo de recuperarse del golpe, de recomponer su fachada de perfección.

Kennedy no pidió explicaciones ni buscó consenso. No permitió segundas opiniones ni concesiones. Su decisión cayó como un hachazo implacable, cortando de raíz cualquier intento de resistencia.

—La recepción ha terminado —anunció con una voz que no necesitaba alzarse para ser escuchada, una autoridad innata que imponía respeto. Agradecemos su presencia, añadió, despidiendo a los invitados con una frialdad cortante. El resto no es asunto suyo, sentenció, marcando los límites con firmeza.

Hubo un murmullo torpe, desconcertado, un coro de voces apagadas que expresaban su confusión. Algunas miradas se desviaron con incomodidad, avergonzadas de haber presenciado la debacle. Otras, hambrientas de drama, intentaron aferrarse a lo que quedaba del espectáculo, buscando saciar su sed de morbo. Kennedy no les dio nada, ni una palabra más, ni una mirada, negándoles la satisfacción de presenciar su caída.

Su mano se cerró alrededor de la de Madison, sujetándola con fuerza.

No fue un gesto delicado ni romántico, sino una acción instintiva de protección. Fue firme y posesiva, protectora de una manera áspera, casi brutal, como si soltarla fuera permitir que el mundo volviera a morderla, a destrozarla con su crueldad.

—Vámonos —dijo, sin mirarla todavía, su voz áspera y cargada de tensión.

Madison apenas sentía el suelo bajo sus pies, su cuerpo entumecido por el shock. El pulso le martillaba en las sienes, un ritmo frenético que resonaba en su cabeza. El cuello le ardía por la presión de las manos que la habían estrangulado. El cuero cabelludo le dolía con cada movimiento, recordándole la violencia que había sufrido. Aun así, caminó, obedeciendo a su instinto de supervivencia. Porque quedarse no era una opción, porque aquel lugar había dejado de ser una celebración para convertirse en una jaula iluminada, un escenario de humillación.

Atravesaron el salón como una herida abierta, dejando tras de sí un rastro de silencio y especulación.

Los invitados se apartaban a su paso, evitando su mirada, temerosos de contagiarse de su desgracia. Algunos fingían no verlos, negando la realidad de lo que había sucedido. Otros los seguían con la mirada, especulando sobre su futuro, construyendo versiones distorsionadas que no les pertenecían, alimentando su sed de chismes. Madison captó fragmentos sueltos de sus conversaciones, palabras venenosas que se clavaban en su alma: pobre chica, qué lástima, algo turbio hay ahí, los Beckham siempre fueron así.

Kennedy apretó un poco más su mano, sintiendo su dolor, percibiendo cada pensamiento ajeno como si pudiera leer su mente.

—No los escuches —murmuró, por primera vez dirigiéndose a ella, su voz suave pero firme. No permitas que te afecten sus palabras, añadió, protegiéndola de su veneno.

Ella no respondió, temiendo que, si hablaba, algo dentro de ella se quebrara del todo, desatando una tormenta de emociones que no podría controlar.

Las puertas se cerraron a sus espaldas con un golpe seco, un sonido que resonó como una sentencia. El aire nocturno los recibió como un choque helado, despertándolos de su pesadilla. Frío, real, sin adornos ni falsas promesas.

El chófer ya estaba ahí, esperando en silencio. Kennedy abrió la puerta del auto sin ceremonia, sin ofrecerle ninguna muestra de galantería.

—Entra, ordenó, protegiéndola del mundo exterior.

Madison obedeció, sintiéndose como una marioneta a la que movían a su antojo. El cuero del asiento estaba helado, quemando su piel. Se encogió apenas, abrazándose a sí misma sin darse cuenta, buscando calor en su propio cuerpo. Kennedy entró detrás de ella y dio la orden al chófer con una sola palabra, una instrucción tajante:

—Casa.

El vehículo arrancó, alejándose del salón de fiestas, dejando atrás el caos y la humillación.

Durante los primeros minutos no hubo sonido alguno, salvo el del motor y la respiración irregular de Madison, que luchaba por recuperar la compostura. Kennedy la observaba de reojo, analizando su estado, buscando señales de su dolor. La forma en que mantenía la espalda rígida, intentando controlar su temblor. La mirada perdida en la oscuridad del cristal, reflejando su confusión y su miedo. Los dedos temblando levemente sobre su regazo, delatando su nerviosismo.

—¿Te duele?, preguntó al fin, rompiendo el silencio, mostrando su preocupación.

Ella tardó en responder, sopesando sus palabras.

—Todo, dijo en voz baja, casi inaudible, revelando la magnitud de su sufrimiento. Pero ya estoy acostumbrada, añadió, minimizando su dolor, resignada a su destino.

Eso fue lo que lo hizo estallar, la resignación en su voz, la aceptación de su maltrato.

Kennedy giró el cuerpo hacia ella de golpe, apoyando un brazo en el respaldo del asiento, acorralándola en su mirada.

—No, dijo con dureza, negándose a aceptar su resignación. A eso no te vas a acostumbrar más, afirmó, marcando un límite. Conmigo no, sentenció, prometiendo protegerla.

Madison lo miró por primera vez desde que salieron del salón, encontrando en sus ojos una determinación implacable. Sus ojos estaban vidriosos, no por lágrimas visibles, sino por algo mucho más peligroso: agotamiento puro, una fatiga del alma que amenazaba con consumirla.

—No entiendes, susurró, revelando su desesperanza. Ellos siempre encuentran la forma de lastimarme, aseguró, resignada a su destino.

—Entonces tendrán que encontrar una nueva, respondió, con una determinación inquebrantable. Porque esa se acabó hoy, afirmó, marcando el fin de su sufrimiento.

El auto avanzaba por calles cada vez más vacías, adentrándose en la oscuridad de la noche. Las luces de la ciudad pasaban como destellos intermitentes, iluminando el rostro de Madison por segundos, revelando su vulnerabilidad. El leve enrojecimiento en su mejilla, la marca incipiente en su cuello, la forma en que apretaba la mandíbula para no derrumbarse, para no mostrar su debilidad.

Kennedy sintió algo incómodo clavársele en el pecho, un sentimiento que lo removía por dentro. No era culpa, no era lástima. Era rabia, una furia vieja y densa que no pedía permiso, que exigía venganza.

—Mañana mismo, continuó, trazando un plan en su mente, voy a poner límites, límites reales, legales, físicos si hace falta. Tu padre y tus hermanos no vuelven a acercarse a ti sin pasar primero por mí, afirmó, protegiéndola de su abuso.

—Eso solo los va a provocar, replicó ella, cansada de luchar, resignada a su destino. Ellos no saben perder, sentenció, conociendo su naturaleza despiadada.

—Yo tampoco, respondió Kennedy, su voz cargada de una amenaza implícita.

Silencio otra vez, un silencio tenso y cargado de promesas.

Madison dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos, buscando refugio en la oscuridad. Por primera vez en todo el día, no había cámaras que la grabaran, ni música que la aturdiera, ni sonrisas obligatorias que la forzaran a fingir. Solo la noche silenciosa y él, su protector.

—Lo siento, murmuró, casi inaudible, sintiéndose culpable de su sufrimiento.

Kennedy frunció el ceño, molesto por su disculpa.

—No vuelvas a decir eso, ordenó, negándose a aceptar su culpa. No hiciste nada malo, afirmó, defendiendo su inocencia.

—Casarme contigo fue…, se detuvo, buscando aire, luchando por encontrar las palabras correctas. Fue la única salida que vi, confesó, revelando su desesperación.

Kennedy la sostuvo con la mirada, sintiendo su dolor como si fuera propio.

—Y aun así te dejaron sangrando, dijo, con una voz cargada de rabia. Eso no es familia, Madison, sentenció, despojándolos de ese título. Es otra cosa, añadió, revelando la verdad de su relación.

El auto se detuvo finalmente frente a la residencia Douglas, imponente y silenciosa, un refugio que todavía no sabía si podía llamarse hogar, un lugar que podía convertirse en su prisión o en su santuario.

Kennedy bajó primero del vehículo y rodeó el auto para abrirle la puerta, mostrando un respeto que antes no había demostrado. Esta vez, su mano fue distinta, más consciente, más cuidadosa.

Madison la tomó, sintiendo la fuerza que emanaba de él, buscando apoyo en su presencia.

Al bajar del auto, las piernas le flaquearon por un segundo, sintiéndose débil y vulnerable. Kennedy no dudó, actuando por instinto: pasó un brazo alrededor de su cintura, sosteniéndola con firmeza, protegiéndola de cualquier caída.

—No estás sola, dijo cerca de su oído, su voz suave y reconfortante. Aunque no confíes en mí todavía…, añadió, reconociendo su desconfianza. No estás sola, repitió, prometiendo su apoyo incondicional.

Ella no respondió, abrumada por sus palabras.

Pero no se apartó de su lado, permitiendo que la guiara hacia la casa, buscando refugio en su presencia.

Y en ese gesto mínimo, frágil, Kennedy entendió que acabar con la fiesta había sido solo el principio, la primera batalla de una guerra mucho mayor. Lo verdaderamente difícil acababa de empezar, el desafío de ganarse su confianza y protegerla de sus demonios.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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