Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 13: Elección
21:00 – Galería Recoleta (cerrada al público).
La invitación decía “Cena. Código: rojo.” Llegaron juntos.
Damián de traje negro sin corbata. Lía con un vestido negro simple, hombros cubiertos, nada de rojo. A propósito. El anillo lo llevaba por dentro de la palma, escondido. La marca nueva en la espalda de Damián no se veía bajo la camisa, pero Lía la sentía latir cada vez que él respiraba cerca. Como un segundo corazón.
Malphas los esperaba en medio de la galería vacía, sentado en una silla de plástico frente a un cuadro cubierto con una tela negra. Mismo cuerpo del chico rubio del sábado. Mismos ojos azules que no parpadeaban.
—Puntuales y en pareja. Qué aburrido —dijo—. Pasen.
No había mesa. Solo las tres sillas y el cuadro.
Damián no se sentó. Se quedó detrás de la silla de Lía, una mano en el respaldo. No posesivo. Presente.
—No vamos a jugar —dijo.
—Claro que sí. —Malphas señaló el cuadro—. Es un regalo de bodas. Para ella.
Lía se levantó antes de que Damián pudiera frenarla. Tiró de la tela.
No era un cuadro. Era un espejo. Antiguo, marco dorado, el vidrio opaco por el tiempo.
—¿Y? —dijo Lía.
—Mirá bien.
El espejo no la reflejaba a ella. Mostraba la cocina de su departamento viejo, el de la infancia. Elena, más joven, embarazada, lavando platos. Y detrás, apoyado en la mesada, un hombre alto sin cara visible hablando. La mano de él sobre la de ella. En esa mano, el anillo.
Lía sintió el estómago caerse.
—Apagalo.
—No puedo —dijo Malphas, divertido—. No es mío. Es tuyo. El sello te deja ver lo que ya sabés pero no querés recordar.
En el reflejo, Elena reía. El hombre le decía algo al oído. Ella negaba con la cabeza, después asentía. Le daba un beso en la mejilla. No de amantes. De despedida.
Damián dio un paso adelante y el espejo se rajó en diagonal. No lo tocó. Lo miró.
—Basta.
El reflejo parpadeó. Ahora mostraba otra cosa: Elena en el auto, de noche, llorando, con el celular en la mano. Marca “Damián” en la pantalla. No contestaba.
Lía se dio vuelta hacia él.
—¿Te llamó?
Damián tenía la mandíbula apretada. El rojo de los ojos encendido bajo los lentes falsos que ya no llevaba.
—Sí.
—¿Y?
—No contesté. —Lo dijo sin bajar la mirada—. Estaba en el tribunal. Mi padre me prohibió intervenir si ella rompía el primer contrato. Rompió el segundo para salvarte a vos. Yo obedecí.
El espejo volvió a cambiar. Ahora mostraba la noche del accidente. El auto en la bajada. Y atrás, lejos, parado en la lluvia, Damián. Sin paraguas. Sin moverse. Viendo.
Lía sintió que le faltaba aire.
Malphas aplaudió despacio.
—Verdad completa. ¿Te gusta, cuñada? Él te lo contó a medias. Yo te lo muestro entero.
Damián agarró el marco del espejo y lo arrancó de la pared. Lo tiró al piso. El vidrio se hizo trizas. Cada pedazo siguió mostrando la misma escena en loop: él parado bajo la lluvia.
No lo negó.
—Es verdad —dijo—. Llegué tarde porque me lo ordenaron. Me quedé ahí porque si la sacaba, el contrato te mataba a vos en la panza. Elegí que vivieras vos.
Lía tenía los ojos llenos de lágrimas que no cayeron. El anillo ardía. No por dolor. Por rabia.
—¿Y no pudiste decirlo antes?
—Si te lo decía antes, no me habrías creído. —Damián se arrodilló entre los vidrios sin importarle—. Ahora sí podés. Elegí.
Malphas se levantó de golpe, ya sin sonrisa.
—No, no, no. Esto no es cómo termina. —Señaló a Lía—. Él te dejó huérfana. Yo te ofrezco la verdad completa sin él. Venís conmigo ahora y te muestro dónde está enterrado el primer contrato. Lo quemamos y te liberás de los dos.
El sello en la muñeca de Lía y la marca en la espalda de Damián se encendieron al mismo tiempo. Rojo vivo. Caliente.
No dolía. Avisaba.
Él miente.
Lía lo supo no porque el contrato se lo dijera. Porque el recuerdo del espejo no tenía sonido, pero ella recordaba la voz de su mamá esa noche. Había un mensaje en el contestador que borró años después. Decía: “Lía, mi amor, si pasa algo, perdonalo. Él no eligió esto.”
No “no me eligió a mí”. “No eligió esto”.
Miró a Malphas.
—No.
—¿No qué?
—No voy.
Malphas entrecerró los ojos.
—Qué pena. Elena era más lista.
Dio un paso hacia ella.
No llegó.
El sello reaccionó antes que Damián. Una onda de luz roja salió del anillo de Lía y de la marca en la espalda de él al mismo tiempo, chocó en el medio y empujó a Malphas tres metros atrás. No lo tiró: lo rechazó. Como si el contrato dijera: no es tuya.
Malphas aterrizó de pie, la sonrisa rota.
—Ah. Así que ya es de los dos. —Se miró las manos—. Interesante.
Damián ya estaba de pie delante de Lía. Las alas medio salidas, no completas. Los cuernos sí. La voz con eco.
—Última advertencia.
—Última oferta —contestó Malphas, y desapareció. No humo. Corte. Un segundo estaba, al siguiente no.
El espejo roto dejó de mostrar nada. Solo vidrios.
Lía respiraba agitada. El anillo volvía a tibio.
—¿Eso… lo hicimos nosotros?
—Sí. —Damián se giró hacia ella. Seguía sin máscara—. El sello cambió anoche. No es ancla y príncipe. Es… par.
Lía se limpió la cara con el dorso de la mano. No lloró. Pero le temblaba todo.
—Lo vi. Te vi. No te moviste.
—No podía.
—¿Y ahora?
—Ahora haría lo mismo si significara que vos respirás. —Le tomó la cara con las dos manos, pulgares en las mejillas—. Pero no me lo perdones todavía. Odialo un rato más. Te queda bien.
Lía quiso reír y le salió algo roto.
—No te odio.
—Peor. —La besó en la frente, no en la boca. Cuidado—. Vámonos antes de que vuelva con otro cascarón.
Penthouse – 23:40.
Lilith los esperaba en la cocina con dos vasos de agua y cara de “ya lo sé”.
—Se activó el sello binario —dijo sin preguntar—. Lo sentí hasta acá. Felicidades, ahora si uno se muere, el otro se apaga en doce horas. Romántico.
Damián se sirvió agua.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que mi padre se meta?
—Ya se metió. —Lilith empujó el celular por la mesa—. Mensaje en la línea vieja.
La pantalla decía:
Vuelvan a casa. Los dos. – B.
Lía lo leyó y sintió frío.
—¿B?
—Belial —dijo Damián—. Mi padre.
Lilith tomó agua.
—Y cuando Belial dice “casa” no habla del Nocturne.
Lía miró a Damián. Él ya la miraba.
—¿Qué es casa?
—Abajo. —No dijo infierno—. Y si vamos, no salís igual.
Lía se quedó callada un segundo. Después asintió.
—Vamos.
Damián no sonrió. Pero la marca en su espalda brilló una vez, suave.
Lilith levantó el vaso.
—Por los idiotas que eligen entrar al fuego juntos. Salud.
Brindaron con agua.
Y por primera vez desde que firmó, Lía no sintió el contrato como cadena.
Lo sintió como puente.