León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 16
La noche comenzaba a caer sobre la ciudad cuando Mateo, aún con la adrenalina del rescate recorriéndole las venas, se volvió hacia León. Lo miró a los ojos, y por primera vez en días, no vio esa muralla infranqueable que su omega había construido a su alrededor. Vio a León. Solo a León.
—¿Quieres venir a cenar a mi casa? —preguntó, con esa mezcla de esperanza y timidez que lo caracterizaba—. Hoy están mis padres, y cuando ellos están... cocinan.
El rostro de León se iluminó como si alguien hubiera encendido una luz detrás de sus ojos. Una cena familiar. Con los padres de Mateo. Con esa pareja que, según Kim, era la definición de ternura y exceso de azúcar.
—Sí —respondió, y la palabra salió tan rápido que sorprendió incluso a él mismo—. Quiero.
Y entonces, sin pensarlo, sin medirlo, sin que el miedo pudiera detenerlo, sujetó la mano de Mateo.
El alfa sintió el contacto como un electroshock. Miró hacia abajo, a sus manos entrelazadas, y luego a los ojos de León. Allí estaba. Por fin. Ese pequeño gesto que lo decía todo.
—¿Me perdonas? —preguntó Mateo, y esta vez no pudo contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse—. ¿Me perdonas por haberte mentido? ¿Por no haberte dicho quién era desde el principio?
León sintió que su propia garganta se cerraba. Las lágrimas también asomaban a sus ojos, rebeldes, liberadoras.
—Sí —susurró—. Solo porque eres mi alfa destinado.
Mateo contuvo el aliento.
—Pero no vuelvas a mentirme, ¿está bien? —continuó León, con la voz quebrada pero firme—. No soportaría... no soportaría que me mintieras otra vez.
Mateo asintió, incapaz de hablar. Lentamente, como acercándose a un tesoro frágil, apoyó su frente contra la de León. Sus respiraciones se mezclaron. Sus lágrimas también.
—Lo prometo, mi amor —dijo Mateo, y la palabra "amor" resonó en el aire como una declaración definitiva—. Nunca volveré a mentirte. Prefiero quitarme el corazón antes que volver a hacerte sufrir.
Dentro de la organización, Martina los observaba por la ventana. Una sonrisa suave se dibujó en su rostro, y por un momento, sus ojos también se humedecieron.
Por fin, pensó. Por fin lo veo avanzar. Dejar atrás el miedo. Dejar atrás el dolor.
León merecía esto. Merecía enamorarse, ilusionarse, construir algo bonito. Merecía un buen amor. Y ese alfa de mirada sincera y manos temblorosas se lo estaba dando.
Afuera, en la calle, bajo la luz mortecina del atardecer, Mateo y León cerraron la distancia.
El beso llegó como un suspiro, suave al principio, casi con miedo. Pero luego León se aferró a él, y Mateo lo sostuvo, y el beso se volvió profundo, apasionado, urgente. Un beso que había esperado demasiado tiempo. Un beso que lo decía todo sin necesidad de palabras.
Cuando se separaron, ambos estaban temblando. Pero sonreían.
Se fueron de la mano, sin soltarse, como si temieran que el otro pudiera desaparecer.
...
La mansión de Mateo se alzaba imponente frente a ellos, pero esta vez León no sintió intimidación. Sintió curiosidad. Sintió ganas de conocer.
—¡Hola, familia! —anunció Mateo al abrir la puerta, con León aún de la mano—. Traje a un invitado especial.
Los padres de Mateo aparecieron casi de inmediato, como si tuvieran un radar para las visitas importantes. La madre alfa, con su sonrisa cálida, y el padre omega, con esa ternura que envolvía como una manta.
—Él es León —dijo Mateo, y luego, mirando a su omega con una devoción que iluminaba toda la habitación—. El amor de mi vida.
León sintió que el rostro le ardía. Las mejillas se tiñeron de un rojo que hacía juego con su cabello.
—Bienvenido, querido —dijo la madre de Mateo, acercándose para darle un abrazo suave, respetuoso—. Siéntete como en casa.
—Vamos, vamos —se apresuró el padre omega—, la comida está casi lista. ¿Te gusta la lasaña, León?
León asintió, todavía sonrojado, pero con una sonrisa que se negaba a desaparecer.
La cena fue un caos hermoso. Risas, historias, la madre de Mateo sirviendo vino mientras su esposo omega la corregía con cariño diciendo "mi pastelito, que ya es muy tarde para beber". Platos llenos de comida deliciosa, miradas cómplices, y un calor que León no había sentido en años.
En un momento dado, observó a los padres de Mateo. La forma en que la alfa miraba a su esposo, como si fuera el ser más precioso del mundo. La forma en que el omega se apoyaba en ella, confiado, seguro. La forma en que se pasaban la sal con una sonrisa, en que sus manos se rozaban sin prisas, en que el amor se respiraba en el aire.
Así quiero ser, pensó León. Así quiero que seamos Mateo y yo.
Y por primera vez, el futuro no le dio miedo.
...
Después de la cena, cuando las risas se apagaron y la noche se volvió íntima, Mateo guió a León a su habitación. La misma donde lo había cuidado, donde lo había abrazado después de la pesadilla.
Pero ahora todo era diferente.
León se sentó en el borde de la cama, y de repente, los nervios lo atraparon. Sus manos temblaban. Su respiración se aceleró. Los fantasmas del pasado, siempre acechando, siempre listos para susurrarle al oído.
—¿Estás bien, amor? —preguntó Mateo, arrodillándose frente a él, tomando sus manos temblorosas entre las suyas.
León tragó saliva. Quería ser fuerte. Quería ser normal. Quería poder dar este paso sin que el pasado lo atrapara.
—Sí —mintió—. Es solo que... estoy nervioso. Hace mucho que no... no lo hago con nadie. Y me da miedo volver a...
—Oye.
Mateo lo interrumpió con suavidad pero con firmeza. Sostuvo su rostro entre las manos, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—¿En qué estás pensando? —preguntó, y su voz era tan tierna que dolía—. No te traje aquí para eso, mi amor.
León parpadeó, confundido.
—No te preocupes —continuó Mateo—. Tenemos tiempo. Poco a poco. Yo voy a esperar a que te sientas seguro. No te sientas obligado a nada que no quieras o temas. ¿De acuerdo?
Las lágrimas volvieron a los ojos de León. Pero esta vez no eran de miedo. Eran de algo que no sabía nombrar. Gratitud, quizás. Alivio. Amor.
Asintió, sin palabras.
Mateo lo abrazó entonces. Lo envolvió en sus brazos con una ternura infinita, y poco a poco, dejó que sus feromonas lo envolvieran. No con intención de dominar, sino de calmar. De proteger. De sanar.
León sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Cómo los miedos se alejaban, empujados por ese aroma a hogar que solo Mateo tenía. Cómo la paz, esa extraña desconocida, se instalaba en su pecho.
Se dejó caer contra él, y Mateo lo recostó con cuidado sobre la cama, sin soltarlo ni un segundo. Siguieron abrazados, envueltos el uno en el otro, mientras la noche avanzaba afuera.
—¿Mateo? —susurró León, casi dormido.
—¿Dime, mi amor?
—Gracias. Por esperarme.
Mateo sonrió en la oscuridad, besando suavemente su cabello.
—Siempre, mi amor. Siempre.
Y así, abrazados, con los latidos de sus corazones marcando el ritmo de una nueva canción, se quedaron dormidos.
Por fin juntos.
Por fin en paz.
Por fin, comenzando a sanar.
...
Afuera, la luna brillaba con una luz plateada, testigo silencioso de un amor que había tardado en florecer, pero que prometía ser eterno.
Y en algún lugar de la ciudad, Kim abrazaba a su madre, y Martina cerraba la organización con una sonrisa, y el mundo, por un momento, parecía un lugar un poco menos cruel.
Porque el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra la manera.
espero el siguiente capítulo