Ella creció creyendo que el amor era resistencia: ser fuerte en silencio, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y más necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 2
El desamor no siempre grita. A veces se sienta frente a ti y mastica sin mirarte.
Esa noche hice fetuccini con salsa de hongos y parmesano. Era su plato favorito. A mí nunca me gustó tanto, pero lo preparé igual. Hay días en que uno cocina como si eso pudiera arreglar algo.
Venía del supermercado con los pies hinchados y la espalda rota. Me dolía hasta la sonrisa, pero igual me recogí el cabello, me lavé la cara y me dije que esa noche sería distinta.
—¿Octavio? —llamé desde la cocina—. Ya está servido.
El sonido de sus dedos sobre el celular fue la única respuesta.
Entró minutos después. No me miró. No hubo un beso en la cabeza. No hubo “qué rico huele”. Se sentó con el teléfono en la mano; cuando se ama se nota dice la gente, pero cuando ya no te aman se nota más, vaya que se nota más.
—¿Me escuchaste? —pregunté.
—¿Qué?—fue su pregunta.
—Que ya está servido— dije mirando su rostro.
—Ah. Gracias— respondió como si fuera un autómata.
El vapor del plato me empañó los lentes. Él ni siquiera notó que me los quité para limpiarlos. La luz de la pantalla le iluminaba la cara. Yo estaba frente a él, pero lo que brillaba era el celular.
—¿Qué ves? —pregunté.
—Un reel. Mira este gol— respondió.
Giró el teléfono un segundo y lo devolvió a su pecho. Ni siquiera esperó que reaccionara.
Intenté otra vez, porque uno intenta rescatar el amor muchas veces, aunque ellos no lo noten.
—Hoy una clienta me dijo que mi voz la calmaba… Me pareció bonito— comenté.
—Ajá— dijo, tan simple, como si sacudiera el zancudo que vuela por su oreja.
Sentí que algo se me cerraba en la garganta. Pinché la pasta. Ya estaba tibia. La mastiqué y no sabía a nada.
—Cariño, ¿te pasa algo?— insistí.
Suspiró y por fin levantó la vista, pero no para verme. Para cansarse de mí.
—Samantha, no empieces. Estoy cansado— dijo con esa molestia que lastima, fue tan indiferente.
—Solo digo que te siento distante…— repliqué.
Dejó el tenedor con un golpe seco.
—Estás muy sensible últimamente— dijo.
La palabra cayó sobre la mesa como si el problema fuera mío. Como si sentir fuera un defecto. Me quedé callada. Asentí incluso. Como si tuviera sentido.
Me levanté y fui al baño. Abrí el grifo más de lo necesario. Me miré en el espejo y tenía los ojos brillosos, pero no lloré. No quería darle esa escena. No quería que supiera que podía romperme así.
Desde la cocina escuché la notificación de su
celular y su risa. Esa risa sí era real, tan clara y espontánea, pero no era para mí.
Respiré hondo. Volví a la mesa. Él ni siquiera notó que me había ido. Mi plato seguía intacto. El suyo, a medias.
—Terminé —dijo, levantándose—. Voy a mandar unos correos.
Pasó por mi lado sin tocarme, sin mirarme. Y ahí entendí algo que me dio frío: yo estaba compitiendo con todo y perdiendo contra nada.
Dos años antes, estábamos en la misma mesa y con la misma lámpara, pero él estaba descalzo, mientras yo revolvía la salsa, escuchando música vieja. Me abrazó por detrás.
—Esto huele increíble —murmuró, besándome el cuello.
Me reí y giré. Tenía harina en la mejilla y él la limpió con el pulgar.
—No sé qué hice para merecerte —dijo.
Y lo dijo mirándome. Mirándome de verdad.
—A veces me da miedo arruinarlo —confesó.
—Entonces no lo arruines —le respondí, bromeando.
—Prométeme que si me distraigo me vas a traer de vuelta— me pidió.
—Solo si haces lo mismo conmigo— respondí.
—Trato— dijo.
Nos besamos ahí mismo, con la pasta hirviendo y la cocina hecha un desastre. Yo creí que eso era amor seguro. Que mientras nos riéramos así, nada podía rompernos.
Pero esa noche, frente al plato frío, entendí que nadie me estaba trayendo de vuelta. Ni él, ni yo, que me había cansado de tratar de traerlo a él de vuelta.
Recogí los platos. El mío estaba lleno. El suyo, apenas tocado. Los lavé despacio. Él no apareció para ayudar. No preguntó si estaba bien.
Apagué la luz del comedor y la oscuridad no cambió mucho el ambiente. Ya estaba oscuro desde antes.
No lloré, lo que sentí fue algo más peligroso, resignación, estaba resignada a aceptar que esa historia de amor estaba llegando a su final, aunque aún nadie lo había anunciado.
No me estaba dejando en un grito. Me estaba dejando en los detalles. En el “ajá”. En el “no empieces”. En el “estás sensible”.
Me estaba dejando en pequeñas porciones, todos los días. Y lo peor no era que ya no me amara. Lo peor era que yo seguía intentando convencerlo de que lo hiciera.
Esa fue la noche en que entendí que no estaba peleando por amor. Estaba peleando por migajas. Y yo no había dejado mi casa, mi historia y mi dignidad para convertirme en eso.