Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo V El cambio
Punto de vista de Elena
El olor a desinfectante y enfermedad fue reemplazado por un aroma abrumador a rosas blancas y maderas preciosas. Isabella no perdió tiempo. Tras coordinar el traslado de mi madre a la Clínica Los Olivos —la más exclusiva del país, donde un solo día de internación costaba más de lo que yo ganaba en un año—, me llevó directamente a su "santuario". Así llamaba ella a su penthouse en la zona más costosa de la ciudad.
Era un lugar frío, a pesar del lujo. Paredes de mármol, muebles de diseñador que parecían más obras de arte que objetos funcionales, y una vista panorámica de la ciudad que, en lugar de darme sensación de poder, me hacía sentir más pequeña e insignificante que nunca.
—Tenemos cuarenta y ocho horas, Elena —dijo Isabella, cerrando la puerta doble de caoba con un clic definitivo—. Dos días para borrar a la mesera muerta de hambre y parir a la heredera de los Castillo. No hay margen de error.
Empezó por mi ropa. Con una mueca de disgusto, tomó una esquina de mi suéter gastado y me ordenó quitármelo.
—Esto va directo a la basura. Ni siquiera sirve para donar —sentenció, lanzando mi ropa vieja a un rincón como si fuera veneno.
Me quedé en ropa interior, tiritando no por el aire acondicionado, sino por la humillación sutil de su mirada analítica. Me sentía como una res lista para el matadero. Isabella me arrastró al baño principal, un espacio más grande que todo mi apartamento, cubierto de espejos y grifería de oro.
—Primero, el cabello —dijo, sacando unas tijeras profesionales y docenas de frascos de tintes y tratamientos—. Tienes el cabello opaco, lleno de horquetillas por la falta de cuidado y el sol. Mi cabello es seda pura, Elena. Necesitamos nutrición profunda y el tono exacto de castaño cobrizo que uso.
El proceso fue tortuoso. Durante horas, sentí el tirón de las tijeras recortando las puntas dañadas de mi melena. Luego, el olor fuerte del químico del tinte invadió mis sentidos. Mientras el producto hacía efecto, Isabella no me dejó descansar.
—Háblame de Alexander Volkov —me ordenó, mientras me aplicaba una mascarilla facial de lodo del Mar Muerto—. ¿Qué sabes de él?
—Que es rico. Que es el CEO del Holding Volkov. Que... que es cruel —respondí, recordando los chismes que escuchaba en el restaurante.
—Cruel es poco —bufó ella, puliendo mis uñas con una lima eléctrica—. Es un témpano de hielo. No tiene emociones, solo cálculos. Por eso mi padre lo quiere; son de la misma calaña. Pero Alexander tiene una debilidad: su orgullo. Desprecia la debilidad y adora el control. Por eso me odia, porque yo soy incontrolable... o eso cree él.
Isabella me instruyó sobre sus gestos. Cómo sostener una copa de champán (por el tallo, nunca por el cáliz), cómo sentarse (espalda recta, piernas cruzadas a la altura de los tobillos), cómo sonreír sin mostrar los dientes (una mueca de suficiencia, no de alegría).
—Y lo más importante, Elena: la mirada. Tú miras al mundo con miedo, pidiendo permiso para existir. Yo miro al mundo como si me perteneciera. Tienes que levantar la barbilla. Eres una Castillo, la mujer más deseada de la ciudad. Actúa como tal.
Tras el enjuague del cabello y una ducha con aceites esenciales que dejaron mi piel suave como el terciopelo, llegó el turno del maquillaje. Isabella era una artista. Usó correctores para borrar las ojeras de noches sin dormir, bases ligeras que unificaron mi tono de piel, y sombras en tonos tierra que resaltaron el azul de mis ojos, haciéndolos parecer más fríos, más... como los de ella. Me aplicó un labial rojo intenso, el color que ella usaba como armadura.
—Ahora, el toque final —dijo, llevándome a su vestidor, una habitación del tamaño de mi sala llena de ropa de diseñador—. Mañana es la cena de compromiso. Tienes que usar algo que grite 'Isabella', pero que también intimide a Alexander.
Eligió un vestido de cóctel negro, de seda italiana, con un escote asimétrico y una abertura en la pierna que llegaba casi hasta la cadera. Era audaz, elegante y peligrosamente sensual. Me costó ponérmelo; la tela se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Me puso unos tacones de aguja de Christian Louboutin que me hacían ver más alta, pero con los que apenas podía hacer equilibrio.
—Camina —me ordenó.
Di unos pasos vacilantes. Mis pies, acostumbrados a los zapatos planos y gastados, protestaron.
—¡No! —gritó ella, frustrada—. No arrastres los pies. Pisa con firmeza. Eres dueña del suelo que pisas. Imagina que cada paso es un golpe al ego de Alexander.
Practiqué durante una hora, yendo y viniendo por el vestidor, bajo su escrutinio implacable. "Más rápido", "Más lento", "No muevas tanto los hombros", "Sonríe con desdén". Mi cuerpo dolía, mi mente estaba exhausta, pero la imagen de mi madre en la clínica lujosa me daba la fuerza para seguir.
Finalmente, Isabella se detuvo. Sonrió por primera vez con verdadera satisfacción.
—Estás lista. Mírate.
Me llevó frente al espejo de cuerpo entero que dominaba el vestidor. Cerré los ojos por un segundo, temiendo lo que vería. Cuando los abrí, mi respiración se detuvo.
La mujer que me devolvía la mirada no era Elena.
Mi cabello, ahora brillante y con un color vibrante, caía en ondas perfectas sobre mis hombros. Mi piel estaba impecable, radiante, sin rastro del cansancio y la desnutrición. El maquillaje había transformado mi expresión; mis ojos parecían más grandes, más fríos, y mis labios rojos tenían una forma definida y sensual que nunca había notado.
El vestido negro moldeaba mi cuerpo de una manera que me hacía sentir poderosa y expuesta al mismo tiempo. Los tacones me daban una postura altiva. Ya no veía a la mesera tímida y asustada. Veía a la heredera caprichosa y letal de los Castillo.
Llevé una mano a mi boca, conmovida. Era idéntica a Isabella. Si mi propio padre me viera en ese momento, dudaría. El reflejo era perfecto, una obra maestra del engaño.
—Es... increíble —susurré, con una voz que, gracias a las lecciones de Isabella, sonaba más grave y controlada.
—Es el negocio de tu vida, Elena —dijo ella, poniéndose a mi lado. Ver nuestras dos imágenes idénticas en el espejo, una vestida de seda y la otra aún con su ropa de estar por casa, era surrealista—. A partir de este momento, eres Isabella Castillo. Nadie notará el cambio. Tu pasado ya no existe. Si Alexander intenta acercarse, lo detienes con una mirada fría. Recuerda: él te desprecia, úsalo a tu favor.
Me quedé mirando mi reflejo durante largos minutos. Una parte de mí sentía asco por la mentira, por la traición a mi propia identidad. Pero la otra parte, la que amaba desesperadamente a su madre, sabía que ese reflejo era el precio de su salvación.
Había vendido mi vida a cambio de la de ella. Ya no había vuelta atrás. La mesera ingenua y honesta había muerto. Mañana, ante Alexander Volkov, nacería la impostora más perfecta que el mundo de los negocios jamás había visto.
—Estoy lista —dije, mirando fijamente a mi reflejo con la barbilla en alto. Seré Isabella Castillo.
Aunque verme al espejo hizo que sintiera más seguridad, aún tenía que la familia de Isabella o el mismo Alexander me descubriera, creo que a partir de ahora viviría con ese temor.
ojalá no bajen la Guardia