Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 3
La mañana en el instituto fue un tormento del que no podía despertar.
Todo era confuso. Las asignaturas sonaban a chino: "mates", "historia", "inglés". Los profesores hablaban demasiado rápido, señalaban una pizarra verde donde escribían con unos marcadores que olían a químico, y todos los alumnos tomaban apuntes en unos cuadernos que parecían arrancados de sueños.
Yo solo podía mirar por la ventana.
El patio era enorme, lleno de mesas y bancos de cemento. Los alumnos se agrupaban como bandadas de pájaros: los que reían fuerte, los que miraban el teléfono, los que corrían detrás de una pelota. Y entre ellos, en el centro de todo, estaba Cyran.
Jugaba con sus amigos. Reía. Empujaba a uno con el hombro. Hacía una canasta y los demás lo celebraban.
Parece tan normal, pensé. Tan libre. Tan ajeno.
Apoyé la mejilla en el vidrio frío y lo observé sin poder evitarlo. Era el mismo rostro. La misma mandíbula firme. Los mismos ojos que en otra vida me helaron la sangre. Pero aquí, bajo el sol de este mundo extraño, parecía... ¿feliz?
¿Realmente no me recuerda?
La pregunta llevaba horas quemándome la lengua.
¿O solo está fingiendo?
Porque si fingía, era un actor extraordinario. Me había ayudado en la calle. Me había ofrecido la mano. Me había mirado con esa curiosidad genuina, como si yo fuera un acertijo que valía la pena resolver.
Pero si recordaba...
—¿Qué harías, Cyran? —susurré contra el vidrio—. ¿Qué harías si recordaras todo?
En el patio, como si hubiera escuchado mi pensamiento, él levantó la vista.
Directo hacia mí.
Directo a mis ojos.
Y sonrió.
No una sonrisa burlona. No una sonrisa de emperador. Una sonrisa simple. Ligera. De chico que saluda a una chica que conoce.
Me aparté de la ventana tan rápido que casi tropiezo con la silla.
—¡Qué vergüenza! —me cubrí la cara con las manos—. ¡Vio que lo estaba mirando!
El rubor me quemaba las mejillas. Mi corazón latía como un pájaro enjaulado. ¿Qué clase de doncella se comportaba así? ¿Espiando por ventanas como una criada enamorada?
No estoy enamorada, me recordé a mí misma con fuerza. Es mi asesino. Es un monstruo. No estoy enamorada.
Pero entonces, ¿por qué me ardía la cara?
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El resto de la mañana fue un suplicio. Las clases pasaron sin que entendiera una sola palabra. Los números bailaban en la pizarra. Las fechas históricas no significaban nada para alguien que había vivido en una época que aquí llamaban "ficción".
Cuando sonó la campana del recreo, salí al pasillo con la esperanza de encontrar un rincón tranquilo donde esconderme.
Y ahí estaba él.
Apoyado contra la pared, justo enfrente de mi salón. Con las manos en los bolsillos y esa expresión suya que no lograba descifrar.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó al verme—. ¿Ya recuperaste la razón?
—¡No digas eso! —protesté, sintiendo el calor subirme otra vez a las mejillas—. ¡Me haces sentir avergonzada!
Cyran rió. Una risa auténtica. Ligera.
—Lo siento, lo siento —se disculpó, apoyando los brazos en el marco de la ventana del pasillo—. Solo es que hoy estás... diferente. Más distraída de lo normal.
Más perdida, querrás decir.
Asentí sin ganas. Mis dedos jugaban con el borde de mi chaqueta, el uniforme extraño que aún no lograba sentir mío.
—Cyran...
—¿Mmm?
—¿Me...?
Las palabras se atascaron en mi garganta. Pedirle esto era humillante. Era mostrar debilidad. Era confiar en el hombre que me había matado.
Pero no conocía el camino a casa. Las calles se mezclaban en mi cabeza como un laberinto sin sentido. Las señales no significaban nada. Los coches me aterraban. Y la idea de perderme en este mundo monstruoso era peor que cualquier orgullo.
—¿Me acompañas a casa? —solté de golpe, y en cuanto las palabras salieron, quise tragármelas—. Es que... no logré memorizar el camino. Lo siento, es una molestia, no tendría que pedirte...
Lo miré.
Sus ojos se habían abierto de par en par. La sorpresa era tan evidente que casi resultaba cómica.
—¿Cyran? —dudé—. Si no quieres, está bien. No pasa nada. Encontraré el camino yo sola o preguntaré o...
—¡No, no! —interrumpió, sacudiendo la cabeza—. Por supuesto que quiero.
Su sonrisa era tan amplia que parecía iluminarle toda la cara.
Demasiado feliz, pensé. Demasiado.
—Pero sigo sin confiar en ti, Cyran —aclaré rápidamente, levantando un dedo con advertencia—. Así que no malinterpretes las cosas. Es solo porque no sé volver. Nada más.
Él asintió, pero la sonrisa no se borró de su rostro.
—Está bien. Como digas.
Se incorporó y dio un paso atrás, aún mirándome.
—Te espero a la salida, ¿vale? No te muevas de aquí.
—Vale.
Se fue caminando por el pasillo, pero antes de doblar la esquina, se giró una última vez. Su sonrisa seguía ahí. Brillante. Triunfante.
Y yo me quedé apoyada en la pared, preguntándome si acababa de cometer el error más grande de mis dos vidas.
¿Por qué está tan feliz?
¿Por qué aceptó tan rápido?
¿Y por qué... por qué a mí también se me escapa una sonrisa cuando pienso en ello?