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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

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Cap 23

Narrado por: Caelum

—¡He preguntado dónde está el Príncipe Elian! —bramó el General, su voz rebotando en la obsidiana de la Cámara del Núcleo—. ¡Ríndete, Caelum! ¡La Fortaleza es nuestra!

Aura tensó los músculos a mi lado. El fuego negro de su brazo fusionado siseó, amenazando con derretir la tela de mi capa que lo envolvía.

—Silencio, humana —le susurré, sin mover los labios—. Baja el brazo. Confía en mí.

Di un paso al frente, interponiéndome entre Aura y el ejército invasor. Levanté ambas manos, palmas abiertas, dejando caer mi lanza de hielo al suelo. El sonido del cristal negro rompiéndose resonó como un trueno.

—¡Elian está muerto! —grité.

Un murmullo de pánico y furia recorrió las filas de la Primavera. El General desenvainó una espada ancha, su hoja brillando con savia venenosa.

—¡Mientes, Dios del Invierno! —rugió el oficial—. ¡Si el Príncipe hubiera caído, su magia habría arrasado esta caverna!

—Lo hizo —respondí, mi voz gélida, monótona, proyectando una derrota que no sentía—. Su explosión destrozó a las Sombras Antiguas y rompió mis defensas. Me he quedado sin magia. No tengo con qué luchar. He perdido mi trono.

El General entrecerró los ojos, evaluando mi postura, mi túnica rasgada y la sangre azul seca en mi barbilla.

—¿Y la chica? —señaló a Aura con la punta de su espada—. ¡El Príncipe la quería viva!

—Está muerta también —mentí con absoluta frialdad—. Su cuerpo no soportó la detonación de mi hermano. Solo queda un cascarón vacío. La magia de la Primavera la ha quemado por dentro.

—¡Mentira! —el General avanzó dos pasos—. ¡La veo de pie!

—Es mi hielo lo que la sostiene —dije, bajando las manos—. Espejo de Escarcha.

Canalicé la poca energía que le quedaba a mi núcleo y la arrojé hacia atrás, directamente sobre Aura.

No la congelé. Creé una fina capa de cristales refractantes sobre su piel y su ropa. Manipulé la luz a nuestro alrededor. Ante los ojos del ejército de la Primavera, la figura de la humana se distorsionó. Su cabello negro se volvió de un rubio cenizo. Su chaqueta de cuero se transformó en una coraza dorada abollada. Su rostro se transmutó en las facciones rotas y ensangrentadas de mi hermano Elian.

Aura soltó un jadeo ahogado por el frío extremo chocando contra su piel hirviente. Su brazo mutado, ahora camuflado bajo la ilusión del brazo dislocado de Elian, tembló.

—¡Caelum, quema! —susurró ella, su voz apenas un roce en el aire.

—Sopórtalo —murmuré.

Me giré, me agaché y la levanté en brazos. Pesaba poco, pero el calor que irradiaba a través de la ilusión térmica era agonizante. Sentí mi propia armadura derretirse lentamente contra mi pecho.

Caminé hacia el General, cargando el falso cadáver de mi hermano.

—Os entrego a vuestro Príncipe —dije en voz alta—. Y me entrego a mí mismo. Llevadme ante vuestros comandantes. Habéis ganado el Norte.

El General envainó su espada, su rostro contorsionado por una mezcla de triunfo y repulsión al ver el "cuerpo" de Elian.

—Soy el General Vane —dijo, sacando unas pesadas esposas de hierro forjado con runas anuladoras de magia—. Pon al Príncipe en el suelo, Caelum. De rodillas.

—Si lo suelto, la ilusión de éxtasis que mantiene su cuerpo intacto se romperá —mentí sin parpadear—. Si quieres llevarle a tus reyes un cadáver desmembrado, lo dejaré caer. Si quieres llevarlo con dignidad, permíteme cargarlo hasta la superficie.

Vane lo dudó. Miró a sus lugartenientes. La avaricia en sus ojos fue evidente; ser el hombre que desfilara con el Dios del Invierno encadenado y el cuerpo del Príncipe recuperado le daría un asiento en el Alto Consejo.

—Caminarás despacio —ordenó Vane—. Y si intentas conjurar una sola estaca de hielo, mis arqueros te convertirán en un erizo. ¡Abran paso al Elevador de Bronce!

Las filas de soldados dorados se apartaron.

Comencé a caminar.

El calor del brazo derecho de Aura me estaba despellejando el hombro a través de la túnica, pero mantuve el rostro inexpresivo. Susurros de odio e insultos volaban desde los soldados a medida que avanzábamos por los pasillos destrozados de la catacumba.

—Lo estás haciendo bien —le susurré a Aura—. No respires profundo. El vapor te delatará.

—No voy a aguantar mucho, Caelum —murmuró ella, su boca pegada a mi clavícula, oculta por la ilusión—. El fuego del metal está buscando oxígeno. Necesita salir.

—Solo hasta el elevador. Una vez que las puertas se cierren, los masacraremos y subiremos a la Forja.

Llegamos al Gran Pozo.

Frente a nosotros se alzaba una estructura colosal: una jaula cilíndrica de bronce macizo y obsidiana, suspendida por gruesas cadenas de acero que se perdían en la oscuridad del techo, cientos de metros por encima. Era el antiguo ascensor rúnico que conectaba las venas de la montaña con la Cámara de la Forja Ancestral.

—Adentro —ordenó Vane.

Entré en la jaula de bronce con Aura en mis brazos. El suelo metálico crujió bajo mis botas.

Vane hizo una señal y cuatro de sus Guardias Pretorianos, guerreros de dos metros de altura equipados con alabardas de madera de sangre, entraron detrás de nosotros. Las pesadas rejas de obsidiana se cerraron con un golpe seco, aislándonos del resto del ejército.

—¡Activad el cabestrante! —gritó Vane a los soldados de fuera—. ¡A la superficie!

Los engranajes gigantescos comenzaron a girar. El elevador dio una sacudida brutal y comenzó a ascender por el pozo oscuro. El sonido de las cadenas era ensordecedor.

El espacio dentro de la jaula era de apenas tres metros cuadrados. Estábamos a menos de un metro de Vane y sus Pretorianos.

El General me miró fijamente. La luz de las runas del ascensor parpadeaba sobre su rostro lleno de cicatrices.

—Se acabó tu reinado de mil años, hielo eterno —se burló Vane—. El Sur por fin reclamará lo que es suyo. El calor derretirá todo este palacio estúpido.

No respondí. Mi atención estaba en Aura.

El espacio cerrado estaba jugando en nuestra contra. El aire en el ascensor comenzó a calentarse rápidamente. Yo dejé de emitir mi aura natural para no romper la ilusión de debilidad, lo que significaba que el calor del brazo de Aura estaba llenando la cabina.

—General... —dijo uno de los Pretorianos, aflojándose el cuello de la coraza—. ¿No hace un calor infernal aquí dentro?

—Es el pozo de magma inferior —respondió Vane, descartando la queja—. La montaña está inestable por la muerte del Príncipe.

Pero no era el magma.

Aura tembló en mis brazos. El dolor de su fusión con Deshielo estaba alcanzando un punto crítico.

Una gota de sudor, espesa y teñida de un verde fosforescente, rodó por la frente de la ilusión del rostro de Elian y cayó al suelo de bronce del elevador.

No hizo un sonido de chapoteo. Hizo un siseo abrasador, quemando un agujero del tamaño de una moneda en el metal.

Los ojos de Vane se clavaron en el agujero humeante. Luego subieron lentamente hacia el rostro de "Elian".

—¿Desde cuándo... los cadáveres sudan ácido? —preguntó Vane, su voz perdiendo la arrogancia y llenándose de sospecha.

—La magia residual... —intenté excusar.

Vane no esperó a que terminara. Acercó su mano enguantada y agarró el hombro ilusorio del cadáver.

El guante de cuero del General estalló en llamas al instante.

—¡Ahhhhh! —Vane retrocedió tropezando contra las barras del ascensor, sacudiendo su mano quemada—. ¡No es frío! ¡Esto es un horno! ¡Es una trampa!

—¡Ahora, Aura! —grité.

Solté mi control sobre la ilusión de escarcha.

El falso cuerpo de Elian se hizo añicos como un cristal roto. Aura cayó al suelo del elevador sobre sus propios pies, girando sobre sí misma. Su brazo derecho, la monstruosidad de obsidiana y fuego negro, se iluminó con la fuerza de un sol naciente.

—¡Sorpresa, grandulón! —rugió la humana.

Aura no dudó un milisegundo. Lanzó un tajo horizontal con su brazo-espada. El fuego negro cortó el asta de la alabarda del primer Pretoriano como si fuera mantequilla tibia y continuó su arco, cortando la coraza del soldado hasta la columna vertebral. El hombre cayó muerto antes de poder gritar.

—¡Matadlos! ¡Matad a la chica! —bramó Vane, desenrollando un látigo de lianas espinosas de su cinturón.

El ascensor se sacudió violentamente por el combate.

El segundo Pretoriano empujó su alabarda directamente hacia el pecho de Aura.

Invoqué una daga de hielo negro en mi mano derecha y la clavé en la muñeca del guardia antes de que su arma la alcanzara. La escarcha devoró su brazo en un segundo. Aura remató al soldado congelado con una patada frontal que lo estrelló contra las rejas del ascensor, haciéndolo pedazos de hielo y carne.

—¡Estrecho! ¡Demasiado estrecho! —se quejó Aura, esquivando un tajo del tercer guardia y quemándole el rostro con el reverso de su brazo de obsidiana.

Tenía razón. El elevador era una caja de fósforos. El calor de su brazo estaba fundiendo los barrotes de bronce a nuestro alrededor.

Vane hizo restallar su látigo. Las espinas se enrollaron alrededor de mi tobillo izquierdo y tiraron con una fuerza brutal.

Caí de espaldas contra el metal caliente. Vane levantó su espada venenosa para atravesarme el cráneo.

—¡Tu cabeza adornará mi tienda, Caelum! —escupió el General.

—No lo creo —dije, mirando sus ojos directamente.

Alcé mi mano libre y agarré la hoja envenenada de su espada a escasos milímetros de mi cara. Mi sangre azul siseó contra la toxina, pero no solté. Inyecté todo el Cero Absoluto que me quedaba directamente en el metal del arma enemiga.

La espada de Vane se congeló instantáneamente, el hielo trepó por la empuñadura y cubrió las manos del General.

—¡Aura! —grité, inmovilizándolo.

Aura había acabado con el último Pretoriano decapitándolo con un barrido limpio. Se giró al escuchar mi grito. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas por la euforia del fuego oscuro.

Se lanzó hacia Vane.

No usó el filo de su brazo-espada. En su lugar, agarró la coraza del General directamente con su mano de obsidiana candente.

El oro se fundió al instante, pegándose a la piel del oficial. Vane comenzó a chillar, un sonido espantoso que llenó el pozo del ascensor. Aura lo levantó un palmo del suelo usando pura fuerza sobrenatural impulsada por la rabia.

—¡Dile a tu Diosa que el Norte la saluda! —siseó Aura.

Empujó al General de la Primavera contra las rejas del ascensor. Las barras de bronce ya estaban al rojo vivo por la temperatura de la cabina. Aura aplicó fuerza. El metal cedió.

Vane, envuelto en fuego y hielo, fue expulsado a través de las barras rotas. Su grito se fue apagando a medida que caía en el abismo oscuro, cientos de metros hacia abajo.

Me puse en pie a duras penas, arrancando las lianas congeladas de mi tobillo.

La cabina estaba en silencio, a excepción del crepitar del fuego en el brazo de Aura y el chirrido espantoso de las cadenas sobre nuestras cabezas.

—Estamos vivos —jadeó ella, apoyándose contra la pared intacta de la jaula. Su brazo-espada seguía ardiendo intensamente. Las cicatrices de sus antebrazos estaban al rojo vivo—. ¿Falta mucho para la Forja?

Miré hacia el techo del elevador.

Las gruesas cadenas de acero que sostenían la jaula estaban brillando con un color naranja enfermizo. El calor extremo del brazo de Aura había subido, cocinando los eslabones que sostenían toneladas de peso.

Un crujido metálico ensordecedor sacudió la jaula.

—El calor ha dilatado el acero —dije, la gravedad de la situación cayendo sobre mí como una lápida.

—Caelum... —Aura miró hacia arriba—. ¿Qué fue ese ruido?

El ascensor dio una sacudida hacia abajo, cayendo un metro antes de que las cadenas volvieran a tensarse. Los engranajes superiores rechinaron como bestias moribundas.

—¡Las cadenas se están rompiendo! —grité, agarrándome a las barras—. ¡Enfría tu brazo, humana! ¡Baja la temperatura o caeremos al núcleo!

—¡No puedo controlarlo! —Aura intentó concentrarse, cerrando los ojos, pero el fuego negro de la obsidiana solo ardió con más furia, alimentándose de su pánico—. ¡Tiene voluntad propia! ¡Me está quemando la mente!

Otro eslabón estalló sobre nosotros con un sonido de artillería pesada.

La jaula se inclinó hacia un lado. Los cuerpos de los Pretorianos muertos se deslizaron hacia el borde abierto por donde Vane había caído.

—¡Sostente de mí! —le ordené, extendiendo mi mano sana hacia ella.

Aura agarró mi antebrazo con su mano izquierda, la única que seguía siendo humana. La piel me quemó al contacto, pero no la solté.

—Si caemos... ¿puedes hacer una rampa de hielo? —preguntó ella, mirando el abismo oscuro bajo nuestros pies.

—No tengo magia suficiente para amortiguar una caída de tres kilómetros —admití sin tapujos.

—Entonces estamos muertos.

—Aún no.

La última cadena principal hizo un ruido de desgarro. Pero no nos desplomamos hacia abajo.

El ascensor había alcanzado el nivel superior, pero los engranajes estaban fundidos. En lugar de detenerse suavemente, el cabestrante principal de la Cámara de la Forja colapsó hacia adelante, tirando de la jaula con una violencia brutal directamente hacia la plataforma de aterrizaje.

—¡Impacto! ¡Cúbrete! —rugí.

Giré mi cuerpo, interponiéndome entre Aura y el techo del ascensor, e invoqué un escudo de hielo sobre nuestras cabezas.

La jaula de bronce se estrelló contra los muelles de obsidiana de la Forja Ancestral a una velocidad terminal.

El mundo se convirtió en un caos de metal retorcido, cristal roto y chispas cegadoras. El techo del ascensor colapsó sobre mi escudo de hielo, destrozándolo al instante, pero absorbiendo la fuerza letal del impacto. Salimos despedidos hacia adelante, rodando por un suelo de piedra volcánica lisa.

Aterricé pesadamente sobre mi espalda, el aire abandonando mis pulmones de golpe.

Me quedé allí durante un segundo, escuchando el pitido en mis oídos y el sonido de los escombros metálicos terminando de asentarse.

Lentamente, abrí los ojos.

No estábamos en la oscuridad de las catacumbas. Estábamos en una caverna iluminada por ríos de lava contenida en canales de cristal. Frente a nosotros, masiva e imponente, se alzaba la Forja del Primer Rey: un yunque del tamaño de una casa hecho del núcleo de un meteorito, y sobre él, flotando en un campo magnético, el Martillo Estelar.

Habíamos llegado.

Me senté con dificultad. Me dolía cada hueso del cuerpo.

—Aura... —llamé, escupiendo polvo.

Aura estaba a diez pasos de mí, de rodillas. Su ropa estaba desgarrada y sangraba por una herida en la frente. Pero no me miraba a mí. Estaba mirando hacia el yunque.

Y no estábamos solos.

Rodeando el Yunque del Primer Rey, en un círculo perfecto de obsidiana, había doce estatuas de gólems. Pero no eran como la Vanguardia que Elian había corrompido. Eran más estilizadas, talladas para parecer mujeres con armaduras pesadas. Sus visores no brillaban en rojo ni en el verde venenoso de la Primavera. Brillaban con un azul puro, tan frío como el centro de una estrella muerta.

Las doce Sacrificadas Puras levantaron sus inmensos escudos de piedra al unísono al vernos.

Una de ellas, la más alta, con runas doradas grabadas en su pecho de piedra negra, dio un paso al frente. Su voz resonó en mi mente, no en mis oídos.

—El Dios Caído y la Portadora de la Ceniza profanan la Forja Sagrada —la voz de la líder gólem era un trueno metálico—. Habéis traído el fuego destructivo al santuario. Retroceded, o sed purgados.

Aura se puso de pie lentamente, su brazo-espada goteando fuego negro sobre la piedra.

—Vengo por el martillo, pedazo de escombros —dijo la humana, su tono cargado de esa nueva agresividad oscura—. Quítate de en medio.

La líder gólem apuntó su inmensa lanza hacia el pecho de Aura.

—El Estigma no puede ser deshecho. Aquella que porta la ceniza, está destinada a quemar el mundo. Protocolo de Exterminio iniciado.

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Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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