A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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El regreso de Javier Vargas
Después de serenarse y ser capaz de mirar a Giselle a los ojos, Alicia entró en la suite donde descansaban su amiga y la pequeña Ana. Desde el pasillo, su hermano observaba a ambas a través del gran ventanal; sin embargo, su habitual mirada gélida había sido reemplazada por una de profunda admiración y desconcierto.
—¿Qué piensas hacer ahora que sabes que tu esposa tiene una hija? —preguntó Alicia casi en un susurro, situándose a su lado.
—Las protegeré. Diremos que Ana es mi hija y que la relación con su madre se mantuvo en secreto mientras ella terminaba su especialización —respondió Diego con una frialdad que ocultaba su turbulencia interna.
—Solo buscas proteger tu reputación y el apellido Alcázar —replicó Alicia con sarcasmo—. Te advierto que no permitiré que tú o el abuelo las lastimen. He visto a Giselle romperse demasiadas veces como para dejar que la termines de destruir.
Diego esbozó una sonrisa amarga al escuchar la determinación de su hermana.
—Ellas tienen suerte de haberte encontrado; eres su verdadera familia —admitió él con sinceridad—. Pero te equivocas, Alicia. Quiero protegerlas de verdad. Todo este tiempo pensé que Giselle era una oportunista, pero ahora sé que solo era una madre luchando por salvar a su hija. Eso cambia todo.
Dentro de la habitación, Giselle volteó hacia el ventanal. Al reconocer a su amiga, sus ojos se iluminaron con un brillo de esperanza. Se levantó con esfuerzo y salió al pasillo para refugiarse en los brazos de la hermana que la vida le había regalado.
—¡Giselle! Perdóname... —exclamó Alicia, abrazándola con fuerza—. Perdón, amiga, no sabía que esto estaba pasando. No tenía idea de que mi sobrina estaba en peligro.
Alicia se sentía carcomida por la culpa al pensar en el infierno que Giselle había vivido, irónicamente, a manos de su propio hermano.
—Tranquila, Alicia, no es tu culpa —consoló Giselle con voz débil—. Fueron demasiadas coincidencias a la vez. Pero dime, ¿cómo estás? ¿Lograste resolver tus asuntos?
—Después hablaremos de eso. Ahora lo más importante eres tú y mi sobrina. Ya me enteré de que te casaste con mi hermano... y que no fue precisamente en los mejores términos —añadió Alicia, lanzándole una mirada reprobatoria a Diego.
Giselle desvió la vista hacia él. Nunca imaginó que sería capaz de confesarle algo así a su hermana. En su mente, una duda punzante la asaltó: ¿le habría contado también lo que sucedió la noche anterior entre ellos?
—Este no es el momento para esas discusiones —intervino Diego, recuperando su máscara de frialdad habitual—. Lo primordial es que Ana se recupere y pueda salir de este hospital.
—Hablaremos luego, amiga. Tenemos mucho que contarnos —añadió Giselle con una sonrisa apenas perceptible, tratando de calmar la tensión.
—Estás agotada —aconsejó Alicia, notando el semblante demacrado de su amiga—. Ve a descansar un poco, yo me quedaré con Ana.
—No quiero separarme de ella —respondió Giselle, girándose para observar a la pequeña figura conectada a los monitores.
—Yo estaré aquí. Nada malo le pasará a mi sobrina, te lo juro.
Cada vez que Alicia pronunciaba la palabra "sobrina", Diego sentía una punzada de arrepentimiento y una extraña calidez. Sabía que Ana era realmente una Alcázar y que el afecto de Alicia no era solo amistad, sino el llamado instintivo de la sangre. Sin embargo, por ahora, ni siquiera su hermana podía conocer la verdad; no hasta que él lograra obtener el perdón de la mujer a la que tanto había herido.
—Alicia tiene razón —intervino Diego, suavizando el tono—. Ana te necesita fuerte. En el estado en que te encuentras, solo lograrás preocuparla cuando despierte.
Diego convenció finalmente a Giselle de que descansara en la habitación contigua a la suite. Una vez que Alicia se sentó junto a la pequeña Ana, Diego salió al pasillo buscando un poco de aire. El peso del secreto y la culpa lo sofocaban. Se detuvo frente a la máquina de café al final del corredor, sin notar que alguien lo observaba desde las sombras de la escalera de incendios.
—Vaya, vaya... El gran Diego Alcázar jugando a ser el héroe de la familia —una voz cargada de veneno resonó a sus espaldas.
Diego se giró con los puños cerrados por instinto. Frente a él estaba un hombre de su misma edad, vestido con una elegancia descuidada y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Javier Vargas.
—Vargas —escupió Diego, reconociéndolo de inmediato—. ¿Qué demonios haces en este hospital? Este es un área restringida.
—Vine a ver lo que me pertenece —respondió Javier, dando un paso al frente con una arrogancia que hizo que la sangre de Diego hirviera—. Me enteré de que tienes a Giselle "secuestrada" en una de tus suites. Y también me enteré de la niña.
Diego dio un paso amenazante, reduciendo la distancia entre ambos. Su altura y su presencia imponente solían intimidar a cualquiera, pero Javier solo amplió su sonrisa maliciosa.
—¿De qué demonios estás hablando?, ¿De dónde conoces tú a mi esposa? —pregunto Diego confundido, pues Javier había sido su rival en los negocios, más no sabía que él conocía a Giselle.
—Vine a buscar a quien llamas "esposa", ¿Qué acaso no te contó que fui su primer y único amor? —escupio Javier esas preguntas cargadas de veneno.
—No tienes nada que hacer aquí. Giselle es mi esposa ahora. Si te acercas a ella o a la habitación, haré que los guardias te saquen a rastras —sentenció Diego en un susurro peligroso.
—¿Tu esposa? —Javier soltó una carcajada seca—. Ambos sabemos que eso es un contrato, Alcázar. Yo conozco a Giselle desde mucho antes de que tú aparecieras para arruinarle la vida. Ella me amaba a mí antes de que tu estúpido apellido se cruzara en su camino. Y esa niña... —Javier señaló hacia el pasillo de la UCI—. No creas que voy a dejar que la uses para atar a Giselle a tu mundo de cristal.
Diego sintió un pinchazo de duda. ¿Qué tanto sabía este hombre? ¿Por qué había regresado justo ahora. Los celos, que Diego creía haber controlado, regresaron con una fuerza devastadora.
—Lárgate de aquí, Javier. No te lo volveré a repetir —advirtió Diego, tomándolo por la solapa de la chaqueta.
—Me voy por ahora —dijo Javier, zafándose con un movimiento brusco y arreglándose la ropa—. Pero recuerda esto: tú tienes el papel firmado, pero yo tengo los recuerdos de la mujer que ella era antes de ti. Y muy pronto, Giselle se dará cuenta de que los Alcázar solo traen desgracias. Disfruta de tu "familia" mientras puedas, Diego. El tiempo se te agota.
Javier dio media vuelta y desapareció por la salida de emergencia, dejando a Diego con una sensación de náuseas. No era solo rabia; era miedo. Diego sabía que su relación con Giselle pendía de un hilo de mentiras, y la aparición de alguien del pasado era el combustible perfecto para que todo ardiera.
Diego regresó a la suite, pero al entrar, encontró a Giselle de pie frente al cristal, mirando hacia el pasillo con una expresión de terror.
—¿Quién era ese hombre, Diego? —preguntó ella con la voz temblorosa—. Vi a alguien por el reflejo del vidrio... se parecía a alguien que conocí en el pasado.
Diego la miró, dándose cuenta de que el pasado de Giselle era un campo minado que apenas estaba empezando a descubrir.