Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 4
El doctor Fernando Mendoza se quedó solo en su oficina.
El hospital seguía lleno de movimiento afuera: enfermeras caminando por los pasillos, teléfonos sonando, médicos entrando y saliendo de consultorios.
Pero él apenas escuchaba nada.
Su mente seguía en otro lugar.
En ese pequeño niño.
Se reclinó lentamente en su silla y entrelazó los dedos sobre el escritorio.
Había algo en ese niño que lo había inquietado desde el primer momento.
No era solo la enfermedad.
No.
Era algo más.
Su rostro.
Su mirada.
Algo en sus gestos lo había golpeado con una sensación extraña… casi familiar.
—Es absurdo… —murmuró para sí mismo.
Sin embargo, no podía sacarse la idea de la cabeza.
Ese niño le recordaba demasiado a alguien.
A su hijo.
A Alejandro cuando era pequeño.
Fernando suspiró y tomó el teléfono de su escritorio.
Marcó un número interno.
—Dígame, doctor —respondió su asistente personal.
—Necesito que investigues a una persona que me causa mucha curiosidad.
La voz del asistente se volvió más atenta.
—Por supuesto.
Fernando miró los análisis del niño sobre el escritorio.
El nombre estaba ahí.
Valeria Fuentes.
Y el del pequeño…
—Tengo una duda que quiero quitarme —dijo con calma.
—¿Qué necesita saber?
El doctor guardó silencio unos segundos.
Luego habló.
—Todo.
—Quiero saber quién es esa mujer.
—Dónde vive.
—De dónde viene.
—Y quién es el padre de su hijo.
El asistente dudó un momento.
—¿Hay algún problema con el paciente?
Fernando volvió a mirar la foto del pequeño en el expediente.
Los mismos ojos.
La misma expresión.
El mismo brillo extraño.
Su voz salió baja.
—Eso es exactamente lo que quiero averiguar.
Colgó el teléfono lentamente.
Luego se levantó y caminó hacia la ventana de su oficina.
Desde allí podía verse el jardín del hospital.
Y justo en ese momento…
Valeria cruzaba el patio con su pequeño en brazos.
Fernando los observó en silencio.
Una sensación inquietante se instaló en su pecho.
—Espero estar equivocado… —murmuró.
Porque si su sospecha era cierta…
Entonces el destino acababa de poner frente a él algo que podría cambiar la vida de toda la familia Mendoza.
Y Alejandro todavía no tenía idea.
Había pasado una semana.
Una semana desde que Alejandro había visto a Valeria en el hospital.
Una semana desde que aquella imagen no lo dejaba en paz.
Aquella tarde, en la mansión Mendoza, Alejandro bajó las escaleras con paso tranquilo.
Su madre estaba sentada en el salón revisando unos documentos.
—Voy a ir al hospital —dijo él con aparente indiferencia—. Creo que tienes razón en que… necesito seguir el tratamiento.
Doña Úrsula levantó la mirada con sorpresa.
Luego sonrió, satisfecha.
—Qué bueno, hijo.
Para ella, aquello era una victoria.
—Estás haciendo lo correcto.
Pero lo que Doña Úrsula no sabía…
Era que Alejandro tenía otra razón para ir.
Esa misma tarde.
En el hospital Mendoza.
Alejandro entró al consultorio de su padre.
El doctor Fernando Mendoza levantó la mirada al verlo.
—Padre —dijo Alejandro—. Voy a seguir el tratamiento.
El doctor lo observó unos segundos.
Luego asintió.
—Qué bueno, hijo. Estás haciendo lo correcto.
Alejandro solo hizo un gesto breve con la cabeza.
Pero apenas salió del consultorio…
Comenzó a caminar por el hospital.
Primero por un pasillo.
Luego por otro.
Después por el área de pediatría.
Miraba discretamente hacia todos lados.
Como si buscara algo.
O a alguien.
Pasaron varios minutos.
Y entonces una voz habló detrás de él.
—¿Busca algo, joven amo?
Alejandro se giró.
Era el asistente personal de su padre.
—¿Yo? —respondió con falsa despreocupación—. No.
El asistente sonrió ligeramente.
Pero Alejandro seguía mirando hacia los pasillos.
Como si esperara que alguien apareciera.
El hombre inclinó un poco la cabeza.
—Parece que está buscando algo…
Hizo una pequeña pausa.
—O mejor dicho… a alguien.
Alejandro frunció levemente el ceño.
Estaba a punto de responder…
Cuando una puerta del pasillo se abrió.
Y entonces apareció ella.
Valeria.
Entraba al hospital con su pequeño hijo en brazos.
El tiempo pareció detenerse.
Alejandro la miró.
Y sin darse cuenta…
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
El asistente lo notó inmediatamente.
Soltó una pequeña risa.
—Bueno… —dijo con calma—. Creo que encontró lo que estaba buscando.
Alejandro no respondió.
No podía apartar la mirada de ella.
Tres años.
Tres años sin verla.
Y aun así…
Su corazón latía más rápido.
Sin saber que el niño en sus brazos…
Era la razón por la que el destino los seguía reuniendo.